La guerra de Calderón: Viudas, huérfanos, lisiados...

sábado, 19 de junio de 2010

Una disciplina cobra auge en Ciudad Juárez: la tanatología. Y no es para menos. Desde que la guerra contra el narco llegó a esa urbe fronteriza se han tenido que cavar 5 mil 400 nuevas tumbas. Hogar de 10 mil huérfanos e incontables padres, hermanos o cónyuges de los asesinados, vive en duelo perenne. Y ahora, por tanto, la guerra es contra el luto.

CIUDAD JUÁREZ, CHIH., 19 de junio (Proceso).- “¿Quién sí hizo la tarea?”, pregunta la terapeuta al grupo reunido en la pequeña capilla blanca de la peligrosa colonia Felipe Ángeles.  Ninguno de los alumnos se anima a responder. Ella les recuerda que la tarea consistía en regalar la ropa de su difunto para avanzar en el proceso de duelo. O al menos intentarlo.

Desde las bancas una mujer comenta que a ella le “dio cosa” regalar los trajes caros que se compraba su hijo, un policía que se distinguía por su elegancia y pulcritud, hasta que lo rafaguearon. Un anciano pregunta si está mal platicar todos los días con la foto del hijo que le balearon en la calle. Una obrera dice que no se anima a deshacerse de las pertenencias de su esposo porque sigue desaparecido, pero que se sintió bien al regalar la de su hijo asesinado, para que otro la aproveche.

“Deshacerse de sus cosas no implica deshacerse de ellos, pero hay que dejar ir”, comenta la tanatóloga de uno de los Talleres de Duelo que se reproducen en esta ciudad, considerada el epicentro de la narcoviolencia mexicana.

La mortandad, en serie, sin descanso, como salida de la banda de producción de una maquiladora, ha dejado a un número indeterminado de familias sin padre o madre que las encabece, una congregación de viudas y, según la asociación local de maquiladoras, 10 mil huérfanos.

Desde que Felipe Calderón declaró la “guerra contra las drogas” y lanzó el Operativo Conjunto Chihuahua en 2008, Juárez ha estrenado 5 mil 400 fosas. Esta ciudad solita ha puesto una quinta parte de todos los “caídos”.

Por la avalancha de familias que han perdido a uno o varios miembros, una parroquia católica organizó un taller que pronto se reprodujo en varios templos de la ciudad, como una curación de emergencia para esta ciudad plagada de damnificados de la epidemia de la violencia.

Las sesiones duran tres meses, dos horas por semana. Uno de los participantes es Vicente Muñoz –un hombre grueso, de 65 años, que se sienta en primera fila como alumno aplicado–, quien abre el cuaderno de notas que estrenó hace ya 10 semanas, cuando llegó por primera vez a la capilla –como todos: silencioso, apenado y cabizbajo– y de sus apuntes comienza a leer los sentimientos que el grupo cargaba al inicio: “Tristeza, enojo, coraje, odio, dolor, cansancio, culpa, depresión, sentirse un zombi, muerta en vida, por qué yo, enojo con Dios”.

En el grupo él puede hablar sobre su hijo, pero no puede hacerlo con su esposa, quien desde el asesinato del 5 de septiembre del año pasado dejó de hablarle, quizás enfadada por su actitud de resignación.

Extracto del reportaje principal que se publica en la edición 1755 de la revista Proceso, ya en circulación.