Ospina y su asombro por Simón Bolivar

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Simón Bolívar murió hace 180 años, el 17 de diciembre de 1830. Desde entonces no se ha dejado de escribir sobre su vida, sus acciones y sus palabras. En busca de Bolívar, del poeta colombiano William Ospina, presentado por él mismo en la Feria del Libro de Guadalajara que acaba de concluir, hace volver la vista una vez más hacia la estela incandescente del libertador En entrevista, Ospina cuenta cómo llegó al personaje “sobre el que podría escribir por siempre”.

GUADALAJARA, JAL., 15 de diciembre (Proceso).- Suman centenares, miles, los libros que se han escrito sobre Simón Bolívar, libertador de América. Y en este año, en el que cinco países de América Latina (Venezuela, Argentina, Colombia, México, Chile) conmemoran el bicentenario de su independencia, era previsible que se publicaran algunos más. A la postre, el más destacado es obra, no de un historiador, como cabía esperar, sino de un poeta colombiano: William Ospina.

Su título es En busca de Bolívar, y constituye una rara y afortunada amalgama de literatura e historiografía. No porque mezcle ficción y hechos verídicos y verificables –en sus páginas no existe un solo dato ficticio–, sino por la belleza y tersura del lenguaje que emplea. Véase el párrafo con que abre:

 

Bastó que muriera para que todos los odios se convirtieran en veneración, todas las calumnias en plegarias, todos sus hechos en leyenda. Muerto, ya no era un hombre, sino un símbolo. La América Latina se apresuró a convertir en mármol aquella carne demasiado ardiente, y desde entonces no hubo plaza que no estuviera centrada por su imagen, civil y pensativa, o por su efigie ecuestre, alta sobre los Andes. Por fin en el mármol se resolvía lo que en la carne pareció siempre a punto de ocurrir: que el hombre y el caballo se fundieran en una sola cosa. Aquella existencia, breve como un meteoro, había iluminado el cielo de su tierra y lo había llenado no sólo de sobresaltos, sino de sueños prodigiosos. Nunca en la América hispánica se había soñado así…

 

La obra poética y narrativa de William Ospina (Padua, Tolima, 1954) ha cobrado relieve internacional en los últimos años gracias, precisamente, al esmero y depuración de su escritura. Ese talento, refinado a través de largos años, ha sido también la base de traducciones espléndidas, como la que hizo de los sonetos completos de Shakespeare en el curso de una década. A ratos parecería que su dominio del oficio y la viveza de su imaginación son más fácilmente apreciables en esas versiones –en las que un William se pone la piel de otro– que en sus propios poemas, en los que privilegia la austeridad.

Otro rasgo distintivo de la obra de Ospina es su pasión por la historia (es un admirador confeso de la Historia de la decadencia y ruina del imperio romano, del inglés Edward Gibbon), que lo ha llevado a soñar en un par de novelas las hazañas y penurias de los conquistadores españoles en la Amazonía y en los Andes, así como a meditar en la suerte de su Colombia y de toda Iberoamérica en diversos libros de ensayos. Son pocos los hombres de letras con una conciencia tan acendrada del pasado, de la manera en que éste rige nuestros dichos y nuestros actos. 

Esa es la base que le permitió salir en busca de Bolívar cuando un amigo y compatriota suyo, el director de teatro Omar Porras, residente en Suiza hace 20 años, le pidió que le enviara unas “notas” sobre el gran libertador, con miras a realizar una puesta en escena que mostrara a Bolívar en claroscuro. Las 30 cuartillas que le envió a Porras le dieron el impulso para continuar escribiendo hasta encontrarse con un volumen de buen tamaño.

En busca de Bolívar está compuesto por 70 fragmentos que conjugan brevedad y hondura, y logran dar una muy concentrada y completa estampa del inmenso caraqueño, en cuyo brazo Rubén Darío veía

 

…ardores de guerra/ y en su frente vislumbres de Dios.

 

En poco más de 250 páginas, Ospina sabe transmitir la bravura de sus acciones, la brillantez de su pensamiento, el desconcierto que producen algunas de sus decisiones. Bolívar es un genio que suscita la admiración y el asombro, y que, por fortuna, estimula en proporciones iguales la crítica y la reverencia.

 

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En el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Ospina recibe la primera pregunta de Proceso:

–Llama mucho la atención el que, en primera instancia, el libro parezca dirigido a un lector que supiera todo o mucho acerca de Bolívar. Como si usted dialogara con su interlocutor sobre valores entendidos.

–Muy a menudo la mejor manera de hablar, en términos literarios, es haciendo de cuenta que el lector no sabe nada, porque cuando se habla para los entendidos mucha gente se siente excluida. Pero a veces el propio tema nos conduce a dirigirnos al lector como a un igual. Es el caso con Bolívar. Aparentemente, se sabe tanto sobre él, que no podemos sino dar por sentadas muchas cosas. Yo simulo hablar con alguien que sabe tanto o más que yo para expresar más fácilmente mi asombro ante Bolívar. El que lo conoce quizá compartirá mi perplejidad. Y quizá el que no lo conoce sentirá que se le despierta el interés, el apetito por saber quién fue ese hombre.

“Debo decir que no me propuse abordar a Bolívar de manera exhaustiva. Sería imposible en un libro tan breve. Además, uno no puede hacer grandes descubrimientos sobre Bolívar a estas alturas de la historia. Me pareció más interesante destacar momentos, cosas significativas y dejar que por sí mismas mostraran su urdimbre, algo que los biógrafos mo pueden hacer. Quien no se propone una biografía puede trazar asociaciones insospechadas. En ese sentido, yo sé que mi trabajo es más literario que histórico. Lo que sí me interesa mucho es leer a Bolívar de manera que se le pueda vincular con el presente. Creo que lo que pensó, lo que escribió, lo que intentó, mantiene su vigencia. 

–¿Qué tanto ha leído sobre Bolívar? Sé que usted es un muy buen lector de obras de historia.

–Leo ciertas obras de historia. No puedo leer historia indiscriminadamente. Más bien, creo que leo siempre tratando de situar las cosas en la historia, incluso la literatura. Esa es, por ejemplo, la manera en que prefiero leer a Shakespeare. Me llama mucho la atención que él decida llamar a su teatro El Globo precisamente en el momento en el que el planeta está tomando conciencia de que es un globo. Y sé que no podríamos siquiera pensar en la existencia del Quijote si en el siglo anterior a éste los españoles no hubiesen vivido una aventura quijotesca. No hay que olvidar que los conquistadores vinieron al Nuevo Mundo buscando sirenas y endriagos.

“Ver la literatura en diálogo con la historia es algo por demás enriquecedor y ayuda a entender que las letras no son burbujas surgidas de la nada, sino nubes que se alzan del océano de la historia. A veces podría parecer que la poesía se aleja de la historia, pero siempre existe una relación directa.”

–Gracias a eso, en su libro usted puede traer a colación el poema de Hölderlin sobre Rousseau para hablar sobre Bolívar.

–Así es. La Ilustración nos brinda una oportunidad inmejorable de observar las relaciones entre la literatura y la historia. Se encuentran en un diálogo constante. Uno no puede ver la literatura sólo desde la literatura, ni la historia sólo desde la historia. Quien lo hace así, renuncia a muchas ideas posibles, a muchas hipótesis.

“Se me ocurre un ejemplo: La metamorfosis, de Franz Kafka. Parece un relato ahistórico, aunque se dice que en él hay un presentimiento del mundo totalitarista y burocrático. Yo creo que podemos encontrar en él un punto de contacto con el trabajo de Darwin. Nos fuimos a la cama creyendo que éramos ángeles y despertamos para descubrir que éramos descendientes de animales que nos parecían deleznables. 

“Pero para responder a su pregunta anterior: leo libros sobre Bolívar desde que era niño. Y me parece fantástica la cantidad de detalles que poco a poco se revelan sobre su vida y que lo convierten en una figura cada vez más compleja. Esa complejidad fue una de las razones que me entusiasmaron cuando empecé a escribir sobre él.

“Recuerdo haber leído la novela de Gabriel García Márquez, El general en su laberinto, con gran placer. Me parece que se trata de un libro indispensable para nuestra cultura. Pero, a la vez, me parece que, siendo tan hermosa su novela, sólo describe a un personaje derrotado. Claro, los derrotados siempre son personajes fascinantes, pero Bolívar no se agota en su final. No somos justos si sólo lo miramos en su derrota. Bolívar es un derrotado victorioso. ¡Qué grandeza de personaje!”

–Un héroe que fermenta la imaginación de los poetas: Rubén Darío, Pablo Neruda, Carlos Pellicer…

–Sí. Un personaje polifacético que no admite una sola mirada, sino una mirada caleidoscópica, cubista, por así decirlo. A mí eso me llevó a leer cada vez más cosas sobre él, el deseo de verlo desde diversos ángulos.

“Creo que sólo así puede hacérsele un poco de justicia. Era un hombre tan brillante, tan complejo… Escribí sobre él llevado por oleadas de entusiasmo. Treinta o treinta y cinco páginas en dos o tres días. Luego, meses de lectura. Leí los ocho tomos de su correspondencia. Leí muchas biografías. Después de esas lecturas, enseguida escribí 20, 30 páginas más. Y luego pasé días enteros dedicado a corregir. En esa dinámica muchos fragmentos se hilvanaron sin que yo me diera cuenta.

“Podría haber escrito sobre Bolívar por siempre. Un poco como Penélope, escribiendo durante el día y borrando por la noche. Pero con esos hábitos uno nunca llega a ninguna parte. Por fortuna, mis editores en Norma me pusieron un plazo para entregarles el libro. Sin su intervención jamás habría llegado a creer que tenía un libro completo.”  l

 

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