Bella y Terca

miércoles, 7 de abril de 2010

MÉXICO, D.F., 7 de abril (Proceso).- Aun cuando en el escenario museístico del Distrito Federal es necesario integrar proyectos dedicados a la pintura actual mexicana, la muestra que presenta el Museo de Arte Moderno (MAM) no genera entusiasmo. Sustentada en un modelo curatorial astuto y cómodo, que se basa en utilizar las obras para ejemplificar planteamientos diversos y generales sobre la pictoricidad, la exposición Bella y Terca es disimuladamente arbitraria, abiertamente reduccionista y justificadamente excluyente.

Diseñada a partir de nueve “argumentos” que, sin rigor analítico, homogeneizan posibilidades formales con categorías estéticas y temas artísticos, la muestra ejemplifica: “el espacio y formato en la pintura” con obras de Fernando García Correa, “la gestualidad pictórica” con Omar Rodríguez, “la pintura en relación con otros lenguajes visuales” a través de piezas de Manuel Monroy, “la pintura como fuente documental” con Fernando Aceves, “la red y el color” con Mario Rangel, “el tiempo representado” con Franco Aceves, “el paisaje sublime” con Eric Pérez, “la factura y creación” con Gustavo Monroy, y “la intertextualidad de planos y tramas” con Fernanda Brunet. Argumentos ambivalentes que, por su simultánea generalidad y particularidad, no sirven para definir “los diversos escenarios expresivos que encarna la pintura mexicana hoy”. Simplemente, en los rubros del espacio y la factura podrían integrarse todos los pintores.

Carente de interpretaciones sobre las propuestas específicas de los artistas, la muestra simplifica propuestas tan vigorosas como la de Aceves, quien, lejos de utilizar la pintura como herramienta documental y “candorosa”, confronta el significado del vestigio prehispánico al interpretarlo con un poético y perverso expresionismo nostálgico. En lo que respecta a Pérez, la fuerza de su pintura no se encuentra en la realización de paisajes, más bien por el contrario en la presentación –no representación– protagónica de una naturaleza que, a través de la confusión y seducción retinal, trata de independizarse de la convención paisajística. La propuesta de Monroy no es cuestión de “factura”, sino de una irónica, adolorida y grotesca crítica política (Proceso 1686); la de Brunet no es cuestión de intertextualidad de planos, sino de la asimilación de tendencias actuales del mainstream. En cuanto a las transformaciones, la sustitución de la abstracción geométrica, característica de García Correa, por formas orgánicas de puntos y manchas expandidas es una búsqueda mucho más importante que el “formato” redondo que mencionan los curadores. Y entre lo más controvertido se encuentra la presencia del ilustrador Monroy.

Curada por Josefa Ortega y Osvaldo Sánchez –director del museo–, la exposición no aborda la importancia de los artistas en el contexto pictórico mexicano. Con más de 50% de artistas que pertenecen a establos de galerías de prestigio, la muestra genera una pregunta: ¿Por qué Sánchez se apoya tanto en los establos galerísticos?  l

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