¿Ni llorar es bueno?

viernes, 10 de diciembre de 2010

MEXICO, D.F., 8 de diciembre (apro).- ¡Ay de nosotros, los ricos! Si bien se piensa, no queda más remedio que estar de acuerdo con nosotros cuando tenemos la percepción de que, quienes nadan en dinero, como se dice comúnmente, están haciendo un mal negocio; malo al extremo de que puede convertirlos en réprobos; es decir, en condenados a las penas eternas, unos años en este mundo disfrutando de toda clase de riquezas, con el poder y privilegios que las mismas procuran, en modo alguno nos parece un buen negocio… ni muestra de inteligencia de quien lo lleve a cabo.

A esta inquietante y desoladora conclusión se llegó en días pasados en la junta que los más ricos de región llevamos a cabo después de haber leído su carta a este buzón, respetado Fray Candela, por lo que se puede afirmar que esta nuestra maldadosa percepción es fruto amargo de su epístola, en la que acertadamente señaló que los ricos somos, más que otra cosa, dignos de lástima. Sí, por supuesto, tenemos dinero y el poder y los privilegios que el mismo da o se pueden comprar con él, más al mismo tiempo estamos sujetos al severo juicio y posible castigo de Dios; pues Dios nos tiene sometidos a continua prueba para ver qué uso hacemos de nuestra riqueza: si gastamos bien o mal nuestros dineros y obrar en consecuencia.

Como buenos y conscientes cristianos que somos, esta tensa situación nos trae a mal traer. No es para menos. Ella nos hace vivir en el persistente sobresalto de que estamos caminando peligrosamente en la cuerda floja de la duda y con el continuo temor de a dónde iremos a parar a nuestra muerte.

Los asistentes a la citada junta, como ricos y cristianos, procuramos cumplir con nuestra obligación con los pobres. Para ello creamos fundaciones que construyen escuelas populares, proporcionan becas a estudiantes de pocos o ningún recurso; dispensarios para los menos favorecidos; casa de asistencia para madres solteras pobres; establecemos fechas determinadas en las que convocamos a la filantropía social y así reunir dinero para edificar centros de salud, en los que se atienden a los discapacitados pobres, proporcionándoles tratamientos y los aparatos que necesiten, si ese es el caso; patrocinamos campañas contra las drogas, en fin, que hacemos todo lo posible por ayudar a nuestros hermanos menos favorecidos para ser dignos de que se nos abra la puerta del Reino de los Cielos… hecho del que no estamos seguros, ¿pues no el mismo Jesucristo dijo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico por la puerta del Reino de los Cielos? Reino en que los últimos, esto es, los pobres serán los primeros, ya que con sus penas y sufrimientos adquieren mayores méritos.

Estas terribles palabras, recordadas por uno de los asistentes a la junta, en nada contribuyeron a calmar nuestra angustiosa duda y al miedo por nuestro destino final. Al contrario, aumentaron ambos, También sirvieron para que los reunidos, todos cristianos, insisto, aunque con nuestras diferencia, recordáramos también que entre los llamados Padres de la Iglesia, no faltaron los que se expresaron contra la propiedad, el dinero y los ricos, lo que dio paso a que cayéramos en una apasionada discusión sobre el peliagudo problema que viene separando a los cristianos desde hace siglos: el de si las buenas obras del hombre sirven y son necesarias para su salvación, como sostiene la Iglesia católica y otras iglesias, o bien que no sirven para nada, pues Dios, en su divina sabiduría y poder, inescrutables para el pecador humano, dispuso desde antes de la creación, quien de entre todos los millones de hombres que han existido, existen y existirán quienes se salvarán y quienes no, según creen las diversas iglesias protestantes, pues como dijo Lucero:, los hombres, como pecadores, pecamos siempre aun cuando hacemos el bien.

En este punto de la apasionada discusión, le pusimos punto final por razón de que advertimos que, sin querer, nos estábamos acercando a una situación peligrosa: la de dar argumentos al ateismo. Como buenos y conscientes cristianos que somos, decidimos reconciliarnos en nombre de nuestros principios y no dar armas a un enemigo que persigue nuestro descrédito y hasta anulación.

Con esta decisión, que en el fondo no es solución, ya que nos deja en situación en la que ni llorar es bueno, determinamos hacer pública nuestra inconformidad del papel que desempeñamos en la sociedad –como lo están haciendo los pobres—pues consideramos que la riqueza es, como el trabajo, igualmente un castigo.

Con la esperanza de que usted, Fray Candela, junto con el reverendo Iluminado y el pope Papón, cabezas y representantes de las religiones predominantes aquí, en Región, nos hagan saber su opinión al respecto, queda de usted en nombre de los más ricos de Región.

Modesto Ricacho.