La Parkita y Espectrito II: El último combate

sábado, 20 de febrero de 2010

MÉXICO, D.F., 21 de febrero (Proceso).- Ocho meses se cumplieron ya del asesinato de La Parkita y Espectrito II –los hermanos Alberto y Alejandro Pérez Jiménez–, y el juicio que se sigue a las prostitutas acusadas de los homicidios todavía no termina. Si bien está claro que ambos luchadores rompieron su juramento de no beber alcohol y, presas fáciles, cayeron en manos de La Tía y de La Gorda, sus familiares y amigos se resisten a creer que el móvil del crimen haya sido el robo. El objetivo era matarlos, dicen. Vidas marcadas por la pobreza y los abusos de los empresarios de la lucha libre, las de los gemelos Alberto y Alejandro se insertan de principio a fin, cuando no en la ironía, en la tragedia.

Primera caída: ¿Qué diablos pasó?

Cuando Estela se enteró de que salió en las noticias lo que hizo con María de los Ángeles, la llamó y le dijo: “¡Vámonos. No podemos quedarnos aquí! Tú y yo somos una sola persona: tú me ayudas, yo te ayudo”.

Horas antes de que el escándalo se difundiera por televisión, el luchador independiente Pequeño Halloween mandó un mensaje al celular de Alberto Pérez Jiménez, La Parkita. Le recordó que debía enviarle por correo electrónico fotografías de sus acrobacias y llaves para una gira próxima a El Salvador. No obtuvo respuesta.

Mario Pérez Jiménez, Espectrito I, sabía que su hermano Alberto estaba a punto de firmar con Telcel un contrato publicitario; que organizaba funciones de caridad para niños con cáncer; que tenía contacto con el Teletón y que en unos meses saldría a la venta su tercer disco de música norteña. Pero, sobre todo, estaba consciente de algo que su familia daba como un hecho: sus hermanos, los gemelos Alberto y Alejandro, “estaban jurados” para no ingerir bebidas alcohólicas.

 La Parkita se separó de Jessica a causa de su alcoholismo, pero quería recuperar su amor. Un día antes de morir le mandó un mensaje al celular: “Dios es más grande. Yo hoy creo en Él. Y yo te amo. Es la lucha más difícil de mi vida y lucharé hasta que Dios me diga si gané o perdí, pero no me voy vacío porque hay un trofeo más lindo que la vida me dio en ti”.

Según algunos conocidos de La Parkita, el domingo 29 de junio de 2009 participó en una función auspiciada por el partido Convergencia en Naucalpan, Estado de México, donde ganó 500 pesos. La tarde de ese día visitó a su exsuegra y le dejó 300 pesos; se quedó con 200 y abordó un taxi para ir al hotel San Simón, en la colonia Obrera, donde se hospedaba con su hermano gemelo Alejandro, Espectrito II.

En los últimos meses los gemelos, de por sí inseparables desde la infancia, trabajaban, viajaban y dormían juntos. Ambos estaban separados de sus mujeres y querían recuperarlas. De ahí el juramento.

Varios de sus amigos se resisten a creer que consumieran drogas. Sin embargo, el Servicio Médico Forense reveló que encontró rastros de cocaína en la sangre de La Parkita y alcohol en tercer grado en Espectrito II.

Segunda caída: Rudas vs. técnicos

Los viernes y los sábados Estela González Calva, La Tía, se dirigía a la Plaza de Garibaldi en busca de clientes. Ejercía la prostitución entre mariachis y borrachos. Sí, a pesar de sus 65 años. ¿Su horario de trabajo? De nueve de la noche a tres de la mañana.

En su declaración ministerial –consultada por Proceso–, describió su manera de trabajar: se sentaba en las jardineras de la plaza en espera de que un cliente se animara a pasar un rato con ella. Por cada servicio cobraba 300 pesos por adelantado. Reveló que esta actividad le redituaba alrededor de 3 mil pesos mensuales.

Por su parte, María de los Ángeles Sánchez Rueda, La Gorda, aseguró que conoció a La Tía cuatro o cinco meses antes de la tragedia. Se enteró de que esta mujer no sólo vivía de la prostitución, sino también de asaltar a sus clientes. ¿El método? Colocaba gotas oftalmológicas en sus bebidas, los dormía y les robaba la cartera. Los testimonios de ambas coinciden: sólo trabajaban viernes y sábados de nueve de la noche a tres de la mañana.

De acuerdo con la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF), después de llegar al hotel donde se hospedaba La Parkita aceptó la invitación de su hermano Alejandro para tomar unas cervezas en Garibaldi.

Un alto funcionario de la dependencia comentó a este semanario que, ya borrachos, los “miniluchadores” no dejaban de pedirle al mezclador de música del bar La Nueva Revancha, donde supuestamente bebieron, que los presentara con los parroquianos como estrellas de la lucha libre.

En ese lugar, decorado con muebles color naranja fluorescente, el olor de los sudores se mezcla con los aromas de los perfumes de las bailarinas que ahí trabajan. Los clientes deben cubrir el consumo mínimo de 150 pesos para que alguna de ellas los acompañe un rato en su mesa. Uno de los cadeneros del antro comentó al reportero que el personal tiene prohibido hablar del caso de los luchadores. Adentro, dos mujeres aseguraron que La Tía y La Gorda no eran conocidas en la zona.

Tampoco formaban parte de la banda de Las Goteras, desarticulada en 2007 y liderada, según la propia PGJDF, por Damaris Hernández Mejía. Operaban en bares y restaurantes de la Ciudad de México.

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La madrugada del 30 de junio, borrachos y sin dinero, los luchadores coquetearon en la vía pública con La Tía y La Gorda, a quienes persuadieron de que tuvieran relaciones sexuales con ellos sin anticipo de por medio. Esta es la versión de La Tía, mas no de La Gorda, quien refiere algo distinto: que La Tía le pidió al botellero El Burro que invitara una copa a sus “amigos chaparritos”, para luego llevarlos al hotel.

Alejandro y Alberto fueron hijos de María Jiménez Bautista, una madre soltera de Ciudad Nezahualcóyotl. En la escuela eran peleoneros y se distinguían por su pasión por el futbol. Sólo terminaron la primaria y, como la mayoría de sus hermanos, en la adolescencia tuvieron que ayudar a su madre en un tianguis vendiendo fruta.

En la casa no había televisión, por lo que la familia no podía ver las peleas de lucha libre, sobre todo las de Mario Espectrito I, el hermano mayor, quien alentó a los gemelos a que practicaran ese deporte.

A finales de los ochenta, el Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL) lanzó un proyecto para desplazar a los luchadores enanos y sustituirlos por gladiadores “pequeños”, cuya estatura no rebasara los 1.55 metros. Mario formó parte de este plan y en 1988 debutó como Espectrito I, al lado de Mascarita Sagrada. Cuatro años después, Alejandro y Alberto se iniciaron en el ensogado como Los Gemelos Diablo en el CMLL.

Corría 1992 y el empresario Antonio Peña creó la compañía AAA, cuyo propósito era competir con el CMLL. Numerosos luchadores se cambiaron a aquélla, entre ellos Espectrito II y La Parkita.

Para Mascarita Sagrada trabajar con AAA fue “una pesadilla”. No había presentaciones para los luchadores pequeños; solamente los gladiadores de renombre tenían agenda y el resto parecía no tener cabida en la promotora.

Pequeño Halloween sufrió por la desorganización de AAA. Vino desde Tijuana al Distrito Federal porque la firma se había interesado en él. Cuando se cumplió la primera quincena, en vez de recibir su paga le dijeron que no había dinero y que no tendría presentaciones para ese día ni para las próximas semanas. Abrumado, se encontró en los vestidores con La Parkita y le contó su problema. Éste sacó un billete de 100 pesos, lo puso en sus manos, partió a la mitad una torta que llevaba en su mochila y le regaló dos boletos del Metro.

Fue en medio de la crisis de la AAA que La Parkita creó y consolidó su personaje. Mientras tanto, Espectrito II hizo una pausa en su carrera. Viajó a Estados Unidos, donde se encontró con su medio hermano Juan Noriega Jiménez para trabajar en la cocina de una pizzería.

Sin dudarlo, Espectrito I, el mayor de los hermanos Pérez Jiménez, reconoce que La Parkita era el líder de los tres. Precisa que él estaba al tanto de las presentaciones y se encargaba de los contactos con empresas, televisoras y otros medios de comunicación.

“Era muy simpático, muy buen papá. En mi casa jugábamos a las luchas porque él me enseñaba”, dice su hija Kari Lizete Pérez Mosqueda, de 10 años, quien se sabe a la perfección la canción Súper héroe, parte del repertorio de su padre.

A ritmo de cumbia, la canción dice: “Quisiera convertirme en súper héroe /para ayudar a todos los demás /tener mucha estatura y ser muy fuerte /hacer que triunfe el bien sobre el mal”.

La niña recuerda que a su papá le gustaban mucho las películas infantiles, y que hasta lloraba en las partes más emotivas de los largometrajes de Disney.

A su regreso de Estados Unidos, Espectrito II ya no se separó de La Parkita, con quien hizo una sólida mancuerna. En el encordado, Alejandro se caracterizaba por su estilo versátil y espontáneo. Tenía gran velocidad para aplicar las llaves, pero su sello distintivo consistía en imitar los movimientos de sus adversarios. De esta manera los desconcertaba y podía vencerlos.

¿Cuánto ganaban? Jessica calcula que recibían en promedio 15 mil pesos al mes.

El lado altruista de La Parkita es recreado por su compañera. Cuenta que, en una ocasión, un niño con cáncer le pidió dinero, a lo que él no solamente accedió, sino que organizó funciones de lucha cuyas ganancias se destinaron al tratamiento del niño.

El año pasado, comenta Jessica, La Parkita tuvo problemas con la justicia. Permaneció cuatro meses y medio en el Reclusorio Norte acusado de clonación de tarjeta, pero recuperó su libertad por falta de pruebas. Su detención ocurrió en un restaurante de la Ciudad de México, cuando el luchador intentó pagar la cuenta con un plástico que, se dijo, era falsificado.

Tercera caída: hotel de quinta

Espectrito II y La Parkita pasaron su última noche en una de las habitaciones del hotel Moderno, ubicado en las inmediaciones de la zona roja de Garibaldi. El precio de cada cuarto varía de acuerdo con los servicios. Un cuarto sin baño cuesta 80 pesos y con baño 90. El establecimiento tiene un olor penetrante a cloro, sustancia que al parecer no ha tocado los pisos ni los recovecos de las paredes, atiborradas de mugre y telarañas.

Allí, en una misma habitación quedaron muertos Espectrito II y La Parkita. Al día siguiente, sus rostros aparecieron en la televisión. De acuerdo con la versión difundida por la PGJDF, ambos fueron asesinados por dos prostitutas, quienes les suministraron una dosis letal de gotas oftalmológicas que les ocasionó un paro respiratorio.

Cuando se dio a conocer el hecho, Mascarita Sagrada quería saber cuáles de todos los Espectritos y Parkitas habían muerto. El problema: al menos seis luchadores usan el nombre de Parkita y dos más el de Espectrito debido al vacío legal que existe en cuanto a la propiedad de los personajes. Semanas después de los hechos, antes de cada combate Espectrito I aclaraba al público que el muerto era su hermano.

En su versión, La Tía refiere: “ellos nos comenzaron a agredir verbalmente diciéndonos pinches putas baratas”. Pero La Gorda niega que haya existido esa agresión. Más aún, en su declaración responsabiliza a su compañera de los homicidios. Y refiere que La Tía se puso de acuerdo con la recepcionista del hotel para evitar el pago de la habitación, puesto que los clientes no traían dinero.

Afirma que La Tía bajó por unas cervezas, colocó las gotas oftalmológicas en las latas de Tecate y se las dio de beber a los luchadores, con la intención de robarles sus teléfonos celulares, pues carecían de efectivo.

 “Lo que me extraña es cómo fueron a caer con este tipo de mujeres tan mayores. Una cosa es ser urgido y otra cosa es ser súper urgido”, dice, extrañado, Jorge Hernández, el barman de Las Chelas Locas, donde los gemelos acostumbraban ir a tomar antes de “jurarse”.

“Es ilógico por la edad de las señoras y el lugar que visitaron. Nunca asistían a Garibaldi. Iban a cantinas, centros nocturnos y discotecas, no voy a negarlo, pero nunca ahí”, enfatiza Jessica.

Familiares de los luchadores sostienen que las dos prostitutas sólo buscaban asesinar a sus hermanos. “No querían robarles, puesto que no traían dinero. Tampoco secuestrarlos, ni siquiera amedrentarlos. No, el móvil era asesinarlos”, dicen convencidos

Argumentan que todo es muy confuso. “No sabemos por qué razón acabaron bebiendo en Garibaldi con prostitutas de tan avanzada edad que no acostumbraban trabajar en domingo. Cómo los asaltaron si ya no traían dinero. ¿Por qué esa muerte trágica?”.

El video del hotel Moderno también queda en entredicho: una de las empleadas manipuló la grabación del momento en el que llegan las dos prostitutas acompañadas de los hermanos. Según la PGJDF, la misma trabajadora cambió el horario de la llegada, para que no se viera que ella platicó con las prostitutas.

Botelleros, prostitutas y empleados del hotel Moderno fueron citados a declarar en el proceso que se les sigue a Estela González Calva y a María de los Ángeles por homicidio culposo, delito que amerita entre 20 y 50 años de cárcel. Ambas permanecen detenidas en el penal de Santa Martha Acatitla. El juicio aún no termina.

El día del sepelio, numerosos amigos, seguidores e incluso beneficiarios del altruismo de los gladiadores les dieron el último adiós. En el ambiente, dice Espectrito I, se mantenía la misma enigmática pregunta: “¿Cómo ocurrió?”.

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