El juicio de Adolfo Mexiac: "200 años sin avances"

jueves, 25 de noviembre de 2010

Uno de los grandes artistas del Taller de la Gráfica Popular (emanado de la Revolución) y que en una muestra expuso su visión de las conmemoraciones de la Independencia y de la gesta de 1910, las verbaliza en entrevista para señalar el rezago del país, su ausencia de salidas por falta de un compromiso social del gobierno y la deuda con los indígenas.

CUERNAVACA, MOR., 25 de noviembre (Proceso).- Con el título Una reflexión sobre el Bicentenario, el pintor, grabador y muralista Adolfo Mexiac presentó su visión sobre la conmemoración del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución en el Museo Nacional de la Acuarela Alfredo Guati Rojo, en una exposición de 30 obras curada por su compañera sentimental y también pintora Patricia Salas.

Pero a diferencia de otras muestras dentro de las conmemoraciones, la del artista nacido en Cuto de la Esperanza, Michoacán, el 7 de agosto de 1927, miembro del Taller de la Gráfica Popular (TGP), profesor de grabado y dibujo en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y la Academia de San Carlos, se exhibió sólo durante septiembre. 

El autor del grabado Libertad de expresión, que retrata a un hombre con la boca encadenada y fue emblema de los movimientos estudiantiles de 1968 en México y París, expresa con pesar que si bien se logró la independencia de España, el país sigue dependiendo del poder económico internacional, principalmente estadunidense.

Además “no hemos sabido aprovechar la independencia de España y no dejamos de tener conflictos con nosotros mismos. Tras la Independencia, todas las guerras hasta llegar a la Constitución del 57; luego las intervenciones; después hubo un momento de paz en la época de Porfirio Díaz y enseguida viene la Revolución, que son también 10 años de lucha. Y después de eso ¿qué?, pues seguimos dándonos de puñaladas unos a otros”.

Plasmó su reflexión en un grabado en el cual se ve a quienes considera los personajes “más importantes, Morelos, Hidalgo, Juárez y la virgen de Guadalupe, que desde un principio ha formado parte de la historia de México. Atrás pongo al mexicano peleándose consigo mismo. Y luego, en lugar de banderas triunfantes, banderas hacia abajo. Ésa es mi interpretación principal de estos 200 años, es mi síntesis”.

Recuerda que durante un tiempo trabajó –a invitación del también grabador Alberto Beltrán– en el Instituto Nacional Indigenista (INI), entonces dirigido por Alfonso Caso. En el equipo del arqueólogo estaban el doctor y antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán, los escritores Alí Chumacero y Juan Rulfo, además de médicos, agrónomos y maestros bilingües.

“Conviví con Juan Rulfo muchos años, no recuerdo si diez o algo así, porque estábamos en el mismo cubículo con Tito Monterroso. Llegaba ahí todo farolón Ricardo Garibay, él no convivía, llegaba ahí los días de quincena a platicar un rato y a tomar café... (Iban) algunas otras gentes como Fernando Benítez. Es que se rodeó de gente muy valiosa el doctor Caso: Rosario Castellanos Chayito, con la cual sí me tocó pues fuimos compañeros y trabajamos juntos en San Cristóbal de las Casas. Se educó a gran parte de los indígenas con el teatro guiñol. Petul se llamaba el personaje principal.”

Cuenta que también estaban allá el fotógrafo Carlos Jurado y el grupo salía al campo, a las comunidades indígenas, con el Teatro Petul, pero como verdaderamente los indígenas no tenían idea de cómo hablaban los muñecos, y no se trataba de engañarlos siguiendo “el juego a los mestizos”, se les mostraba al final, explicándoles con personajes que hablaran tzotzil o tzeltal, el truco del guiñol (Proceso 905).

Era, reconoce, un mundo que los del INI iban descubriendo porque no era fácil andar en el campo y costaba trabajo hacer amistad con la gente de las comunidades aun cuando, como el propio Mexiac, fueran jóvenes. Se la pasaban en las comunidades hasta más de quince días y su contacto con lo que pasaba en la Ciudad de México era en viajes a Tuxtla Gutiérrez, donde se podían “desfogar”. Ahí encontraban algunas revistas:

“Leíamos La familia Burrón en plena selva. Era nuestro contacto con la Ciudad de México y era interesante porque sí estaba reflejando mucho de lo que pasaba en la ciudad, veíamos a los personajes y era la Ciudad de México.”

En Chiapas recibía un sueldo de 600 pesos y le daban casa. Recuerda que una gallina costaba cinco pesos, pues todo era muy barato. Llegó a un sitio donde le daban desayuno, almuerzo, comida y cena, “muy, muy barato, claro todo esto con base en la explotación de los indios”, acababa de llegar la carretera Panamericana a atravesar San Cristóbal:

“Por eso cuando se levantaron los indígenas (en enero de 1994) me dio tanto gusto, porque dije: Bueno, un granito de arena que pusimos hizo que estas gentes tomaran conciencia de quiénes son, porque al principio las mujeres se escondían y con los hombres había poco contacto, un poco con los jóvenes. Yo llegué a tener contacto con los jóvenes sobre todo en Chamula.”

 

Fuga a la libertad

 

Antes de ir a San Cristóbal, Mexiac trabajó en Sears con una hermana del escritor Rubén Salazar Mallén, que siempre le daba ciertas licencias que le permitieron leer libros en la propia tienda. Tenía un sueldo de mil 500 pesos que dejó para irse a Chiapas por 600. Pero sabía que estaría trabajando en lo suyo, que era el arte plástico. Sintió, de hecho, que se iba a la libertad.

En la primaria supo de la Escuela de Bellas Artes y se inscribió, pero fue en la secundaria cuando pudo dedicarle más tiempo, incluso decidió dejar la escuela y estudiar de lleno pintura. Luego partió a la Ciudad de México e ingresó a la Academia de San Carlos de donde pasó a La Esmeralda. Era ya 1948.

Sus maestros fueron José Chávez Morado, Francisco Díaz de León e Ignacio Aguirre, quien lo invitó junto con Pablo O’Higgins a participar en el mural del Centro Escolar Gabriel Ramos Millán, en Santa María Atarasquillo, en Lerma, Estado de México. Y fue “Pablo, que era un maravilloso ser humano” quien lo invitó al Taller de la Gráfica Popular.

Para entonces ya había visto grabados, generalmente de Leopoldo Méndez, que le llamaban la atención. Cuando llegó le ofrecieron de inmediato hacer litografía. Luego de trabajar ahí seis meses, Mariana Yampolsky le solicitó ser miembro del TGP, entonces ingresó a la par de artistas como Andrea Gómez y Fanny Rabel.

–En el Taller debe haber conocido a mucha gente, ¿quién influyó más en usted?

–Leopoldo, en todos los aspectos. Porque además recuerdo que varios de los grabados que se pedían al Taller para un evento, digamos la Caravana de los Mineros de Nueva Rosita, yo hice un dibujo junto con algún otro compañero, creo ahora que fue Arturo García Bustos, un cartel. Yo tenía habilidad para dibujar, pero no para grabar. Después del dibujo, Leopoldo se lo llevó y lo grabó en la noche, y al otro día ya se estaba imprimiendo. Muchos de los trabajos eran colectivos, ésa era la forma de hacer las cosas: unos dibujábamos, otros grababan y Leopoldo era activísimo.

–¿Ideológicamente también influyó en usted Leopoldo Méndez?

–¡Sí! Y el Taller, porque aunque yo no era de los morelianos “ratón de iglesia”, de alguna manera debo haber tenido algo de eso y el Taller indudablemente me lo quitó. Luego el trabajo directo de ver a la gente, a los indios, a los campesinos, inconscientemente me fui dando una idea de quién era quién en este país.

Sin embargo, aunque comulgaba ideológicamente con algunos aspectos, Mexiac no militó en el Partido Comunista Mexicano, pues no le gustaba ver que sus compañeros “se sometían a los dictados de Moscú, en esa época el Partido Comunista, sobre tales o cuales cosas. A mí se me hacía sumamente falso y además –como yo estaba en contacto con las gentes de aquí, vivas de México– decía: Bueno esto no es lo que nosotros los mexicanos requerimos, aquí necesitamos otras cosas. Yo sentía que pertenecer a un partido me ataba las manos, entonces nunca quise pertenecer”.

Sólo estuvo 10 años en el TGP, entre 1950 y 1960 y salió por estar en desacuerdo con un trabajo encomendado por el entonces presidente Adolfo López Mateos. Su salida coincidió con la de Carlos Jurado, Íker Larrauri y Alberto Beltrán, quien volvió años más tarde, aunque todos siguieron siendo tan amigos como siempre.

 

Descubriendo a Posada

 

Siendo director del Fondo Editorial de la Plástica Mexicana Leopoldo Méndez, invitó a Mexiac a colaborar en una investigación sobre José Guadalupe Posada:

“No había casi nada de Posada. Estaba lo que se conocía de Aguascalientes, lo que tenía Bellas Artes, que eran como cien grabados y nada más. Nos invito a Mariana Yampolsky y a mí. Mariana no tuvo tiempo y yo sí, empecé a ir a la Biblioteca de la Secretaría de Hacienda, que estaba ahí en Palacio Nacional, y comencé a ver los periódicos, el Gil Blas, el Gil Blas Cómico, fue lo primero que encontré de Posada.”

De ahí pasó a los archivos de la Hemeroteca, donde encontró tantas imágenes que consiguió un cubículo. Pedía los periódicos por fecha, se los tenían listos y al llegar sólo revisaba. Pasó enseguida a la Biblioteca de México en la Ciudadela y fue a dar también a la casa de un pariente de Ireneo Paz frente al Parque Hundido. Había “una biblioteca maravillosa”, pero estaba a punto de salir decepcionado por no encontrar casi nada, cuando una mujer lo llamó:

“Una viejita, no recuerdo qué parentesco tenía, y me metió a una covacha ¡y que voy encontrando revistas editadas por don Ireneo Paz, la Revista de México y no recuerdo qué otras, donde aparecía el padre Cobos y una mujer que era parte de todo un juego, doña Caralampia Mondongo, y otros. ¡Nooo! Salí de ahí que daba brincos, es lo que siente cualquier investigador ¿no?, descubrir algo en donde no había nada.”

Visitó también la biblioteca de Henrique González Casanova, hermano del exrector Pablo González Casanova. Luego de localizar el material gráfico iba a las oficinas en Río Lerma, cerca del Ángel de la Independencia, informaba a Leopoldo Méndez de sus hallazgos y “él hacía las peticiones formalmente, y ya yo me desentendía”.

–¿Entonces fueron pioneros en la investigación y rescate de Posada?

–Sí, yo hice la investigación más amplia y lo chistoso es que en el libro aparecemos Mariana, que hizo todo el diseño, y yo, que hice toda la investigación, como colaboradores. Ahí donde dice: “Este libro es...”, dice: “Colaboraron: Mariana Yampolsky y Adolfo Mexiac...” 

“Y eso que era mi gran amigo y maestro. No se estilaba dar créditos. En este momento hubiera exigido mi crédito de investigador, pero en esa época ni se me ocurrió ni se estilaba. Obviamente después algunas gentes basaron sus investigaciones en lo que ya estaba en el Fondo Editorial de la Plástica, en lo que yo había investigado y que había fotografiado Manuel Álvarez Bravo, pero él no llegaba a fotografiar, mandaba al hermano de un médico y a un hijo de Leopoldo, Pablito. Ellos eran los que llegaban a hacer las fotos, y debe existir ese material en el Fondo Editorial de la Plástica.”

Y así lo consigna el historiador de arte Alberto Híjar en su ensayo Mexiac a los ochenta del libro Adolfo Mexiac: la impronta de los años, donde consigna que con todo el material se editó el libro conmemorativo Posada, con 900 reproducciones de sus grabados:

“Actualmente en el Fondo Editorial de la Plástica Mexicana (FEPM) se encuentran un poco más de cinco mil grabados localizados por el propio Mexiac.”

 

El arte social

 

Tal vez cuando se piensa en Mexiac se le asocia con el grabado Libertad de expresión, reproducido incansablemente, sobre todo en el 68. Es quizá –dice Patricia Salas en el libro La impronta de los años– la obra más difundida.

–¿Le parece justo? –se le pregunta.

Sólo sonríe. Se levanta de su silla y va en busca del libro, donde se reúnen muchos otros grabados que hizo para el movimiento estudiantil. Muestra también un ejemplar de la más reciente edición del famoso grabado que, explica, no hizo en 1968 sino en 1954:

“Yo estaba en Chiapas y en esa época todos los días oíamos pasar un avión que le llevaba pertrechos a un coronel, el que puso la CIA en Guatemala para derrocar a Jacobo Árbenz, el coronel Carlos Castillo Armas. Entonces había una gran efervescencia y mucho coraje de las gentes que trabajábamos en el INI porque sabíamos lo que estaba pasando con nuestro vecino.

“Es el año en que muere nuestra gran pintora Frida Kahlo y cuando la velan en Bellas Artes y ponen la bandera de su partido (comunista), al que castigan y corren es al director de Bellas Artes (Andrés Iduarte), y claro cayó también Árbenz por la presión de Estados Unidos. Eso me indignó mucho. Se hablaba mucho de democracia –como se habla ahora–, que esto y lo otro y ni en México ni en Estados Unidos ni nadie respeta la democracia ni nada.

“Entonces pensé en hacer algo y mandarlo al Taller. Le pedí a un muchacho tzotzil de Chamula que posara, lo puse a posar con alguna cosa ahí, hice el dibujo sobre un linóleo, lo grabé y lo mandé al Taller. Y desde un principio tuvo mucho éxito, pero cuando realmente brincó fue en 68. Lo utilizaron tanto en México como en Francia.”

Añade que durante un viaje a Europa en 1959, para asistir a un Festival de la Juventud, le regaló a un grupo de franceses una copia del grabado, y piensa que debieron haberlo hecho público años más tarde. Incluso, consigna Salas, aparece en la película Munich, de Steven Spielberg.

Cuenta también que en 1965 viajó a China con Miguel Ángel Velasco, El Ratón, miembro del Partido Comunista, y cuando sus anfitriones supieron que él era el autor de ese grabado le dieron un trato deferente. Él conserva la plancha y la última edición, de mil reproducciones, se hizo con apoyo de la delegación Coyoacán. 

La exposición de Mexiac se presentará en Colima, en el Centro Cultural que lleva su nombre, pero aún no tiene las fechas precisas.

La entrevista concluye al preguntarle si el arte o una educación integral como la que se llevó a Los Altos de Chiapas en los cincuenta puede ser una salida a la situación que hoy vive México:

“No, no la tenemos, y con gobiernos como el actual menos. La prueba es que no haya cómo darle todos los recursos al capital extranjero, busca todos los resquicios posibles para entregar más y más al exterior. Y los mexicanos no son nada patriotas, yo veo la situación bastante triste. No le veo una salida pronto y es desesperante.

“Me causa mucha angustia y eso debe estar pasando en muchos mexicanos, es lo que lleva a ciertas desesperaciones, por eso ahorita todo se ha ido por el lado del narco, si no a lo mejor serían otras las salidas, grupos armados que hasta ahora no han tenido mayor repercusión, existen pero de alguna manera están acallados.”

 

 

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