Vargas Llosa y "el sueño del celta"

miércoles, 10 de noviembre de 2010

MÉXICO, D.F., 10 de noviembre (Proceso).- Hace 70 años Walter Benjamin se suicidó para no caer en manos de los nazis. Benjamin vio al Ángel de la Historia en el cuadro que Klee tituló Angelus Novus. “Ha vuelto el rostro hacia el pasado. En lo que para nosotros es una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruinas sobre ruinas y las arroja a sus pies”.

El 3 de noviembre, cuando aparece en todos los países de habla española El sueño del celta, en México ya suman diez mil los asesinados aquí a partir del primero de enero, cifra que apenas ayer hubiera sido intolerable. El personaje de Mario Vargas Llosa es sir Roger Casement (1864-1916) que denunció los crímenes de los explotadores en el Congo y en el Perú y por tanto ayudó a iniciar el movimiento a favor de los derechos humanos. Luego buscó la ayuda alemana para liberar a su patria irlandesa del dominio británico y fue ahorcado como traidor en Londres.

EL HORROR, EL HORROR

 

El corazón de las tinieblas, publicada por entregas en 1899 y como libro en 1902, bien puede ser considerada la primera novela del siglo veinte. No sería lo que es si no hubieran existido las conversaciones de su autor, Joseph Conrad, con Casement a orillas del río Congo. El marino polaco entendió que en el duelo entre civilización y barbarie era Europa la que llevaba la barbarie al continente africano al que pretendía civilizar. El proceso se resume en las palabras finales de Kurtz: “¡El horror, el horror!”

En los años finales del siglo veinte el historiador Adam Hoschild se enteró por una página de Mark Twain de que en el Congo los belgas habían exterminado a ocho millones de nativos. El autor de Tom Swayer y Huckleberry Finn fue un crítico implacable del imperialismo. También denunció los crímenes en Filipinas y en Cuba del general Frederick Funston, el invasor de Veracruz en 1914 y el organizador de la expedición punitiva contra Pancho Villa dos años más tarde.

Hoschild escribió King Leopold´s Ghost y le dio a este personaje su sitio entre los grandes genocidas al lado de Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot. ¿Sirve de algo la denuncia, de verdad hemos avanzado un centímetro en la lucha contra la inhumanidad salvaje y la codicia que asesina al planeta y a sus habitantes humanos, animales y vegetales? ¿El mundo entero es Auschwitz y sólo espera una rendija para que en cualquier parte y en cualquier momento los torturadores y los verdugos vuelvan a la superficie?

LA SANGRE Y EL COLTRÁN

 

En 2009 Vargas Llosa emprende su propio “Viaje al corazón de las tinieblas” y lo publica en El País Semanal. Encuentra que en pleno siglo XXI el mayor problema del Congo son las violaciones. Aquí el sexo no tiene nada que ver con el placer, sólo con el odio. Es una manera de humillar y desvalorizar al adversario. El novelista conoce a una anciana de 87 años violada por diez hombres. Otra, de 69, estuprada por tres militares, tenía un pedazo de sable en la vagina. 

África mártir. Ayer el crimen del tráfico de esclavos y de todo lo que aparece en El sueño del celta. Hoy las guerras tribales, el sida, la sangre que exigen tanto los diamantes como el coltrán sin el cual no funcionarían nuestros celulares. A semejanza de los elefantes por su marfil, los africanos son masacrados por la riqueza de su tierra.

Muerta hace mucho la novela comprometida, extintos los libros de denuncia, El sueño del celta es el alegato anticolonialista más fuerte y más irrefutable que ha producido la literatura iberoamericana. Obra de un narrador supremo en la cúspide de su maestría, demuestra que contra todos los augurios éste es también el siglo de la novela y nada puede superar la eficacia y la contundencia del género para mostrarnos quiénes somos y en qué mundo vivimos.

 

EL IMPERIO DEL CAUCHO
Y EL MARFIL

Bélgica, cuando aún era sólo Flandes, sufrió las devastaciones y las crueldades de los ejércitos españoles. En 1830 las grandes potencias la erigieron como Estado-tapón entre Alemania y Francia. Leopoldo II (1835-1909) estudió cómo le había hecho España para extirpar las culturas de México y Perú y para esclavizar a los vencidos. Llegado al trono se presentó como filántropo y humanista resuelto a llevar la paz, el orden y el progreso a los africanos. 

Todo lo justificaba el cristianismo, la civilización y el comercio. Empleó a Henry Morton Stanley para que los habitantes del Congo firmasen contratos en una lengua francesa que ignoraban y les cedieran todas sus riquezas y el trabajo esclavo de sus habitantes. Su emblema resultó el chicote, el más cruel de los látigos, inventado por un oficial belga, Chicot.

Leopoldo II fue exaltado como un benefactor de la humanidad. En la Conferencia de Berlín que en 1885 repartió el África entre los imperios europeos, y a la que no asistió un solo africano, se le asignó el Congo como su propiedad personal. 

Él se la cedió simbólicamente a su hermana Carlota, quien, privada de razón desde hacía casi veinte años, en el castillo de Bouchot jugaba con un muñequito al que suponía Maximiliano. En ese estado iba a permanecer hasta 1927. Sin que ella pudiera darse cuenta, Leopoldo la hizo emperatriz del Congo y la mujer más rica del mundo, como cuenta Fernando del Paso en Noticias del imperio.

A la inconcebible riqueza en marfiles y pieles se sumó la del caucho cuando la aparición del automóvil exigió el hule para sus ruedas. Mientras rezaban al Dios de la piedad, el amor y la justicia, sometían a los africanos a la explotación más salvaje para beneficio de todo Occidente que celebraba las maravillas del progreso sin pensar en el precio que otros pagaban por él. A quien pretendía ya no digamos rebelarse sino escapar de esa tortura innumerable, le esperaban en el mejor de los casos la flagelación y el asesinato, en el peor las castraciones y mutilaciones. ¿Qué podía hacer sino morir lentamente un trabajador a quien habían dejado sin brazos? “No hay fiera más sanguinaria que el ser humano”, comenta otro personaje.

 

LOS INDIOS DE
LA AMAZONIA

El caucho que iba a acelerar la historia y llenar las ciudades y los caminos de máquinas veloces (y destructivas) fue también la desgracia del Perú como antes lo habían sido sus minas. En la región del Putumayo surgió una explotación no menos salvaje que la del Congo: en diecisiete años exterminó a treinta mil de sus habitantes.

Una vez que, gracias a los informes de Casement y otros que con su activismo salvaron la dignidad del género humano, Leopoldo se vio obligado a ceder su propiedad al Parlamento belga en 1908 y se murió de tristeza, Casement luchó sin tregua por los indios de la Amazonia peruana y consiguió vencer a las compañías caucheras. (El dueño de la Peruvian Amazon Company, un extrabajador oriundo del país, tenía mansiones de lujo en Europa mientras sus víctimas morían de hambre y enfermedades.) El gobierno británico recompensó a Casement con el título de Sir.

IRLANDA MÁRTIR

 

La situación del Congo y del Perú hizo comprender a este fiel servidor del imperio que Irlanda, su patria, también era una colonia. A partir del siglo XI los ingleses se habían apoderado de las mejores tierras y suprimido la lengua del país. Las rebeliones fueron aplastadas a sangre y fuego. Hubo genocidios como los cometidos por Oliver Cromwell y discriminación contra la gente de Irlanda.

Si Alejandro VI, el papa Borgia, repartió el futuro tercer mundo entre España y Portugal, otro papa, Adriano, le había regalado Irlanda a Enrique II de Inglaterra y provocado así una guerra que ya dura 800 años. Quizá lo peor fue la hambruna de 1845-1849 que expulsó de su patria a millones de irlandeses y a la que le debemos lo mismo nuestro Batallón de San Patricio en la invasión de 1848 que la figura de John F. Kennedy.

En efecto, fue este hongo, que misteriosamente provino de Metepec, el que arruinó la cosecha de papa. Sin embargo, el verdadero origen del hambre y la miseria era que todos los productos irlandeses se los llevaban a Inglaterra.

Casement fue de los que pensaron que la Primera Guerra Mundial era la oportunidad de liberar a Irlanda. En Estados Unidos se reunió con funcionarios del Káiser como Franz von Papen, quien en 1933 entregaría el poder a Hitler y en ese entonces pugnaba desde esta capital porque los angloamericanos se empeñaran en una desgastante invasión a México.

Si los alemanes lanzaban una gran ofensiva terrestre, marítima y aérea, los irlandeses tenían posibilidades de triunfar. La operación no llegó a consumarse. Casement viajó para tratar de impedir que se alzaran en armas sin ese apoyo total. La lucha de la Pascua de 1916 fue aplastada por las tropas británicas. A Casement se le juzgó como traidor y lo ahorcaron. Conrad se negó a firmar una petición para que la sentencia de muerte fuera conmutada.

El sueño del celta, título de un poema épico que escribió Casement, está centrada en sus últimos días en la prisión londinense. De la celda irradian la multitud de historias en que se entrecruzan épocas, historias, continentes sin que jamás se pierda la condición esencial del flujo narrativo que es ir siempre adelante. El joven que a los 27 años deslumbró con La ciudad y los perros reaparece a los 74 con una más de sus obras maestras. (JEP)

 

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