Danzón: teatralizar el baile popular

lunes, 23 de agosto de 2010

MÉXICO, D.F., 18 de agosto (apro).- Desde hace más de un siglo llegó a México el danzón… y sigue siendo el baile popular con mayor convocatoria.

Los salones para disfrutar de las danzoneras proliferan en toda la ciudad y los expertos siguen incansablemente a las que más les gustan, aunque sea en horarios inverosímiles.

Desde hace más de 20 años que el jarocho Miguel Zamudio Abdala, maestro en ciencias y especializado en gestión cultural por la Universidad de Gerona, estableció todo un sistema de promoción y difusión del danzón.

Considerado durante una época como baile asociado a ambientes de mala muerte, congales y prostitutas, Zamudio, junto con varios de los más importantes danzoneros del país, se propuso darle otro perfil al baile que aprendió de la mano de la célebre Rosa Abdala, ya fallecida, y creó todo un grupo en el que niños y jóvenes eran las figuras principales.

Las exhibiciones de su grupo Tres Generaciones de Danzón Veracruzano tuvieron gran éxito y se consideró de alto valor que los niños y jóvenes recuperaran un baile que para mucho era para “los viejitos”, quienes gustaban de interpretarlo en la Plaza de Armas del Puerto de Veracruz.

Al paso de los años el danzón se ha esparcido por todo el país. Incluso en lugares como Ensenada, Baja California, existe un grupo que baila y practica el danzón afanosamente.

Pero no es lo mismo aprenderse rutinas, que bailar el danzón cuerpo a cuerpo y sin saber qué trampas hará la danzonera para hacer que los que bailan se equivoquen en los remates.

Discusiones van y vienen, y los propios danzoneros no han logrado ponerse de acuerdo en cómo representar el danzón sin caer en las ya trilladas y más que rebasadas estructuras de la danza folklórica.

Y es que vestuarios uniformes, estructuras simétricas y personalidades anuladas en pro de la energía de un grupo, dan al traste con la emoción de encontrarse con el otro en plena pista y atenerse al reto de ver qué pasa entre ellos. Mirar a un verdadero danzonero improvisando con su pareja es más que un espectáculo, es una suerte única.

Con el cuerpo asentado, los compases en la mente y la claridad de que la memoria corporal nunca traiciona, bailarines de la talla de los reconocidos Lolita y Arturo, de Querétaro; Freddy y Maru, de la Ciudad de México; Anaid y José Luis, de Veracruz, hacen verdaderas proezas en su manera de bailar.

Sin necesidad de ensayar, entran a la pista sabiéndose los mejores y logran proyectarlo porque su cuerpo funciona de manera natural, ya que sigue la música orgánicamente. En fin, no tienen margen de error.

Ellos dan tal exhibición, que dan ganas de dejar de bailar para verlos a ellos, lo que suele pasar muy a menudo.

Sin embargo, los propios danzoneros han decidido que quieren hacer exhibiciones, así que los maestros enseñan las rutinas a sus alumnos, pero es ahí donde se cae la pasión de la pista y la emoción de los cuerpos encontrándose y comunicándose solamente por la intuición y la experiencia.

El danzón coreográfico se rige bajo las reglas del foro y fracasa prácticamente en la mayor parte de ellas. Los unísonos son difíciles de lograr, las estructuras son predecibles y los finales forzados, porque no hay manera de que no terminen en poses un tanto falsas.

Estudiar danza para representar una idea en el foro requiere de formación muy rigurosa, que en general comienza a los seis años de edad, con clases de alguna técnica. No todos esos niños son lo suficientemente buenos para pararse en un foro, pero es obvio que la danza, como parte de la formación integral en la educación, es fundamental en cualquier sociedad.

En ese sentido, si los danzoneros están decididos a crear coreografías, tendrán que entender que no se trata de “bailables” tipo escolar y que sólo aquellos que posean ciertas características físicas, de proyección y de talento para mostrar ciertos movimientos o secuencias, serán los que puedan subirse a un escenario. Los demás podrán seguir disfrutando de la complejidad de su baile en el espacio que corresponde: el salón.

Es tiempo, pues, de que los danzones reflexionen sobre la pertinencia de subirse al foro sin dominar sus reglas, limitaciones e incluso retos, porque lo mejor del danzón es, sin duda, disfrutarlo en la pista, rodeado de cómplices que saben cuándo hay que rematar, cuándo hay que pasear y cuándo hay que soltar la cadera sin saltar, sin exagerar y conteniendo brutalmente la energía, que de tan fuerte se convierte en el mejor escaparate para un baile que con más de cien años goza afortunadamente de una excelente salud.

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