La crisis del Museo de Arte Carrillo Gil

martes, 23 de febrero de 2010

MÉXICO, D.F., 23 de febrero (Proceso).- En un estado deprimente se encuentra actualmente el Museo de Arte Carrillo Gil (MACG) de la Ciudad de México. Sin visitantes, con una pésima muestra de jóvenes creadores y sin exponer la espléndida colección de arte moderno mexicano del doctor Carrillo Gil, el recinto delata una fuerte crisis que incide en la gestión museística, la educación artística y la creación emergente.

Dirigido por Itala Schmelz desde mayo de 2007, el museo se ha caracterizado por una selección arbitraria de exposiciones que no obedece al “perfil” diversificado que señala el museo en su página web: albergar la colección permanente –que cuenta con obras relevantes de José Clemente Orozco, Gerszo y Siqueiros–, y mantener el museo como un “sitio dedicado a la investigación y experimentación para artistas jóvenes”. De las 17 muestras realizadas de diciembre de 2007 a la fecha, sólo tres abordaron la colección permanente y, en lo que se refiere a los jóvenes mexicanos que han expuesto en el museo, ninguno puede considerarse experimental ya que, o bien, pertenecen al establo de galerías establecidas o están legitimados por diferentes instituciones. 

En este contexto, el “Programa Bancomer MACG, Arte Actual” pudo haber sido un proyecto interesante. Patrocinado por la Fundación Bancomer y organizado por el MACG, el programa está diseñado como un apoyo formativo –a través de asesorías– y financiero para la producción. Iniciado en 2008 y realizado durante un año y medio, los resultados que presentan los 10 beneficiados distan mucho de poderse considerar como propuestas experimentales.

Centrados en estéticas postconceptuales que poco tienen de innovación o emergencia, los proyectos evidencian el severo colonialismo artístico que priva actualmente en el escenario mexicano. Carentes de riesgo y con temáticas que convierten circunstancias sociales conflictivas en productos-espectáculos artísticos, las propuestas refuerzan la falta de identidad y rumbo que caracteriza actualmente al museo.

Emplazado en una caótica museografía que en varios casos dificulta relacionar a los autores con sus obras, el Programa Bancomer-MACG presenta, entre otros, fotografías urbanas de apropiación conceptual de Pablo López Luz, proyectos tecnológico-documentales de Claudia López Terroso y Diego Berruecos, dibujos conceptuales de Sergio Gutiérrez, nueva escultura de Diego Pérez, documentos de una intervención urbana de Marcela Armas, y una ambientación geométrica de Omar Barquet.

Destacable en el conjunto por la reflexión que genera, se encuentra el proyecto de José Antonio Vega, quien, al igual que lo hizo en 2008 en la Sala de Arte Público Siqueiros (Proceso 1671), aborda el valor de intercambio entre el dinero del artista y el tiempo-trabajo de personas en situación de cárcel. Una propuesta ambivalente que señala tanto la depresión creativa como la carencia de contacto artístico-social.

En conclusión, un apoyo –el de la Fundación Bancomer– interesante y tan mal utilizado, como el acervo del doctor Carrillo Gil.

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