"Elegía criolla", de Tomás Pérez Viejo

domingo, 20 de junio de 2010

MÉXICO, D.F., 20 de junio (apro).- “Elegía Criolla” es un volumen de 324 páginas editado en la colección Centenarios de Tusquets, titulado por su autor, el politólogo e historiador Tomás Pérez Vejo (Cantabria, España). Elegía Criolla, es, como lo subtituló con precisión, Una reinterpretación de las guerras de independencia hispanoamericanas.

         Los editores se preguntan respecto de las consideraciones de Pérez Vejo: ¿Hubo realmente guerras de independencia en América o sólo disgregación de un viejo orden imperial? ¿Fueron las guerras de independencia guerras de liberación social?

         Y responden: “No se necesita erudición histórica para responder estas preguntas. Hacerlo significa explicar y entender uno de los fenómenos más relevantes de la historia del mundo Atlántico en general y del hispánico en particular.”

         Egresado de la Universidad Complutense de Madrid, actualmente es profesor-investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Pérez Viejo reflexiona hasta llevarnos “al encendido instante en que América Latina, con el pretexto de independizarse, se inventa a sí misma”.

         Acompaña al ensayo, además de una bibliografía y de un índice onomástico, la introducción del autor, cuyos fragmentos iniciales son los siguientes:

“A principios del siglo XX un griego de Alejandría, Constantino Kavafis, recuerda lejanas batallas de Alejandro, Grániko, Isso, y sobre todo, Arbela, allí donde el ejército persa ‘avanzó hacia la victoria y fue destruido’. Habían pasado dos mil años, los viejos nombres, Antioquia, Bactria, eran apenas ecos de un mundo legendario en las orillas de un río del que también los dioses helenos hacía siglos que habían sido desterrados y en las que hasta el nombre del fundador de la ciudad era ya sólo un recuerdo borroso. Sin embargo, todavía en la más decrépita y fastuosa de las Alejandrías de Oriente alguien se imaginaba griego e hijo de las victorias del conquistador macedonio.

“Vayamos ahora del Mediterráneo griego al hispánico, al Atlántico. Han pasado apenas 500 años que el paroxismo ibérico, en muchos aspectos tan semejante al de los griegos, hispanizara las riberas occidentales del otro lado del mar, de un modo no demasiado diferente al que aquéllos habían helenizado las orientales, pero ningún poeta en alguna de las numerosas Cartagenas, Córdobas, Méridas o Santiagos del amplio espacio americano osará ya decir que es español y menos todavía que viene de Otumba o de Cajamarca.

         “Las diferencias entre griegos y españoles no son, sin embargo, muchas. Unos y otros fundaron ciudades cuyas pautas urbanísticas las hacen  más helénicas o más hispánicas que las de las viejas metrópolis; unos y otros levantaron templos a sus dioses, diferentes sólo por la mayor magnificencia de los erigidos en las tierras de allende el mar; unos y otros crearon nuevas civilizaciones urbanas sobre las ruinas de otras más antiguas, en cuyas ciudades intentaron seguir viviendo como griegos y españoles mucho tiempo después de que el viejo mundo del que venían hubiese desaparecido; y unos y otros masacraron las poblaciones nativas para después mezclarse con los restos de ellas. Las semejanzas sorprenden, el mismo desprecio hacia las civilizaciones derrotadas, no hay demasiada diferencia entre los soldados de Alejandro quemando el gran palacio de Persépolis y los de  Cortés destruyendo “templos de ídolos”; y la misma voluntad de construir un mundo igual al que dejaron atrás, pero que acabará siendo, inevitablemente, a la vez similar y diferente. El resultado en ambos casos del convencimiento de ser pueblos elegidos, superiores a los bárbaros o a los infieles paganos.

         “¿Qué es lo que impide a un hipotético Kavafis criollo asumirse como español y heredero de Cortés o de Pizarro? Desde luego ninguna realidad. No parece demasiado arriesgado afirmar que un griego de Alejandría o Damasco tenía, a principios del siglo XX, menos que ver con Alejandro aun descendiendo de algunos de sus soldados macedonios por todas sus líneas genealógicas, que un mexicano o argentino, de Veracruz o de Buenos Aires, a principios del siglo XXI, con los fundadores de estas dos ciudades, incluso si en todo su árbol genealógico no hay ni la más ligera huella de un antepasado conquistador. Nuestros ancestros son sólo una elección. Elegimos nuestros antepasados como elegimos nuestros nombres. Somos descendientes de quienes decimos descender, no de quienes descendemos, Kavafis y nosotros.”

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