Patrimonio documental, tarea prioritaria

domingo, 11 de abril de 2010

MÉXICO, D.F., 7de abril (apro).- Ahora que se restaura el Palacio Negro de Lecumberri, sede desde 1977 del Archivo General de la Nación (AGN), vale la pena recordar el libro El patrimonio documental en México, reflexiones sobre un problema cultural, coordinado por Idalia García y Bolfy Cottom, en que se plantean los problemas para la conservación de los acervos documentales del país desde diferentes perspectivas, incluida la legislativa.

Y es que aunque en el AGN se resguarda una parte de la memoria documental del país, Ramón Aureliano Alarcón señala en la presentación de dicho volumen, editado por Miguel Ángel Porrúa en 2009, que en realidad la conservación y conocimiento de los acervos documentales no está clara en las políticas culturales del Estado mexicano, además de que no se ha desentrañado la responsabilidad social de instituciones como archivos, bibliotecas y museos.

“Sin duda, la conservación del ingente acervo documental es una tarea prioritaria de las instituciones culturales, pero no sólo ello, también lo es garantizar la correcta organización, acceso y socialización de ese patrimonio, máxime en un contexto en el que predomina la carencia de políticas y de propuestas serias por parte del Estado en la preservación del patrimonio cultural”, añade.

Tal vez se piense que el patrimonio documental de México se circunscribe a los documentos escritos que a lo largo de su historia –de más de 3 mil años– se han acumulado, desde códices prehispánicos hasta libros de la actualidad, pasando por documentos como el acta de Independencia o las constituciones políticas de 1857 y 1917, por mencionar algunos.

Idalia García, investigadora del Centro de Universitario de Investigaciones Bibliotecnológicas, de la Universidad Nacional Autónoma de México, explica que el patrimonio documental es en realidad un enorme conjunto de bienes, que van desde un libro antiguo hasta un disco compacto.

Por tanto, parte de la memoria documental son las películas, fotografías e incluso páginas web. Y hay quienes también reflexionan sobre cómo podrían resguardarse en la memoria ciertos mensajes de correo electrónico que pudieran considerarse valiosos histórica o culturalmente.

Tras recordar que el concepto de patrimonio va cambiando con el tiempo y con la percepción que la sociedad tiene de su valor, la investigadora advierte que por ello “la realidad de estudio se manifiesta compleja y, por tanto, no se debe olvidar el valor del pasado ni tampoco del futuro”.

Pero no sólo es complicado su estudio o delimitación, según la especialista, al conferir la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, la custodia del patrimonio cultural a los institutos nacionales de Antropología e Historia (INAH), así como de Bellas Artes (INBA), ha dejado al margen a otras instituciones vinculadas a estos acervos, tales: archivos, bibliotecas, fototecas, filmotecas, etc.

A éstas, aun cuando varias de ellas tienen carácter nacional, dice, la ley no les confiere responsabilidades en el inventario y registro de los bienes patrimoniales, aunque sean de su competencia institucional.

A decir de la investigadora, a la fecha “no existe una política ni lineamientos que definan y limiten el campo de la acción en materia de conservación y restauración de bienes del patrimonio documental”. Y explica la peculiaridad de estos acervos, pues por “naturaleza” son frágiles y, sin embargo, se deben poner al acceso y disfrute de la sociedad, pero garantizando siempre su permanencia a largo plazo.

Para el antropólogo y legista en patrimonio, Bolfy Cottom, tres son las aristas que marcan el análisis de la preservación del patrimonio escrito: su importancia e interés institucional, la existencia de leyes sustantivas y el contenido en leyes supletorias.

En su ensayo, Cottom hace una revisión histórica de las leyes desde 1897, y señala como uno de los grandes problemas el que ni siquiera se sepa a ciencia cierta qué se tiene en patrimonio documental.

“Nuestros escasos catálogos están incompletos en el mejor e los casos y en el peor ni siquiera existen”, afirma.

Dividido en tres partes, el libro presenta, entre otros temas, el patrimonio fonográfico de Radio Educación, el de la Cineteca Nacional y el de la Biblioteca Nacional de México.

Y en otras secciones se habla de los archivos universitarios, los eclesiásticos y la biblioteca José María Lafragua de Puebla, así como de los proyectos de digitalización de acervos.

 

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