Entrevistarás a tu prójimo

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Esta semana, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes pondrá en circulación el libro Palabras reencontradas, de Ignacio Solares. En la presentación, Vicente Leñero dice que el autor, distinguido junto con Gonzalo Celorio con el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010, “no abjuró del periodismo” al realizar cerca de una veintena de entrevistas durante 40 años con escritores latinoamericanos como Borges, Carpentier, Fuentes, García Márquez, Monterroso, Mutis, Paz, Revueltas, Sábato, Sabines y Vargas Llosa –que comparte la nacionalidad española con los también entrevistados Goytisolo y Savater–, así como los pensadores Iván Illich, Hans Küng, Igor Caruso y Erich Fromm. Algunos de estos trabajos fueron publicados en el Excélsior de Julio Scherer García, en Revista de Revistas, o se transmitieron por Radio Universidad. A continuación reproducimos la introducción de Leñero. 

 

MÉXICO, D.F., 24 de noviembre (Proceso).- Atiende, lector amigo: 

De viva voz se escucha aquí hablar a los protagonistas de un buen trozo de nuestra cultura universal. Gente del siglo que acaba de transcurrir. Algunos son sobrevivientes llegados a la creativa vejez. Otros, la mayoría, irremediablemente desaparecidos –es un decir, puesto que continúan enteros y perdurables en las páginas de sus libros. 

Todos son personajes-personajes cuyos nombres le resuenan a cualquiera como tañidos de campanas permanentes. (Sólo uno de ellos –rarísima excepción– es el tenebroso Nicolae Ceausescu, quien jamás pergeñó un cuentecillo, pero que es tomado aquí no como sujeto de una entrevista imposible, sino como la imagen mítica y terrible del Drácula de Stoker.) 

Siempre es un placer oír hablar a los que escriben: a los que para vivir han escrito o han escrito para vivir. Sus voces roncas o aflautadas, traducidas en palabras de molde con la sintaxis que exige jalar de la grabadora una fluida conversación, derivan en enseñanzas literarias, en ampliación de sus textos personales, en esclarecimiento del mundo de sus ficciones, en el discurso coherente, a veces explosivo, del tiempo que vivimos. 

Todos ellos, desde el Borges de 1973 al Vargas Llosa de 2003, han sido o siguen siendo copiosamente entrevistados, lo mismo cuando viajan para presentar libros o para participar en conferencias, que cuando se encierran en sus torres de marfil a donde irrumpe de pronto, cual moscardón intrépido, el periodista atraído por el brillo del célebre. 

Muchos, por no decir todos, han sufrido con impaciencia al reportero latoso que no necesita saber siquiera de títulos para soltar preguntas cajoneras y cumplir así con la orden de información de un jefe imperativo. Ellos están acostumbrados a tolerar tipejos de esa especie y se defienden con respuestas cajoneras también, quizás irónicas. 

No es frecuente, pero sí muy estimulante para el famoso, encontrarse una tarde con un preguntón que sabe de sus obras, de sus manías, de su credo ideológico y político, y con quien es posible de veras enredarse en una jugosa conversación. 

Éste es el caso de Ignacio Solares –escritor también, como sus entrevistados– que antes que valerse de los lugares comunes del reportero ignorante, sabe tirar la hebra de la plática para convertir en eso, en una plática, la entrevista solicitada oficialmente, o ganada a pulso tras una búsqueda febril. 

Solares inició su vida profesional como reportero –siempre infatigable lector– y concluyó sus años de prueba convirtiéndose en narrador, dramaturgo, ensayista, director de suplementos y revistas culturales. Pero no abjuró del periodismo. Se valió más bien de su sagacidad innata para olfatear los temas de interés, para avistar a los personajes dignos de atornillar al sillón de una plática reporteril y extraer mediante ella el zumo de la fruta que representa todo encuentro con los inteligentes. 

Inteligentes también son estas entrevistas compiladas en un libro forzosamente fechado: en 1971 la de Octavio Paz, en 2002 la de Savater. Las fechas son aquí imprescindibles. Permiten trasladarse a la época exacta de su factura y cotejar puntos de vista de aquel tiempo con venideros desplantes. Confirmar la permanencia de una postura, de un criterio o un juicio eventual. Examinar los cambios, lo que hicieron o dejaron de hacer después. Lo que quizá rectificaron. Lo que asumieron siempre a manera de testamento. Lo que nosotros lectores retomamos de ellos para conocerlos y apreciarlos el día de hoy. 

Las sorpresas son continuas, inevitables. El perfil de cada personaje se va dibujando en el tiempo –gracias a la precisión con que Solares traduce o sintetiza su pensamiento– a la manera de esos retratos hablados que solamente los grandes periodistas logran dibujarnos en un texto testimonial.

Son dieciocho capítulos de un libro afortunado. Vale la pena disfrutarlo y subrayarlo porque en la voz de este grupo de notables –no hay figuras de paja– se alcanza a escuchar un rumor de claves literarias, sociales, políticas, ideológicas, dictadas por el cerebro que nos piensa.