Las reliquias de Emiliano Zapata

lunes, 26 de julio de 2010

MÉXICO, D.F., 21 de julio (apro).- Cada vez son más las críticas al gobierno de Felipe Calderón por la manera en que concibió los festejos del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana.

Uno de las censuras más fuertes en los últimos días fue el culto que hizo a las reliquias cuando retiró de la Columna de la Independencia los restos de 12 héroes insurgentes, para luego “placearlos” por Paseo de la Reforma.

La crítica se hizo en el sentido de que lo más importante no era que los huesos formaran parte de un desfile militar, sino que el gobierno tratara de recuperar los ideales de los insurgentes, como los Sentimientos de la Nación, de José María Morelos, donde el prócer propuso, entre otros puntos, que las leyes que dicte el Congreso  moderen “la opulencia y la indigencia, de tal suerte que se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”.

Sin embargo, el culto a las reliquias continúa.

De acuerdo con información del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la pieza clave de la exposición Zapata en Morelos, inaugurada el pasado lunes 5 en el Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec, es la silla de montar en la que fue asesinado el caudillo, luego de ser emboscado, el 10 de abril de 1919, en la Hacienda de Chinameca, Morelos.

“Ninguna otra silla de montar –señala el INAH en un comunicado-- tiene el privilegio de encerrar y poder mostrar al público casi cien años de la historia nacional. Su viejo y maltrecho asiento de madera, forrado con pergamino y aplicaciones de cuero repujado, atestiguó el asesinato a traición del que fue víctima uno de los caudillos más importantes de la Revolución Mexicana, el general Emiliano Zapata Salazar.”

Y agrega que la montura le fue obsequiada a Zapata, junto con el caballo –llamado “As de Oros”–, por el general carrancista Jesús Guajardo, quien finalmente lo asesinó. El caballo salió ileso del ataque y al escapar se llevó en el lomo la montura. Tiempo después, no se sabe cuándo exactamente, “llegó a manos de Gil Muñoz Zapata, sobrino del jefe revolucionario”.

Gil Muñoz la tuvo en su casa hasta 1956. En ese año fue entregada al gobierno de Morelos para que se exhibiera en el Museo de la Revolución del Sur, ubicado en Tlaltizapán, Morelos. En diciembre de 1976, el entonces gobernador Armando León Bejarano la regaló al presidente José López Portillo, quien la guardó en su casa. Y hace dos años, el 13 de agosto de 2008, la viuda de éste, Sasha Montenegro, la devolvió al gobierno de Morelos, con lo que finalmente se incorporó al acervo del Museo de la Revolución del Sur.

Junto con la montura se exhiben en Chapultepec otras “reliquias” del general Zapata, como la ropa y el sombrero que portaba el mismo día del asesinato; su baraja, una piedra ágata que usaba como talismán, su cama y algunas armas, entre ellas una pistola obsequiada por Francisco Villa.

Está también la silla presidencial que evitó usar cuando llegó, junto con Villa, a Palacio Nacional, alegando que “cuando alguien bueno se sentaba en ella, al levantarse ya se había vuelto malo”.

La exposición en Chapultepec se basa en el libro Zapata en Morelos, escrito por la historiadora de arte María Helena Noval y por Salvador Rueda Smithers, director del Museo Nacional de Historia.

En ese libro, editado por Lunwerg, Planeta y el gobierno de Morelos, se hizo un estudio sobre la imagen del caudillo del sur para “recuperar al Emiliano Zapata del siglo XXI a partir de las interpretaciones que se ‘comieron’ al que murió’”, de acuerdo con Noval.

Se incluyen, además, imágenes fotográficas de pueblos del estado de Morelos, y en algunas de ellas se plasman los vestigios de las haciendas tras la lucha zapatista. Las fotografías fueron tomadas por Adalberto Ríos Lanz y Adalberto Ríos Salía, así como por Hugo Verme. También se incluyen las imágenes del Archivo Casasola, pertenecientes a los acervos de la Fototeca Nacional del INAH.

Hay también un video donde se recogen varias de las obras en las que Zapata fue retratado por artistas como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Juan O’Gorman, José Chávez Morado, Raúl Anguiano, Alfredo Zalce, Alberto Gironella y Julio Galán, entre otros. Sólo se exhiben físicamente dos piezas, una de Arnold Belkin y otra de Pedro Zamora.

De acuerdo con la información ofrecida por el INAH, la imagen de Zapata ha sido retomada para diversos fines. Y no ha escapado al lucro, pues se plasma lo mismo en tequilas que en camisetas, portadas de libros, discos, cuadernos y hasta objetos decorativos “con la finalidad de introducirlos en la sociedad de consumo”.

Dice la historiadora Noval:

“Todos los mexicanos tenemos a un Zapata dentro de la cabeza, pero no es el mismo que vivió, creamos una imagen a partir de conceptos que le vamos agregando a la figura original. El resultado es un mito, pero también la resignificación del significante que fue Zapata.”

 

Si Zapata viviera...

 

...Con nosotros se aburriera, decía bromeando el subcomandante insurgente Marcos cuando recorrió parte de la República Mexicana en la famosa Caravana Zapatista, que llegó hasta el Congreso de la Unión para reclamar los derechos indígenas. Éstos finalmente no se establecieron en la Constitución.

Pero si Zapata viviera, ¿le gustaría que su imagen fuera tan traída y llevada?, ¿que se hiciera culto de sus reliquias? Quizá no. Quizá lo que pediría es que se recordaran sus ideales o, mejor aún, que se aplicaran. Zapata tuvo claro que su lucha no era sólo por derechos políticos, sino por transformaciones sociales, y por ello rompió con Francisco I. Madero al presentar el Plan de Ayala.

En el marco de la misma exposición en el Castillo de Chapultepec, el historiador Felipe Ávila se refirió a ambos personajes y los contrastó para analizar el por qué de su rompimiento.

A Madero lo ubicó como miembro de la alta sociedad empresarial del norte, en tanto que a Zapata lo definió como parte de un núcleo campesino y pobre del sur de Morelos.

Asimismo, recordó que los antepasados de Zapata participaron en las luchas históricas del siglo XIX, y que el mismo caudillo del sur incursionó en luchas armadas luego de que, tras haber sido electo presidente del Consejo Municipal de Anenecuilco, el pueblo solicitó permiso para sembrar tierras que les habían sido arrebatadas en la Hacienda del Hospital. Cuando las tierras les fueron negadas, Zapata encabezó la revuelta violenta.

En 1910, cuando estalló el movimiento, el líder agrario vio una oportunidad de alcanzar sus derechos y se sumó a la lucha de Madero, pero al ver que éste no cumplía se sintió traicionado y le declaró la guerra.

Según Ávila, “al leer el Plan de Ayala, una de las cosas que más llama la atención es el profundo antimaderismo que expresa el documento. Madero es descrito como alguien peor que Porfirio Díaz. La virulencia del texto debe entenderse como la enorme decepción de Zapata, quien había puesto en Madero todas sus esperanzas”.

 

El Plan

 

Promulgado el 28 de noviembre de 1911 en Ayala, Morelos, el plan zapatista pidió que se cumpliera el Plan de San Luis Potosí, así como las promesas “que hizo la revolución el 20 de noviembre de 1910”.

Y al insistir que la revolución se hizo para conquistar libertades y reivindicar derechos, no para que un hombre se adueñara del poder, ello indica ciertamente que Madero “no llevó a feliz término la revolución”, puesto que “dejó en pie la mayoría de los poderes gubernativos y elementos corrompidos de opresión del gobierno dictatorial” de Díaz.

 Luego de descalificar a Madero por no haber cumplido las promesas, los zapatistas lo desconocieron como jefe de la Revolución y como presidente de la República. En su lugar propusieron al general Pascual Orozco, y si éste no aceptaba el mando, lo asumiría el mismo Emiliano Zapata.

En otro punto, el plan agrega: “La Nación está cansada de hombres falaces y traidores que hacen promesas de libertadores, sólo que llegando al poder se olvidan de ellas y se constituyen en tiranos”, en clara referencia a Díaz y a Madero.

Este señalamiento, sin duda, es hoy tan vigente como entonces y aplicable para muchos otros políticos.

Los zapatistas también advirtieron que los terrenos, montes y aguas de los que fueron despojados los pueblos y ciudadanos, quienes  conservaron los títulos correspondientes, volverán a sus propietarios originales.

Y más: “En virtud de que la inmensa mayoría de los pueblos y ciudadanos mexicanos no son más dueños que del terreno que pisan, sufriendo los horrores de la miseria sin poder mejorar su condición social ni poder dedicarse a la industria o a la agricultura por estar monopolizados en unas cuantas manos las tierras, los montes y aguas  (...) se expropiarán previa indemnización...”

Otro punto más indica que a la manera como procedió Juárez con las leyes de desamortización y nacionalización de los bienes eclesiásticos, se procederá con los bienes antes mencionados.

En el plan no se habla textualmente, como ya lo han señalado varios especialistas, entre ellos Raquel Tibol, de “tierra y libertad”, pues esta frase tuvo su origen en el pensamiento de Antonio Soto y Gama. Pero sí menciona a quienes habían sido despojados de sus tierras por los poderosos y exige que les sean restituidas.

Además, que los monopolios sirvieran para el bienestar de los ciudadanos. En realidad, el lema de Zapata fue: “Reforma, Libertad, Justicia y Ley”.

Así pues, más que el culto a su imagen o a sus reliquias personales, habría que dar mayor difusión a los ideales de Zapata, pues si aún viviera, sin duda seguiría luchando por ellos.

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