El general y su "sobrino Amado"

lunes, 19 de abril de 2010

MÉXICO, D.F., 19 de abril (Proceso).- La subordinación de altos mandos del Ejército a los grandes capos del narcotráfico se conoce… pero sólo unos pocos casos llegan a ser documentados, y a veces por accidente, como el que le costó la vida al general Gonzalo Curiel García, cuando estrelló su avión en el desfile del 16 de septiembre de 1995. Su muerte causó alarma porque, horas antes del percance, llegó a la base aérea militar de Santa Lucía con un niño al que presentó como su “sobrino” y ordenó que lo dejaran volar en un helicóptero. Tras una investigación se supo que el menor no era su pariente...

Era un niño de aproximadamente 10 años de edad que llegó a la base aérea militar de Santa Lucía, en el Estado de México. Lo llevaba el general de ala Gonzalo Curiel García, un oficial de la Fuerza Aérea que había sido comandante aéreo en Jalisco. Esa mañana del 16 de septiembre de 1995 su presencia pasó casi inadvertida, ya que en las instalaciones había varios civiles, la mayoría invitados para presenciar el despegue de las aeronaves que participarían en la parada militar aérea por el aniversario de la Independencia.

El general Curiel era entonces comandante de la base aérea militar de Ixtepec, en Oaxaca, y la Secretaría de la Defensa Nacional lo había nombrado jefe del Estado Mayor del agrupamiento aéreo que tomaría parte en la exhibición. Llegó con el menor al hangar del escuadrón aéreo de operaciones especiales; ahí le pidió al oficial en jefe, el teniente coronel de la Fuerza Aérea Antonio Borja Polino, que se hiciera cargo de su “sobrino”, pues él iba a participar en el desfile como piloto de un avión T-33.

Al poco rato, el general regresó y le entregó una cámara fotográfica al menor. Enseguida le ordenó al teniente coronel Borja que lo “subiera a cualquier helicóptero”, pues ya estaba autorizado que el niño volara ese día.

Alrededor de las 10:45 de la mañana, Borja se dirigió con el niño a la pista donde estaba a punto de despegar un helicóptero Sikorsky, tripulado por el capitán Juan Solano Aguayo y el oficial Sergio Licona García. Meses después, ante las autoridades judiciales militares, el teniente coronel Borja declararía que le preguntó al niño cómo se llamaba, y él solamente contestó: “Amado”, según el expediente cuya copia tiene Proceso.

En la plataforma, Borja les indicó a los pilotos que el menor los acompañaría durante su recorrido en el desfile, se los encargó hasta que aterrizaran y les dijo que se trataba del “sobrino del general Curiel”.

El capitán Solano Aguayo, piloto en jefe del helicóptero, recordó que aquella mañana recibió la orden del teniente coronel Borja para que el niño los acompañara durante la demostración, además de que también viajaría otro civil de nombre Emilio Garay, un empresario del Estado de México invitado del oficial en jefe de la base aérea.

El capitán Licona García, compañero copiloto de Solano Aguayo, declaró ante las autoridades judiciales militares que tanto el menor como el adulto se sentaron en los asientos posteriores, ante la extrañeza que les causó a los oficiales el hecho de que se hubiera autorizado a esas dos personas abordar una aeronave militar.

Despegaron de la base de Santa Lucía rumbo a Lomas de Sotelo; siguieron una ruta en dirección al Centro de la Ciudad de México y sobrevolaron el Zócalo capitalino en tres ocasiones. El niño iba feliz: tomaba fotos y procuraba no despegarse de su asiento, recuerda el copiloto y oficial de la Fuerza Aérea.

Al poco rato, por radio escucharon un reporte: durante las maniobras, un T-33 había colisionado con un F-5. El accidente, que involucró a otras dos aeronaves, detonó la alerta roja y desde el puesto de mando en Santa Lucía se instruyó a los  pilotos del Sikorsky para que volaran en dirección a Huixquilucan, al poniente de la Ciudad de México, donde habían caído los restos de los aparatos.

La orden fue que buscaran una columna de humo, que aterrizaran en el descampado donde se habían desplomado los aviones y que reportaran de inmediato el estado de la situación. Bajaron cerca de uno de los T-33 accidentados. El capitán Licona iba acompañado de un mecánico que cargaba un extinguidor. Buscaban los cuerpos, pero la gente del lugar les avisó que un poco más adelante estaba uno de los cadáveres, el cual no pudieron identificar debido a que estaba incrustado con todo y sillón en un montículo de lodo. Esperaron instrucciones hasta que, momentos después, en el lugar aterrizó un helicóptero que venía del hangar presidencial y se haría cargo de las maniobras de rescate. Entonces llegó la orden de que todos los helicópteros Sikorsky se concentraran en Santa Lucía.

Cuando aterrizaron, se enteraron de que uno de los pilotos del T-33 accidentado era el general Curiel. Había perdido la vida...

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Los teléfonos no dejaban de sonar en el cuartel de Santa Lucía, y la base aérea militar era un caos. El teniente coronel Borja Polino recogió al niño en la pista y se reportó con el comandante de la base, el general Juan Arturo Villasana Castillo. Le dijo que se retiraría a su oficina para atender los llamados de emergencia y dejó al menor con el general. Villasana se comunicó al cuartel general de la Fuerza Aérea para pedir que lo comunicaran con el general Roberto Chapa Aguirre, “quien sabía era compadre del extinto general Curiel”. Cuando se lo pasaron, le dijo que en la base se encontraba “un sobrino del general Curiel” y que no había ningún otro familiar que se hiciera cargo de él. Chapa le contestó que estaba en casa de su compadre acompañando a los hijos, a la espera de la llegada desde Guadalajara de la viuda, y que no podía ir a recogerlo.

Villasana decidió llevar consigo al niño cuando recibió la orden de viajar a la Ciudad de México para reportarse en la comandancia de la Fuerza Aérea. Un poco antes de llegar a la caseta de cobro de la autopista México Pachuca, recibió una llamada desde la base de Santa Lucía del teniente coronel Alejandro Iturría Luna, quien le informó que una persona que dijo ser familiar del niño se había presentado para recogerlo. El general le ordenó que le dijera al visitante que se trasladara a la caseta de cobro, donde lo esperaría estacionado afuera de los baños para que recogiera al menor.

No pasó ni media hora cuando un auto negro, conducido por un hombre joven, se estacionó al lado del vehículo del militar. El conductor descendió y cuando el niño lo vio exclamó: “Es mi hermano”. Se acercó para dar las gracias y el general Villasana le comentó que no le habían dicho nada al menor “sobre el accidente de su tío”. El joven respondió que ya se habían enterado de la noticia por la televisión. Se despidieron y, de acuerdo con la versión que el general dio a la autoridad judicial militar, nunca más los volvió a ver ni supo quién era aquel joven ni conoció la identidad del niño.

La “sorpresa” no terminó ahí. Un día después del accidente, personal castrense entregó al entonces comandante de la región aérea del sureste, el general Juan Manuel Wonche Montaño, las pertenencias del finado militar, quien era su compadre. Habían permanecido en la cajuela del vehículo en el que llegó a Santa Lucía, en el Estado de México. El divisionario declaró ante la fiscalía militar que recibió “una maleta con ropa, un portafolio pequeño con aproximadamente 11 mil pesos en efectivo, 2 mil dólares, una pistola, un reloj y un portafolio cerrado con candado”.

Las autoridades castrenses responsables de la investigación no cuestionaron al militar sobre el contenido del maletín sellado, pero de acuerdo con testigos que conocieron el caso y que nunca fueron llamados a declarar ante la fiscalía, en esa valija también había una “importante cantidad de dólares” que presuntamente Curiel recibió como pago por sus servicios al cártel de Juárez.

Wonche contó que era compañero de “antigüedad en la escuela militar de aviación” del finado general Curiel. Su amistad se afianzó a mediados de los años setenta, cuando bautizó al segundo hijo de su colega. Recordó que a principios de aquel mes de septiembre, dos semanas previas al desfile, Curiel llegó a la Ciudad de México con 16 aviones T-33 “pertenecientes a la primera ala de pelea” bajo su mando, los cuales tenían su base en las instalaciones de la Fuerza Aérea en Ixtepec. Por esos días, el general Arturo Torres Alarcón fue nombrado comandante del agrupamiento aéreo que participaría en el desfile; el segundo al mando era el general Curiel, en su calidad de jefe de Estado Mayor.

El Ministerio Público Militar interrogó a Torres Alarcón: ¿conocía o le constaba que el fallecido oficial tuviera nexos con el narcotráfico? Él contestó que no, “sino hasta después de su muerte, que se comentó que posiblemente estuviese involucrado con el narcotráfico, en especial con Amado Carrillo”; pero subrayó que esa afirmación no le constaba.

En el testimonio que rindió ante las autoridades judiciales militares, el general de división Torres Alarcón dejó asentado que su único vínculo con el general Curiel se debía a sus respectivas jerarquías y a los servicios que prestaron juntos. “Y esto debido a que a mi persona le molestaba la forma de comportarse del hoy extinto general, el cual siempre se distinguió por su forma alegre y pachanguera, cosa que no va con mi forma de pensar, ya que incluso yo no tomo y por lo mismo evito convivir con personas que tienen ese hábito, como era el general Curiel”.

Más adelante reconoció que no supo que su subordinado había llevado a un menor a la base aérea para que lo subieran a uno de los helicópteros y le dieran un paseo. Añadió que fue por “propia voz de mi general secretario”, Enrique Cervantes Aguirre, como se enteró de que aquel niño era hijo de Amado Carrillo Fuentes.

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El propio general Cervantes contaría a un grupo importante de generales, a quienes mandó llamar meses después del accidente, que un día antes del desfile el general Curiel había estado en una “noche mexicana” en casa de Amado Carrillo. Sus vínculos con el narcotráfico fueron documentados por Inteligencia militar desde 1994, cuando ocupó el mando de la base aérea de Cozumel, Quintana Roo, y facilitó aeronaves para que se transportaran familiares del capo, además de brindar protección y cobertura a las operaciones de trasiego de droga que los operadores del cártel de Juárez realizaban por esa zona del Caribe mexicano.

Oriundo de Jalisco, Curiel García fue piloto de escuadrón e instructor del Colegio del Aire. Tiempo después pidió licencia en la Fuerza Aérea y estuvo fuera de servicio un par de años, a principios de los noventa, cuando ocupó la Dirección de Seguridad Pública de Guadalajara y entró en contacto con allegados de Carrillo Fuentes. Regresó a la milicia y fue comisionado a Cozumel; tiempo después fue enviado a Ixtepec, su última base antes de morir.

En enero pasado, el reportero Ricardo Ravelo publicó en Proceso parte de la declaración ministerial de Vicente Carrillo Leyva, primogénito del fallecido capo Amado Carrillo y detenido en febrero de 2009, en la que dio algunos detalles de la relación de su padre con el general Curiel:

“En una ocasión, siendo el año de 1996, llegado a Cozumel, Quintana Roo, por la época de Semana Santa, mi papá nos dijo que nos adelantáramos al lugar y que ahí nos iban a recibir unos amigos de él, y a tono de broma nos dijo que no nos fuéramos a asustar con las personas que nos iban a recoger en el aeropuerto, preguntando que quiénes eran y no nos quiso decir, sólo que nos iban a encontrar a nosotros.”

Al aterrizar en un avión privado se llevaron una sorpresa: “Los militares rodearon el avión y al abrir las puertas nos saludaron muy amablemente diciéndonos que venían de parte del general Curiel”. Ese día por la tarde conoció al oficial, entonces comandante de la base aérea militar en la isla. Días después, Amado Carrillo y el general Curiel se reunieron en un hotel. Ahí estaba Eduardo González Quirarte, operador financiero y publirrelacionista del cártel de Juárez.

El Ejército sospechaba que González Quirarte era el enlace entre narcotraficantes y militares. Declaraciones ministeriales de varios pilotos aportarían más datos: su padre arrendaba unos terrenos para la siembra de maíz a la base aérea militar número cinco, localizada en Zapopan, Jalisco. El dicho fue confirmado por otros jefes de la Fuerza Aérea, uno de los cuales declaró ante la autoridad judicial militar que, en una ocasión, el señor González se presentó en la comandancia “reclamando que los cadetes del Colegio del Aire se robaban los elotes durante la noche, solicitando que el personal militar cuidara sus siembras, argumentando que pagaba mucho dinero a la Secretaría de la Defensa Nacional por ese concepto”.

Al paso del tiempo se conocería que su hijo Eduardo era uno de los principales informantes del general Jesús Gutiérrez Rebollo, quien en esos años encabezaba la V Región Militar con sede en Guadalajara. Había quedado en evidencia que el eslabón entre generales de alto rango, como Curiel y Gutiérrez Rebollo, con Amado Carrillo había sido Lalo, un personaje que se convertiría en referencia obligada en esa historia inconclusa en tribunales llamada Maxiproceso.

Reportaje publicado en la edición 1746 de la revista Proceso, actualmente en circulación.

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