Testimonios de la matanza de Pueblo Nuevo

sábado, 3 de abril de 2010

PUEBLO NUEVO, DGO., 3 de abril (Proceso).- Emboscada, enfrentamiento, venganza, lo cierto es que los 10 adolescentes y jóvenes masacrados el domingo 28 en un remoto paraje duranguense de la Sierra Madre Occidental, se unen a la enorme lista de víctimas de la guerra del narco en esa región, que forma parte del llamado Triángulo Dorado de la producción de drogas. La reportera y el fotógrafo de Proceso llegaron hasta el casi inaccesible lugar de los hechos para  recoger el testimonio de las autoridades y de los pobladores, víctimas de la lucha sin cuartel por el territorio, entre los recién llegados zetas y las huestes del cártel de Sinaloa.  

La capilla de la virgen de Guadalupe fue su sala funeraria. No hubo féretros. Frente al altar, sobre sarapes colocados a lo ancho del piso, tendieron los amortajados cuerpos de los siete menores de edad y los tres jóvenes acribillados el domingo 28 de marzo. Las madres unieron con vendas los desintegrados cuerpos de sus hijos.

Así, tendidos en el piso, cuatro cuerpos fueron cubiertos por una brillante tela de satín color púrpura. Los otros seis, por sábanas blancas. No había más.

Yolanda, Iván, Erika y Margarito Ortega Rueda, de 19, 17, 11 y 13 años, respectivamente, eran hermanos; también Juana Francisca y Yesenia Sarabia Mancinas, de 17 y 15; lo mismo que Pedro y Lázaro Leyva Cabrera de 21 y 19 años, mientras que Carlos Ramírez Leyva, de 15, era primo de estos últimos. Además cayó Sergio González Luna, de 16 años.

Los jóvenes, habitantes del ejido El Aval, viajaban en una camioneta pick up rumbo a la comunidad Los Naranjos. Un kilómetro antes de llegar a su destino fueron emboscados por un grupo de aproximadamente 20 presuntos zetas. Habitantes de El Salto comentan que algunos de los agredidos, supuestamente vinculados con el cártel de Sinaloa, llevaban tres armas y repelieron el ataque durante más de una hora, pero no “aguantaron”. En la zona los ajustes entre familias se han agudizado desde hace dos años, tras la incursión de Los Zetas en esta región.

Al templo, los restos llegaron como a las tres de la tarde, cuatro horas después del ataque.

Sobre los cuerpos, sus parientes colocaron ramos de bugambilias y alcatraces bancos. A su alrededor, las llamas de 22 veladoras ardieron toda la noche. Así los alcanzó la mañana.

El lunes 29 de marzo, a las 11, un sacerdote enviado de El Salto, la cabecera municipal, ofició las honras fúnebres. Acudió la mayoría del pueblo. De ahí, los hombres cargaron los cuerpos hasta el cementerio. Para llegar recorrieron una vereda de aproximadamente un kilómetro, hasta alcanzar la cima de un cerro, bajo los fuertes rayos del sol que pegaban a 33 grados centígrados.

En el panteón, sólo se cavaron dos fosas: en una fueron enterrados Pedro, Lázaro y Carlos; en la otra,  Yolanda, Iván, Erika, Margarito, Juana Francisca, Yesenia y Sergio. Puños y paladas de tierra cubrieron los mantos blanco y púrpura que envolvían los cuerpos. A lo largo de las tumbas se colocaron 10 pequeñas cruces hechas con ramas secas. Apenas sobresalían entre las bugambilias que adornaban los sepulcros.

Extracto del reportaje publicado en la edición 1744 de la revista Proceso, ya en circulación.

Comentarios