Bailar en hielo

domingo, 7 de marzo de 2010

MEXICO, D.F., 7 de marzo (apro).- La teatralidad implica la transformación de circunstancias fuera de su entorno cotidiano para darles “un punto de vista”, en el cual se focaliza y se amplía. El encuadrar un “algo” implica la selección específica de materiales que componen un conjunto de escenas.

Este tipo de procedimientos supone la participación activa de todos aquellos que intervienen en el proceso de creación: actores, director, coreógrafo, escenógrafo, etc. De esta forma se genera una nueva visión sobre algo. Se trata de generar un “acontecimiento”, una forma extracotidiana que de alguna u otra forma nos inquietará o perturbará.

Cabe entonces la pregunta de si el patinaje artístico sobre hielo, al que ahora se le llama danza en el hielo, es realmente un fenómeno artístico regido bajo el parámetro del arte escénico.

El patinaje de concurso consta de una serie de reglamentaciones que se deben de cumplir al pié de la letra. Las rutinas de movimiento deben  limitarse en tiempo y no permiten la improvisación a menos de que se trate de una acción “salvavidas” para despejar los errores de una rutina específica.

El perfil de ejecución de todos los participantes es homogéneo y se circunscribe a una técnica deportiva que incluye cierto tipo de movimientos relacionados con el ballet, la danza contemporánea o el jazz. Los despliegues físicos se concentran en la fuerza de los varones para sostener a sus parejas y cargar su cuerpo a gran velocidad, y en girar una y otra vez sin perder el equilibrio.

Y en estos tiempos donde las fronteras de lo teatral, lo dancístico y el performance se desdibujan, pareciera imposible definir márgenes entre la danza ejecutada sobre los pies a aquello que se realiza sobre patines. ¿Qué caracteriza a la danza como hecho dramático entonces?

El patinaje artístico busca la ilustración de una pieza musical. La pieza puede ser una vieja canción francesa en la que el patinador representa lo que se dice en la canción: Je suis malade (Estoy enfermo), como lo hizo el ruso ganador de la medalla de plata en los recientes Juegos Olímpicos de Invierno o enfatiza los momentos musicales climáticos de una partitura, Sonata en azul, como lo hizo el estadunidense ganador de la medalla de oro.

         En este marco, la acción dramática se encuentra fragmentada y es particularmente esquiva y engañosa. Se abre entonces el espacio para confundir la fisicalidad con el drama, y la belleza con la actuación, o interpretación de un personaje. No hay metáforas ni secretos a descubrir. Tampoco hay tensión dramática ni la reinterpretación de una perspectiva de lo humano. Es decir, como en el circo, en el patinaje artístico lo que se ve es lo que hay.

Si la danza implica una estrecha e indisoluble relación entre el cuerpo, coreografía, texto y escena, todo debe estar determinado por una dramaturgia que el bailarín encarne, por su manera de entender la acción y la forma en la que la compone.

En el patinaje esto no existe, lo imprevisto es sancionado y el drama no puede llevarse a cabo tocando un conflicto personal o universal. Todo se basa en el amor hombre-mujer. En lo femenino y lo masculino en sus más claros estereotipos, para cautivar y complacer --más que conmover-- al público.

Si bien no toda la danza se sostiene sobre el drama, el baile popular no se traza de esa manera, pero si lo hace sobre la tensión dramática de dos cuerpos que se enfrentan al embrujo (el reto) de improvisar juntos para convertirse en un solo eje de acción: la pareja.

Así que no hay problema: el patinaje es patinaje y la danza es danza. Ambas actividades pueden utilizar elementos coincidentes, pero no son lo mismo. Estamos en el mundo y con ello condenados al “sentido”, pero hay que entender cuando ciertas actividades pretenden convertirse en un “sin sentido” tan sólo por ser un gran despliegue de técnica y belleza.

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