Cruzados

lunes, 26 de julio de 2010

MÉXICO, D.F., 21 de julio (apro).- Judío Errante de nuestros pesares: con extrañeza y desencanto hemos leído su carta a este buzón, en la que defiende el derecho a hacer su propio camino y por su propio pie, que asiste a los que son siempre el futuro de la especie: los jóvenes. Tiene toda la razón.

Pero, por lo que a nosotros corresponde, también la hemos leído con extrañeza. Esperábamos más de usted, de su experiencia, ¿pues no dice el refrán que más sabe el diablo por viejo que por diablo? ¿Qué le pasó? Con desencanto, lo confesamos, comprobamos que no hace referencia alguna a uno de los más altos, extraordinarios y peregrinos hechos que han ocurrido en Occidente y del cual fuimos protagonistas nosotros, los niños.

A pesar de los siglos transcurridos, los que participamos en esa empresa tan grata a Dios, el rescate de Jerusalén, todavía nos preguntamos dónde estuvo la causa del fracaso sin que podamos respondernos.

Como no lo ignora, conquistada Jerusalén en 1099 por los caballeros cristianos, la perdieron 88 años después, en 1187. Frustrada la Tercera Cruzada en su intento de recuperarla de manos de los infieles, allá por el año del Señor del 1212, por Francia y Alemania, comenzó a correr lo que para unos fue y es considerado sublime y para otros un absurdo, un disparate, la idea de que los inocentes, es decir, los niños, podríamos conseguir del Todopoderoso (por nuestra inocencia) la gracia que les había sido negada a los adultos caballeros cristianos por ser ambiciosos, codiciosos y pecadores, que seríamos los infantes sin pecado (si estábamos bautizados, claro) quienes en forma milagrosa libertaríamos Jerusalén de las manos de los paganos sarracenos.

Fue conmovedor, emocionante ¿lo recuerda? Pues seguro que fue testigo de ello: ver cómo cientos y cientos de nosotros, los pequeños, los preferidos y los más amados de Cristo (la mayoría no pasábamos de los 12 años), nos reuníamos alrededor de estandartes y cruces entonando himnos y orando, y así marchábamos y así fuimos engrosando el ejército de los inocentes.

Entre las cosas que creíamos, porque así nos lo dijeron nuestros dirigentes, era que la mar se abriría a nuestro paso y podríamos cruzarlo a pie seco hasta tierra Santa. El fervor religioso que nos animaba era tan grande, que en poco más de un mes nos reunimos en la ciudad de Vandes, punto de concentración, 30 mil niños. Llegamos a Marsella… y el mar no se abrió ante nosotros. No se produjo el milagro. Tuvimos que embarcarnos. Dos naves naufragaron, las cinco restantes nos llevaron a Egipto… donde fuimos vendidos a los sarracenos… por navegantes cristianos que se habían comprometido llevarnos a Tierra Santa por la sola recompensa del cielo.

En Egipto, las niñas, todas menores de edad, de 14 años a lo sumo, desparecieron en los harenes de los musulmanes; los niños fuimos vendidos como esclavos.

Así termino la Cruzada de los niños… y el sueño nuestro, de los inocentes, de conquistar Jerusalén, no por medio de las armas, sino convirtiendo a los mahometanos y así fundar en la Ciudad Santa el reino de los cielos.

Como ya lo hemos indicado, nos seguimos preguntando cuál fue la causa de nuestro fracaso en empresa tan grata a Dios: la reconquista de Jerusalén. Hay quien lo ha achacado a nuestros mayores, los adultos, comenzando por nuestros padres, que con su estúpido fanatismo religioso (en el que cayeron por sus pecados) creyeron y nos inculcaron la loca idea de que nosotros, con nuestra inocencia, podíamos conquistar la Tierra Santa. Loca idea madre de la más sombría y siniestra página en la historia de las Cruzadas.

Si así fue, de todas las maneras nos es difícil explicarnos que nuestra inocencia fuera utilizada como ficha de pago para aplacar la ira de Dios contra nuestros pecadores padres. Por eso seguimos preguntándonos: ¿por qué la ira de Dios padre cayó sobre nosotros, los pequeños, que según se afirma somos los preferidos y los más amados de Cristo, de Dios hijo? Sí, la respuesta es difícil, por lo que no faltan quienes han intentado resolver la problemática de la misma diciendo que al pensar y creer que nuestra inocencia conquistaría la Ciudad Santa, caímos en pecado de orgullo, el más satánico de los pecados.

Nos duele, y nos espanta decirlo, este no aclararnos quiénes pudieron ser los responsables de los dolores, lágrimas y sangre de todos nosotros, los integrantes de la Cruzada, de los niños, así como también de todas las violencias y abusos cometidos contra los niños, eso nos pone en la terrible situación de pensar que, como dijo un inglés de cuyo nombre no me acuerdo en este momento, el mundo es el cuento de un idiota, lleno de ruido y furia y sin sentido.

¿Es así? ¿Qué nos dice al respecto su vasta experiencia, Judío Errante de nuestros pesares?

En nombre de todos mis compañeritos.

GERMÁNICO, niño cruzado.

Comentarios

Otras Noticias