Patrimonio y tecnología

viernes, 12 de noviembre de 2010

MÉXICO, DF, 10 de noviembre (apro).- Aunque sea una verdad dicha incansablemente, la tecnología --si bien ayuda y permite ahorrar tiempos y distancias, almacenar conocimientos e información en cada vez más pequeñitos dispositivos-- ha restado muchos placeres y formas de disfrutar de la vida.

En el caso de la historia y los monumentos históricos, no se inauguró con las celebraciones del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución una forma de difusión a través de la Internet, pero sí se le explotó con cierta amplitud, aunque con los límites que en un país como México imponen entre otras cuestiones los rezagos educativos, económicos y digitales.

La comisión organizadora para los festejos de las dos fechas simbólicas en 2010 abrió desde su conformación una página web con distintas ofertas: Descargar libros electrónicos, conocer el programa de actividades, ver videos y fotografías, consultar distintos acervos documentales y bibliográficos y sumarse a las famosas redes sociales como Facebook, Twitter o MySpace.

Al día del cierre de esta nota se reportaban 10 millones 504 mil 193 visitas a ese sitio web, pero quizá resulte ocioso citar la cifra pues cambia en minutos para actualizarse. Sólo en ese día habían entrado al site más de 23 mil personas. Se han descargado, según cifras del sitio, un millón 162 mil libros electrónicos, y la cifra de reproducción en YouTube es de más de un millón 600 mil.

Los seguidores de las redes también se cuentan por decenas de miles. Y sí, aunque resulte inverosímil: Benito Juárez, Pancho Villa, Carmen Serdán, Morelos, Carranza, y hasta Porfirio Díaz “están en Facebook” y reciben (¡y responden!) mensajes de sus seguidores.

Otro programa puesto en marcha, inconcebible sin el desarrollo de las comunicaciones, ha sido México es mi museo, mediante el cual cualquier interesado puede irse a caminar por la ciudad y por el país entero, pararse frente a algún monumento, marcar desde su celular el número que identifique ese inmueble puesto en un pendón, y obtendrá al instante información en una cápsula con duración de un minuto:

Si está, por ejemplo, dentro del Salón de Recepciones de Palacio Nacional --invitado a alguna recepción o sólo como turista— escuchará:

“El domingo 6 de diciembre de 1914, Francisco Villa y Emiliano Zapata, cabezas del Ejército Convencionista, entraron a este salón; los recibió el presidente Eulalio Gutiérrez, nombrado por la Convención de Aguascalientes. Hubo desfile y una muchedumbre los ovacionó cuando salieron al balcón presidencial.

“Villa se sentó en la silla presidencial y Zapata lo hizo a su lado (…) hubo un almuerzo en el comedor (…) Al final de la comida se sirvió champaña, pero se evitaron los brindis. Con todo, la presencia de los dos caudillos en la Ciudad de México simbolizó el triunfo de la Revolución Mexicana.”

¿De qué revolución se habla?, preguntarían algunos quienes consideran que las demandas de los grupos zapatistas y villistas no se han cumplido hasta hoy, y fueron “traicionados” por la “revolución” carrancista. Y eso es algo de lo que no encontraría información en esas breves cápsulas…

La forma de “acercar” la historia a la gente por parte de la Comisión Organizadora de los festejos del Bicentenario y el Centenario tendrá que ser evaluada con la distancia y objetividad que da el tiempo por los especialistas en historia misma y en educación.

Pero sin ese análisis, sin esa perspectiva y alejamiento histórico, muchos ya podrán ahora mismo responder que nada se compara con el conocimiento más detallado o acucioso que aporta un libro, con la biografía de un personaje histórico o con la información sobre los hechos históricos, y con el placer de ir avanzando poco a poco en sus páginas, de robarle al tiempo horas o minutos para seguirlo con calma y reposo.

Y nada hay tampoco igual al placer de visitar y recorrer por completo un monumento o sitio histórico con la conversación de un guía en persona que por años lo ha visitado, recorrido y contado sus historias, mitos y leyendas, y que aunque no sea el más sabio de los especialistas, puede ofrecer al tiempo del recorrido una agradable conversación.

 Todo esto no se sustituye con una red.

 

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