Una emperatriz en la noche

viernes, 19 de noviembre de 2010

MÉXICO, D.F., 17 de noviembre (apro).- Traducido y editado al español por la antropóloga feminista Martha Zamora, Una emperatriz en la noche (en francés, Une impératrice dans la nuit) es un libro sobre la correspondencia de la emperatriz Carlota de México, quien años después de perder a Maximiliano de Habsburgo, escribe un centenar de cartas --jamás enviadas-- a diferentes personajes de la monarquía belga y francesa, al borde de la locura.

Escrito por la francesa Lawrence van Ypersele, quien originalmente publicó el libro en 1996, contiene misivas que datan del 16 febrero al 15 de junio de 1869, destinadas a innumerables generales franceses que trabajaron en México, personajes ligados a la familia Bonaparte y, principalmente, a Napoleón III, Maria Enriqueta, el oficial galo Charles Loysel, y Leopoldo II, hermano de Carlota.

En el preludio, se menciona que Carlota escribía un promedio de veinte cartas por día, con frecuencia a la misma persona, y cuyo entorno “servía para conocer sus deseos”, según cita la autora basada en una carta de Leopoldo II a la Reina Victoria, en 1870.

La escritura de las cartas “es clara, regular y cuidada, no delata ningún signo de locura”; pero según las fechas de los documentos en los que se basa este volumen, la Emperatriz Carlota ya tenía un desequilibrio mental.

La portada de esta obra hace juego con el mismo título del libro, en tono negro y con un retrato de Carlota realizada por el pintor francés Frances Xaver, cuyo vestido curiosamente nunca fue modelado por la emperatriz, como se cita más adelante.

El siguiente texto forma parte de la presentación del libro escrito por Martha Zamora:

“La imagen que la mayoría de los mexicanos guarda de la emperatriz Carlota, esquemática e incompleta, tiene poco en común con la realidad. Olvidamos o desconocemos que llegó a México con escasos 24 años de edad y salió del país, para no volver más apenas dos años después. Es por ello doblemente notable que su huella haya quedado tan grabada en la historia del país, aun cuando deformada-.

“La tenemos presente artificialmente embellecida por el pincel del pintor alemán Franz Winterhalter, quien había sido pintor de la corte de su abuelo francés Luis Felipe. Se le conocía como ‘el pintor de los príncipes’ y de su pincel surgieron imágenes icónicas de la emperatriz Eugenia de Montijo y de su cuñada la bella emperatriz Sissi. El vestido que porta en el retrato ha sido admirado por generaciones de jovencitas… pero nunca fue lucido por nuestra emperatriz, ni siquiera elegido por ella. Siguiendo el sistema empleado por el pintor, tomó apuntes del rostro de la princesa belga y archiduquesa austriaca a su paso por París y, posteriormente, obtuvo un vestido del diseñador inglés Charles Frederick Worth para copiar meticulosamente los detalles, el brillo de las telas y la caída de los encajes, mientras permaneció montado sobre un maniquí.

“Poco se ha difundido que ese rostro de aspecto dulce no refleja la fuerza con que enfrentó las responsabilidades de la regencia de un país sumido en el desorden y la intranquilidad social, con escasos recursos económicos y un compromiso brutal contraído con las fuerzas de la ocupación francesa, por cierto siempre ataviada de gris, sin adornos ni joyas. La preparación para gobernar recibida al parejo de sus dos hermanos varones, el futuro emperador Leopoldo II y Felipe duque de Flandes; su dominio de los idiomas y de la historia; la oposición que recibió tanto de la sociedad femenina de la época como de los miembros nacionales y extranjeros del gobierno imperial en la capital de México. Cómo presionaba para hacer pasar leyes inteligentes, cuánto incomodaba a los secretarios de estado al citarlos al amanecer, durante las ausencias de su esposo el emperador, para pedirles reportes sobre avances en las comisiones encargadas por ella.

“Todo esto en un país donde las mujeres estaban confinadas a desempeñarse en el hogar bajo la férula estricta y total de un padre, un hermano o un marido. Ha quedado escrito en las memorias redactadas muchos años después por la viuda del general Miguel Miramón, fusilado junto con el emperador Maximiliano en el Cerro de las Campanas en Querétaro, el testimonio del juicio de sus contemporáneas:

“‘Probablemente los grandes estudios que había hecho esta señora, que son superiores a su capacidad de la mujer, lastimaron su cerebro. Unido a esto su gran orgullo, el ver que se desplomaba el trono en que había subido determinó la completa descomposición de su naturaleza y, poco antes de la caída del imperio perdió el juicio.’”

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