"Discutir" México: ¿qué y para qué?

lunes, 1 de febrero de 2010

MÉXICO, D.F., 27 de enero (apro).- La noche del 25 de enero comenzó a transmitirse por el canal Once TV México la serie de televisión y radio Discutamos México, presentada una semana antes por Felipe Calderón en el Museo Nacional de Antropología, en una ceremonia a la cual asistieron diversos intelectuales convocados a debatir en el marco del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución.

Abrió la serie con un programa de introducción, moderado por el titular de la Secretaría de Educación Pública, Alonso Lujambio, y la participación del sociólogo Roger Bartra, el historiador Enrique Krauze y el politólogo José Woldenberg. Ahí se hizo una crítica a la “historia oficial”, la llamada historia de “bronce” o de “mármol”; a la creación desde el poder de “mitos fundacionales”; y se puso en tela de juicio la “identidad”. Mientras Krauze consideró que éste es un concepto “muy manido”, Bartra la asoció con las formas autoritarias de gobierno y aseguró que hay una crisis de identidad nacional.

Es verdad que desde hace tiempo vienen cuestionándose conceptos como la identidad y el nacionalismo, pero no por las mismas razones con las cuales ahora Bartra y Krauze engarzan su discurso neoliberal. Por ejemplo, Benedict Anderson definió en 1983 a la nación como “una comunidad política imaginada”. El antropólogo y abogado Bolfy Cottom, en su libro Nación, patrimonio cultural y legislación, recordó que hace tiempo se debate si México conforma una verdadera nación, dada la diversidad étnica y cultural que han producido las circunstancias históricas. Y frente a quienes consideran que la idea de nación se creó en el siglo XIX, o sentencian que son muchos “méxicos” negando la nación, o dicen que ésta apenas está por construirse, afirmó:

“Considero que la discusión sobre si existe o no la nación mexicana ha quedado superada y, quizás, el punto de conflicto radique en definir el tipo o modelo de nación que se es o se quiere y, sobre todo, la constante tensión que se vive con el Estado respecto del tipo de nación que pretende construir, demandándole que tiene que ser incluyente y no excluyente, diverso, no centralista y homogéneo; considerar y respetar derechos fundamentales, ser respetuoso y proteger la creación, tradiciones y valores culturales nacionales; procurar una mejor distribución de la riqueza, etcétera, es decir, tratar de que el Estado, como forma mayor de organización política, vele, garantice y tutele los intereses de la nación y no superponga intereses secundarios o meramente privados a los intereses públicos...”

Así, el investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), ubicaba cómo la discusión sobre el nacionalismo y la identidad debe situarse hoy en otro contexto: el la globalización y la apertura comercial. Y señaló que existe una forma de resistencia de países que defienden su particularidad cultural de carácter nacional “y, por ende, su patrimonio cultural”.

Pero no sólo lo cultural: Cuando en el Congreso de la Unión se debatió la reforma energética, hubo diversos intelectuales que, como ahora Bartra y Krauze, cuestionaron el “nacionalismo” y lo acusaron de retrógrado y anacrónico, a la par que defendieron la idea de abrir la puerta a la explotación petrolera a empresas privadas y transnacionales. No obstante otros participantes, como el historiador Lorenzo Meyer, apelaron justamente al nacionalismo en favor de la defensa de un patrimonio que había costado mucho a los mexicanos.

Así sucede también con el patrimonio cultural, según Cottom, al evocar que Chichén Itzá fue promovido por un millonario suizo como una de las nuevas siete maravillas del mundo, y varios especialistas en conservación del patrimonio cultural han concluido que ello ha facilitado su explotación comercial en conciertos masivos, como el realizado en octubre por Sara Brightman.

Por ello mismo trabajadores, investigadores y académicos del INAH están convocando a un debate público nacional sobre el uso de zonas y monumentos arqueológicos e históricos, para los días 25 y 26 de febrero, justamente en la zona arqueológica de Chichén Itzá, titulado ¿Discutir México, para qué?

En cuanto a las intenciones de la serie organizada por el gobierno federal, no hay que olvidar que en sus slogans publicitarios emplea la frase “todas las voces”, cuando dichos investigadores y académicos que están convocando a este debate fueron excluidos de la discusión oficial, como lo fueron hace un año de la mesa de análisis en la cual se evaluó la pertinencia de realizar o no el espectáculo de luz y sonido Resplandor teotihuacano, en la zona arqueológica de Teotihuacán, aun cuando el patrimonio arqueológico es una de sus materias de trabajo.

Desde luego no están todas las voces, ni todos los temas. Es creciente el número de académicos, políticos, ciudadanos que exigen espacios públicos para el debate, como lo hicieron quienes pidieron el pasado miércoles en la librería Miguel Ángel Porrúa de San Ángel, que México no “adelgace” su participación en la Organización de las Naciones Unidas para la Educación la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

Otros temas en los cuales muchos querrían participar son los derechos humanos, los presupuestos para la educación, la ciencia y la cultura, el combate al narcotráfico, la política cultural, el gasto mismo en la celebración de los centenarios. La pregunta obligada es si se vale discutir México sin las voces disidentes, sin los temas que realmente provocan confrontación, y si al final los debates se traducirán en políticas públicas efectivas.

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