Fallece Gabriel Vargas, creador de La Familia Burrón

martes, 25 de mayo de 2010

MÉXICO, DF, 25 de mayo (apro).- Con medio cuerpo paralizado desde hace dos décadas, hacia las 14:50 horas y con 95 años de edad, se fue una leyenda de la caricatura mexicana y creador del cómic más famoso de toda la historia, La Familia Burrón, Gabriel Vargas.

Nadie como él retrató el folclore urbano de la capital --a la manera de Chava Flores en la canción--, al grado que sus personajes más célebres forman parte ya de la vida real.

De ahí que cuando Carlos Monsiváis inaugurara su Museo de El Estanquillo el 23 de noviembre de 2007 en un magnífico edificio porfiriano de las calles Madero e Isabel La Católica, con la exposición de los moneros Rius y Vargas De San Garabato al Callejón del Cuajo, en grandes paneles los dibujos de Borola, Regino, Macuca y los demás miembros del clan Burrón asomaban sobre los ventanales.

Nadie pudo decirlo mejor que Carlos Monsiváis, ahora que no puede expresarlo debido a la enfermedad que lo postra desde hace dos meses en el hospital: “Comparar El Quijote con La Familia Burrón es innecesariamente desventajoso para esta última.”

Y es que desde los setenta Monsiváis revalora para la cultura popular la obra de Gabriel Vargas, fundamentalmente La Familia Burrón, aunque el propio artista defendía con igual ímpetu otras creaciones suyas, por ejemplo Los Superlocos, a decir de su biógrafo, el escritor y periodista Agustín Sánchez González, quien por cierto dijo a Apro que hay que rescatar esa historieta.

“Se le rendían homenajes, se le daban premios, pero nadie editaba libros sobre él”, señaló cuando se le comentó de la próxima aparición de “Los Burrón en Familia”, que editará Conaculta.

Vargas, nacido en 1918 en Tulancingo, Hidalgo, en efecto, obtuvo grandes reconocimientos; el mayor de ellos, el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Artes y Tradiciones Populares 1993.

Hacia 1936 publicó en Jueves de Excélsior su primera historieta, Frank piernas muertas, que a decir de Monsiváis era “muy deudora del cómic norteamericano”, según apuntó en un artículo aparecido en la revista Proceso el 21 de septiembre de 2003, “Gabriel Vargas, una épica”, y donde por cierto cita uno de los documentos invaluables para entender la caricatura mexicana del siglo XX, Puros cuentos, de Armando Bartra y Juan Manuel Aurrecochea.

Fue el antropólogo Bartra quien dijo a esta agencia:

“Vargas es el historietista más importante de la historia mexicana. No hay pocos, hay muchos. Desde muchos puntos de vista, quizá haya mejores dibujantes, quizá mejores narradores, otros que tuvieron personajes muy afortunados. Pero Vargas tuvo una virtud: descubrir una línea narrativa como historietista cuya expresión más clara fue La Familia Burrón, pero que no empieza ahí sino tiene otros antecedentes que es esta historieta de barrio.

“Hay otras historietas de pueblo, pero esta de barriada, de este México de vecindad, que conforma un tipo de colectividad, es extremadamente identitaria como ciertas modalidades de cultura indígena y campesina.”

Vía telefónica, explicó que este modo de ser urbano de la vecindad “refleja quizá no con la misma intensidad lo que reflejaba el cine mexicano en películas como Nosotros los pobres, El Rey del Barrio de Tin Tan o los mejores momentos de Cantinflas.

En este caso, es un hallazgo muy afortunado de Vargas, que tuvo una carrera profesional de más de medio siglo en la cual construyó un universo con una densidad lingüística, cultural, idiosincrática, que tiene que ver con toda una época de los años cincuenta, sesenta.

“Don Gabriel cubre la historia de una parte del siglo XX mexicano que es de una gran desilusión: el peluquero Regino que a fines de los años 40 creía que echándole ganas iba a volverse pequeño empresario, a tener una cadena de peluquería, o al menos una gran peluquería con muchos empleados y no logra pasar de perico-perro. Es una gran frustración también de modelo de familia, del marido proveedor, la mujer sumisa. Si lo vemos, Vargas refleja la transición de un supuesto progreso, del esfuerzo y la honestidad, al progreso social con otra visión que es la de rebeldía, de protesta, del ser iconocastla. Es la forma de resistir en este mundo.”

Le sobrevive su esposa, la periodista cultural Guadalupe Appendini, con quien vivía en un departamento de la colonia Cuauhtémoc.