El exilio de Martín Luis Guzmán

lunes, 12 de julio de 2010
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MÉXICO, D.F., 12 de julio (apro).- El 16 de mayo de 1971, a los 83 años, el novelista de la Revolución Mexicana Martín Luis Guzmán, autor de El águila y la serpiente, fue entrevistado por el historiador Eduardo Blanquel. El documento, perteneciente al Archivo de la palabra, está resguardado por la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. Proceso solicitó una copia íntegra para ofrecer algunos fragmentos a sus lectores: En esta primera entrega, el escritor relata cómo escapó de ser fusilado por el gobierno de Obregón, cuando la orden ya estaba firmada por el general Francisco Serrano, protagonista de su otra gran novela: La sombra del caudillo.

Blanquel inicia la conversación preguntando a Martín Luis Guzmán qué hizo después del movimiento delahuertista hasta su regreso a México en la década de los cuarenta. Entonces el narrador dice que fue amenazado de muerte por el gobierno obregonista y, para no ser fusilado, pide ir al exilio.

–Salí, si mal no recuerdo, en el mes de diciembre de 1923, por ferrocarril, precipitadamente, porque se me había dicho que o cambiaba yo de pensamiento político o sencillamente el gobierno me mataba, palabras textuales dichas por una persona tan importante entonces como lo era el señor ingeniero Alberto J. Pani, secretario de Hacienda y Crédito Público, que además era mi amigo, mi amigo íntimo.

Cuando se presentó el conflicto ya de manera grave entre De la Huerta y Calles –que quería decir entre De la Huerta y Obregón, esa es la verdad– me dijo el ingeniero Pani:

“Está en una situación muy difícil, yo creo que si no cambia usted su actitud política, corre peligro. Créame usted, ¡el gobierno lo manda matar!”

Le dije yo: “Pues no sé qué hacer, ¿cómo voy a cambiar de actitud? ¿Qué quiere usted decir, qué vaya yo a la Cámara de Diputados esta tarde a decir que ya no soy delahuertista, que me he vuelto callista? Eso es imposible, no son mis modos”.

Nos despedimos y yo en ese estado de ánimo. Pero pasando frente a la Catedral dije: “Bueno, si el gobierno está dispuesto a matarme, pues que no me maté, que me expulse del país, y sin que yo haga nada ni diga nada contrario a mi actitud logran lo que quieren: apartarme del lugar donde estoy”. De modo que regresé desde la puerta de la Catedral por donde iba en ese momento, subí otra vez a la Secretaría de Hacienda y le dije al ingeniero Pani:

“Se me ha ocurrido esto ingeniero: no hace falta que el gobierno me mate; no hace falta que diga que ya no soy delahuertista y de pronto me he vuelto callista. Que el gobierno me coja y me ponga en la frontera y de ese modo todo se resuelve.”

“Mire usted –me dijo Pani–, no me parece mal. Creo que es una magnífica idea. De modo que de antemano le digo que el presidente Obregón aceptará lo que usted dice. Yo me comunicaré con usted.”

Dije: “Bueno, pero hay ciertos puntos que tenemos que precisar: primero, yo soy dueño de un periódico, ¿qué hago con mi periódico? Segundo, soy un hombre pobre, ¿qué hago en el extranjero? Así lanzado de pronto con mi mujer y mis tres hijos”.

“Bueno, todo se puede resolver –me dijo el ingeniero Pani.”

(...) Me fue a ver Manuel J. Sierra, me pidió retratos, el mío, de mi mujer, de mis hijos, y me dijo: “Le vamos a dar pasaportes. Tengo el encargo de darle a usted pasaportes diplomáticos”.

(...) Me fui a mi casa a buscar los retratos, los conseguí y se los entregué a Manuel y me volví al periódico. No quería ir a la Cámara de Diputados para no encontrarme en una situación muy difícil. En aquel momento era realmente peligroso, desde el punto de vista político, no desde el punto de vista personal, del peligro que yo pudiera correr. Y creo que como a las siete de la tarde Manuel J. Sierra volvió con los pasaportes, no sólo venían requisitados por Relaciones, sino por la embajada de Estados Unidos para que pudiera irme por ese país.

Y dije: “Bueno, pero hay dos o tres cosas que quedaron pendientes, Manuel, que hablé yo con el ingeniero Pani”.

Me dice: “Sí, también eso está arreglado, está resuelto que una persona va a tomarle a usted en arrendamiento el diario El Mundo y le va a dar 36 mil pesos por adelantado (...)”.

Conviene hacer la acotación que eran 36 mil pesos oro, ¿verdad?, no pesos de los de ahora, hay que multiplicar por lo tanto eso por 15 para darse idea de lo que en este momento significaba aquella cantidad.

–Bueno, ¿y cómo se va a hacer eso?

–Mañana a las 10 de la mañana va a usted al Banco de México. (No al Banco Nacional de México, no existía éste) Y ahí estará una persona que firma con usted un contrato y ahí le entrega el dinero.”

 

Con De la Huerta

 

¡Así fue! En efecto, al día siguiente todo eso se cumplió. Ya con el dinero en el bolsillo viví en la seguridad de que tenía que proceder tal como me había comprometido a hacerlo. Fui a casa y le dije a mi mujer:

–Arregla los baúles –se viajaba todavía con baúles, no había aviones– porque nos vamos esta tarde a Estados Unidos.

(...) Preparé todo para la salida, pero vi que no podía ser ese día por mucho que yo me esforzara y se lo dije a Pani por teléfono:

“Oiga usted, no me puedo ir hoy, tengo muchas cosas que arreglar. Será mañana cuando me vaya.”

(...) Esa noche me fui a buscar a Adolfo de la Huerta (...) Había visto a De la Huerta dos o tres noches antes y le había dicho que me parecía una equivocación el que se recurriera a un levantamiento armado que ya estaba preparado (...), primero porque no tenía bandera un movimiento así. Decir que nos iban a robar las elecciones y que iba a haber un fraude, no lo podíamos asegurar por anticipado, hacía falta que hubieran las elecciones, después le dije:

“Adolfo, si hay movimiento armado y triunfa, usted no va a ser reconocido por los militares como el jefe. La situación es muy distinta de la que se presentó cuando el movimiento contra Carranza, porque entonces era indiscutible que el candidato sería Obregón y el jefe de la sublevación, aun cuando no apareciera así, sería Obregón, nadie desconocería su puesto, pero el caso de usted no es ése.

“Está Enrique Estrada, que quiere ser presidente de la República y tiene mando de tropas; Antonio Villarreal (...), Cándido Aguilar (...), Salvador Alvarado (...); todos quieren ser presidentes, cuando llegue el momento va a ser muy difícil que todo se oriente a favor de usted, creo que no debe haber alzamiento...”

De la Huerta no me quiso hacer mucho caso, creyó que yo estaba bordando en el vacío, y salí un poco descorazonado porque vi que era inevitable el levantamiento en armas y al mismo tiempo vi que no iba a conducir a nada como no fuera volver a ensangrentar el país.

Esa tarde quise pues ir a decir a De la Huerta:

“Me pasa esto y ya verá usted donde están las cosas, cuando siendo tan amigo como soy de Pani, me dice que o me voy de México o me matan dentro de unas horas.”

(...) Volví a mi casa, arreglé otras cosas, me hice la ilusión de que respetarían mis propiedades, puse mis dos automóviles en algunos bancos de madera para que no se echaran a perder los neumáticos mientras regresaba, qué sé yo, muchas cosas. ¡Hasta dónde puede ser iluso un político mexicano! Claro que no tenía entonces la edad que tengo ahora.

Al día siguiente fui a buscar a De la Huerta seguro de que se iba a encontrar ahí, como a las ocho de la mañana. Estaba su casa cerrada a piedra y lodo, no había nadie. Mientras tocaba por un lado y me asomaba a ver por las ventanas, vi que aparecía por ahí Froylán Manjarrez, gobernador del estado de Puebla (...), él era delahuertista.

–Froylán, qué hace usted aquí.

–Pues nada, que vine a hablar con Adolfo...

–Pues no –le dije–, no está. Parece que se ha ido.

–¡Ay!, está muy grave eso –dijo.

–Pues sí, Froylán, haga usted lo que pueda que yo voy a seguir el mismo camino.

Froylán se fue a pie desde la Ciudad de México hasta Puebla, temeroso de que lo aprehendieran en el camino, porque nos dimos cuenta de que se había ido De la Huerta para levantarse en armas, cosa que en efecto ocurrió tan pronto como llegó a Veracruz con un segmento de Guadalupe Sánchez, con las tropas que tenían armas.

Me fui a la estación de Buenavista y tomamos el tren, el Pullman hasta Laredo (...) al día siguiente el tren salía a las seis de la tarde, a las ocho de la mañana llegábamos a San Luis y en San Luis supe lo del levantamiento de Guadalupe Sánchez porque ya lo traían los periódicos (...) En la noche supe por comentarios del levantamiento de Enrique Estrada, en Jalisco, así llegamos a Laredo. 

 

Fusilamiento

 

Llegamos a Laredo como de costumbre alrededor de las cinco de la mañana. A esa hora llegaba el tren. Y estaba yo afeitándome, serían las cinco y media, cuando tocaron la puerta del gabinete que llevábamos mi esposa, mis hijos y yo. Con la cara medio enjabonada me asomé: era un coronel:

–¡Qué! ¿Viene aquí el señor diputado Martín Luis Guzmán?

–Sí, yo soy.

–Señor diputado, pues le traigo a usted un encargo de mi general el jefe de la guarnición, se llama el general Hurtado, que desea hablar con usted, que tiene una cosa muy importante que tratar con usted.

–Mire usted –le dije–, yo estoy en este momento afeitándome. Dentro de media hora, una hora a lo sumo, el tren cruza la frontera, aquí viene conmigo mi familia, de modo que no creo que pueda ver al general Hurtado, dígame usted si él tiene interés en hablar mientras yo acabo de afeitarme, seguramente puede venir para que me diga qué se le ofrece.

Se fue el coronel, yo seguí y casi acabé de afeitarme y de vestirme cuando volvió para decir que no, que insistía el general en que yo fuera a la guarnición de la plaza.

–Pues vea usted que no puedo, resueltamente dígale que no voy. Porque dentro de un momento vamos a cruzar la frontera.

–Pues lo siento mucho señor diputado, pero si no va usted voluntariamente, tengo órdenes de llevarlo.

Yo traía una pistola y quise hacer que desapareciese para no comprometer a mi mujer. Llamé al negro, todavía eran negros los porters de los Pullman, y le dije: “Te regalo esto”. Se quedó azorado, era una pistola escuadra con cachas de concha, ¡bellísima!

Le dije a mi mujer: “Tengo que ir a la guarnición de la plaza (...) Llegaré a tiempo para que tomemos el tren de San Antonio”.

Y así fue, bajé, nos fuimos a la guarnición de la plaza. Deben haber sido como las seis y media o siete de la mañana, era muy, muy temprano. Llegué allá, ahí estaba un oficial (...).

–Pase usted señor diputado, voy a decirle al señor general, porque no está aquí en este momento, está en el campo... que ya está usted aquí, para que venga.

(...) Me senté, me asomé, vi que había otro cuarto al interior, más cómodo, me fui hacia allá. Y estaba yo pensando en la situación que no me parecía nada sencilla, cuando se me acercó el subteniente y me dijo:

“Mi coronel, usted no se acuerda de mí, yo soy fulano de tal, se acuerda usted que por una falta de disciplina muy grave, me iba a castigar el general Lucio Blanco muy severamente. Usted intercedió por mí y no se me castigó. Esta es la ocasión en que yo le pueda pagar a usted el servicio que entonces me hizo, yo entonces no era más que un sargento.”

–Ah, pues muy bien –le dije–. Magnífico momento.

–Dígame usted que quiere que haga.

–Pues es muy fácil, deje usted que me vaya.

–Oiga usted, eso no lo puedo hacer porque justamente yo estoy aquí encargado para que usted no se vaya.

Y le seguí dando vueltas a la cuestión. Recursos no me han faltado en una situación así porque he procurado ser sereno. Y entonces se me ocurrió un camino, le pedí papel y escribí un telegrama dirigido a Alberto J. Pani, secretario de Hacienda, en el cual le decía:

“Estoy preso en la guarnición de la plaza en una situación peligrosísima, pues acaban de decirme que el general, jefe de la guarnición, tiene orden de fusilarme, orden firmada por el general Francisco Serrano, ministro de la Guerra. Espero que no me haya usted mandado aquí de acuerdo con el general Obregón para que me asesinen.”

Cuando recordé mi conversación con el subteniente olvidé decir que me dijo:

“No crea usted, no es verdad que quiera hablar con usted mi general Hurtado, lo van a fusilar. Se ha recibido un telegrama del general Serrano en que dice que lo fusile a usted. Pero mi general Hurtado, preocupado porque es usted diputado, quiere que le confirmen la orden. Y se la confirme el señor presidente de la República (...), está tratando de comunicarse con Chapultepec para que le den las instrucciones definitivas...”

Por eso se me ocurrió lo del telegrama, que una vez escrito le dije:

–Hágame el favor de llevar o mandar este telegrama al telégrafo, tome usted.

Y le di un centenario (...) Pasó así como media hora y vi que no se movía, entonces fui y le reclamé. Yo sentía que había un contrato entre los dos, sobre todo habiendo mediado un centenario.

–Oiga usted, pues qué pasa.

–Yo no me puedo mover de aquí, no puedo dejar el punto, pero mi mujer viene seguramente dentro de unos minutos porque me trae siempre el desayuno a las ocho, y tan pronto como llegue, con ella voy a mandar el telegrama.

(...) Acababa de hablar con él en esos términos, cuando por la ventana de aquella habitación que tenía barrotes de hierro vi que llegaba un Ford y que adelante con el chofer venía uno de esos guías que había entonces en Laredo (...) En el Ford venía mi mujer, bajó del Ford y se vino hacia la puerta (...):

–Oye, ¿qué pasa? Estoy alarmadísima porque el licenciado (Isidro) Fabela (había ido en el mismo tren que yo, sólo que Fabela se iba por su cuenta, no iba mediante ningún arreglo con el gobierno, también estaba comprometido en el movimiento) se ha deshecho en atenciones para mí y para nuestros hijos, además oí decir algo muy serio al conductor del tren, que dijo: ‘Yo tuve la culpa, debí haber arrancado cuando vi que llegaban los soldados, y así hubiera salvado a ese señor’. ¿Qué es lo que pasa?

–No –dije–, no pasa nada, es una cuestión un poco difícil pero no pasa nada, pero qué bien que hayas venido porque vas a hacer una cosa que es importantísima...

Le dije al subteniente: “A ver el telegrama”.

Del centenario no le dije nada:

–Vas al telégrafo, ahí está el general Hurtado tratando de comunicarse con Chapultepec, pero no logra la conferencia (...) Llegas a la ventanilla, sacas todo el dinero que te quepa en las manos y lo pones golpeando: ‘Yo quiero una línea directa para la Ciudad de México para que este telegrama salga inmediatamente, porque de esto depende la vida de mi esposo, ¡pago lo que sea!’. Haces mucho escándalo. No te van a recibir el telegrama, no te van a dar línea, pero ahí está el general Hurtado. Quiero que te oiga. Y que cuando vea que van a transmitir el telegrama, pida el telegrama y lo lea. Es lo que hace falta. Tú haces mucho ruido.

Y lo hizo muy bien. Como 10 minutos después vino mi mujer en el mismo Ford, con el mismo guía (...) Cinco minutos después, en su automóvil, llegó el general Hurtado, bajó, me hizo una gran impresión, un general joven, perfectamente afeitado a esa hora, perfectamente uniformado y bien presentado.

–Señor diputado.

–Señor general.

–¿Quiere usted que hablemos?

–Sí, cómo no, por supuesto.

–¿Quiere usted que pasemos a la otra habitación?

Y me llevó a una tercera habitación, lo que era su despacho. Y entonces ocurrió la conversación más importante, más increíble que yo he sostenido con alguien en el orden político. Nada igual a eso. Me dijo: 

–Señor diputado, usted no me conoce, no tiene motivos para confiar en mí, sin embargo le voy a decir a usted la verdad. Mire usted, tengo orden de fusilarlo. No lo voy a fusilar, no voy a cumplir la orden, pero esto es a cambio de un servicio que usted me va a hacer. Dígame usted qué hago, me levanto en armas o sigo fiel al gobierno. Si me dice usted que me levante en armas, en el acto me pongo a sus órdenes.

Salí yo cogido entre la espada y la pared. En el acto dije, “si yo le digo a este hombre que se levante en armas, inmediatamente tiene motivo para fusilarme, no necesita más. Y si no le digo y se levanta en armas, va a fusilarme”. Pero como el camino menos peligroso era el otro, dije:

–Pues lo siento mucho: sí creo en su lealtad, en su honorabilidad, pero no le puedo aconsejar a usted nada, porque realmente no sé ningún consejo con suficientes elementos de juicio, todo lo que sé es que anteayer se levantó en armas Guadalupe Sánchez en Veracruz, que ayer se levantó en armas Enrique Estrada en Jalisco. Y yo voy en condiciones muy especiales, expulsado por el gobierno, para que no me maten, ¿qué le puedo aconsejar a usted? ¿Cómo le digo a usted que se levante en armas?, ¿o con que autoridad le digo a usted que permanezca leal? Haga usted lo que quiera.

Entonces, con aire de melancolía muy grande, me dijo:

–Lo siento mucho, no quiere usted servir, no confía en nadie, pero yo cumplo lo que ha sido mi intención. Señor diputado, váyase usted.

Salí en el mismo Ford en que venía mi mujer y le dije al chofer:

–Si nos siguen o alguien dispara, usted sigue adelante, pase lo que pase.

(...) Así llegamos a Laredo (...) Aquí termina esta parte que le puedo contar. Nos fuimos a Nueva York, viví en Nueva York cerca de un año y me di cuenta de que si permanecía en Nueva York, mis hijos estaban condenados necesariamente a ser de espíritu estadunidense por la edad que tenían, las escuelas, el ambiente. De modo que un año después resolví irme a España.