Carta a madre desconocida

domingo, 2 de mayo de 2010

MÉXICO, D.F., 2 de mayo (apro).- Ser de todos mis respetos: a ti, de quien se dice “me amarás antes de conocerme”, te prevengo que no y no, no seré tuyo, pues me niego a nacer.

Alzo la voz de rebelión en estos días en que tanto sentimentalismo de tanto desparrame de hipócrita melcocha publicitaria se da con motivo del llamado DIA DEL NIÑO, siendo que es él mismo uno de los eslabones sociales más desprotegidos, menos respetados, más maltratados y de los que más se pervierte en la sociedad.

Me niego a nacer, aunque tengo la seguridad, cien por ciento, de hacerlo en varón, machirrín, lo que me daría en igual ciento por ciento la seguridad de librarme de pertenecer a tu sexo, a esa mitad de criaturas humanas que, salvo excepciones que confirman la regla, son consideradas de segunda o de tercera, cuando no de cuarta categoría.

No te ilusiones por lo anterior. Mi negativa en modo alguno tiene algo que ver con la solidaridad con las de tu sexo. Me niego a hacerlo, simplemente porque esa segura ventaja que nacer machito me daría, al hacerlo en una sociedad mayormente falócrata, muy bien se vería amenazada, disminuida, pues hay una muy grande posibilidad, siendo los más los pobres en la sociedad, de ser hijo de una madre pobre o, como debe decirse delicadamente, de ser correctos en el pensar y decir –pues el obrar es harina de otro costal–, de una madre de las menos favorecidas.

Eso sería mi desgracia, pues, como bien tú sabes, por más que la religión diga, asegure y sostenga que todos somos iguales, ya que todos somos hijos de Dios, y la ley solemnemente declare que ante ella todos son iguales, viene la economía y descaradamente se carcajea de esos dichos y, por su parte, asevera que no es lo mismo la gimnasia que la magnesia, y afirma desvergonzadamente que no es lo mismo ser hijín de madrecita rica que hijo de madre pobre, y lo peor es que duramente lo muestra y demuestra en los hechos del vivir, que tiene razón, ya que un hijo de madre pobre no tiene, ya no digamos los mismos privilegios de un hijo de madre rica, sino que no tiene las mismas oportunidades de que se le reconozca, de que se le respete, y no digamos de que pueda ejercer y sí de que se le atropellen los derechos que legítimamente tiene, que le pertenecen por simplemente ser un humano. ¿Pero qué te cuento? Tú bien sabes que infierno es vivir con el dolor, la angustia, la ira y la desesperación de que se te ignore, se te haga burla y violen los legítimos derechos de uno.

Espero que lo que voy a escribir a continuación no lo tomes como una alusión personal, únicamente se trata de verdades que te afectan y me afectan.

Me niego a nacer en ese tu mundo, porque si es verdad que ya no se trata a la mujer como en el pasado –tú sabes, por lo ocurrido en el Edén entre la serpiente, Adán y tú–, como un ser idiotamente rebelde, tontamente aventurero, de insensata osadía, de irresponsable intrepidez, seductora y seducible, y proclive a ceder a los cantos de sirena, que en el Edén fue del diablo y por todo lo cual se le consideraba una criatura poco digna de confianza, como lo confirma el viejo refrán que por ahí rueda todavía y dice: “Dios dispone, el hombre propone y viene la mujer y todo lo descompone”, e indigna también de consideración e incluso de compasión, como aconseja el añoso dicho que aconseja: “de aullidos de perro y lágrimas de mujer, poco caso has de hacer”, pienso que no es menos verdad que aún queda mucho polvo de aquellos lodos, como lo demuestra y confirma que aún hoy todavía haya individuos e instituciones, políticos e iglesias que se escandalicen y estén contra el uso del condón y los anticonceptivos y nieguen a la mujer el derecho a disponer de su propio cuerpo, y el que no se haya llegado a una igualdad de sexos más que en el papel de la ley, ¿pues qué otra cosa dice el hecho de que siendo las mujeres la mitad de la humanidad y un tercio de la mano de obra asalariada –por supuesto, el rutinario, pesado, desgastante e imprescindible trabajo en el hogar no cuenta– sólo perciba una décima parte del salario de los hombres y posea menos de una centésima parte de la propiedad mundial?

Y lo peor no es eso, con ser mucho; lo peor para mí es que esa pseudo liberación e independencia, conseguida a través del trabajo mal pagado, generalmente, aleja de manera temprana a la madre de su hijo, ya que lo tiene que confiar a otras manos para poder ser más competitiva y producir más y mejor… por exigencias del trabajo, lo que, de rebote, da hijos con síndrome de abandono, o, cuando puede, claro, que la madre sobreproteja al hijo, poniendo obstáculos a sus deseos y actividades, mermando así las oportunidades de ser él mismo, o bien que descargue en su niño todos sus resentimientos, haciéndolo víctima de todo lo que ella padeció y padece.

Aparte está el que en la sociedad en que hoy vives, no pocos niños y adolescentes no tienen más horizonte, cuando son pobres, que el del crimen individual o el organizado, que los recluta para que sean sus sicarios.

Por todo lo expuesto, insisto, no y no, me niego a nacer en una sociedad en la que sus víctimas se pueden convertir en victimarios para poder seguir existiendo, al menos que lo cambien para mejor. ¿Será posible?

 

JUANITO NONATO

 

cvb

--FIN DE NOTA—

 

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