Peregrinos de las Estrellas

lunes, 30 de agosto de 2010

MÉXICO, D.F., 25 de agosto (apro).- Inconsecuentes terráqueos: les informo que más de alguno de nosotros estamos entre ustedes, estudiándolos. Si no hemos hecho oficial nuestra presencia, es porque no estamos seguros cuál será su reacción.

No nos faltan motivos para actuar así. Desde nuestra llegada a su planeta nos ha sorprendido y llenado de prevención el que tantos de ustedes traten tan contradictoriamente al importante futuro de su especie: sus niños, adolescentes y jóvenes. No extrañó y suspendió el ánimo escucharles quejarse de que las generaciones presentes, sus herederos inmediatos, ya no son como las de antes ni la de ustedes, que son escépticos, que no creen en nada de lo habido y por haber, irrespetuosos e incluso rebeldes, poco o nada dados a asumir responsabilidades y pocos amigos a integrarse a movimientos que busquen el bienestar comunitario, pues más bien son narcisistas, inclinados al egoísmo; los ven apáticos, desencantados e indiferentes a todo lo que no sean sus muy particulares intereses y no faltan entre ustedes, sus mayores, los que piensan que el futuro de su especie: sus niños, adolescentes y jóvenes, ha nacido cansado, gastado, viejo, con sangre aguada, sin energía, incapaces por tanto de encarar el porvenir con ánimo sereno y menos aún de ir hacia él, de buscarlo con ardiente esperanza y corazón fogoso, como lo hicieron generaciones anteriores.

En los primeros contactos con ustedes y oírles esas opiniones sobre el futuro de su especie, confieso que estuve a punto de creerles, pues pude comprobar que, en efecto, el futuro de su especie llega a la vida como un ser débil y dependiente, sin dientes, con poco pelo y vista incierta, incapaz de valerse por si mismo para sobrevivir, como les pasa, por lo general, a los humanos que ya van de salida; esto es, a sus ancianos que viven mucho. ¡Qué diferencia con los pollitos!, por ejemplo.

Mas al poco de conocerlos, luego, luego reparé que hay una gran diferencia. El futuro de su especie es como una pila nueva, recargable, plena de energía renovable, capaces de abrir nuevas puertas para la sobrevivencia, de iluminar nuevos caminos y de recorrerlos, mientras que sus ancianos, en no pocos casos, apenas si tienen energía para poder ver más allá de sus narices. Situación misma, ¿por qué no decirlo?, en la que veo a no pocos de los maduros de su especie, a pesar de que reencuentran en la plenitud de su energía y de sus posibilidades.

En un principio, lo confieso, su retórica sobre los derechos y respetos debidos al futuro de su especie: sus niños, adolescentes y jóvenes, me pareció admirable y hasta conmovedora. Lástima que poco tardé en comprobar que, en gran medida, era simplemente eso: pura retórica, mucho bla, bla, y poca o ninguna práctica; es decir, “puro jarabe de pico”, como ustedes dicen, como también lo es el que todos ellos son iguales, porque así lo afirma la divinidad, la ley y la ciencia, así como en lo individual son únicos e irrepetibles. ¡Que bien y que bonito! ¿Pero qué pasa en realidad cuando ese futuro crece? ¡Ay! Sucede que se va dando cuenta que vive y va a continuar viviendo en un mundo en el que todo ese cacareo sobre la libertad, la igualdad, legítimos derechos y respetos debidos, valen menos que el papel en el que están escritos, ya que en ese mundo la verdad es que “cuna es destino” y hay quien nace en pañales de seda y otros que ni a pañales llegan; mundo en el que todo ese cacareo sobre la igualdad ante Dios, la ley, la ciencia, en última instancia es fría y brutalmente desmentido por la economía, que se encarga implacable de dividir a sus futuros en ricos y pobres.

¿Y qué pasa cuando hay jóvenes e, incluso, adolescentes, que los hay, que critican ese mundo en que viven? Pues que luego, luego, sobran los que les digan  que no saben de lo que hablan. ¿Y si insisten y platican de que hay que cambiarlo? No faltan quienes les adviertan que son unos ingenuos idealistas, que más les vale que sean prácticos, que no la muevan, que dejen las cosas como están, pues siempre ha habido ricos y pobres, que ni piensen en revoluciones, pues las mismas siempre han sido más perjudiciales que benéficas.

Y los que tal dicen, para apoyar y confirmar sus dichos y desanimar a los que osan ser protestatarios e insisten en su osadía, no dudan en acudir hasta al mismo Dios, quien ha proclamado que “nada hay nuevo bajo el Sol”, así como a otros autores connotados, padres de libros célebres guías de su hacer social, como Jacobo Rousseau, Hobbes, Maquiavelo o Darwin, por ejemplo, quienes han afirmado que “todo está bien al salir de las manos del autor de las cosas”; que “todo degenera en las manos del hombre; que “el hombre es el lobo del hombre”; que “la política está desprovista de conciencia y buena fe”; que en lo social, como en la naturaleza, lo que todo lo mueve “es la lucha por la vida”.

Ante la realidad que viven y sus prédicas contradictorias, ¿cómo quieren que su futuro: sus niños, adolescentes y jóvenes, no crean en nada, sean escépticos, rebeldes, poco o nada a asumir responsabilidades, pocos amigos a integrarse en movimientos que busquen el bienestar colectivo, que sean más bien narcisistas, inclinados al egoísmo, desencantados, apáticos e indiferentes a todo lo que no sean sus muy particulares intereses?

Inconsecuentes terráqueos: algunos de nosotros estamos entre ustedes con la misión de observarlos. ¿Para qué? Eso únicamente nuestros superiores lo saben. Nosotros cumplimos con lo que nos mandan.

Están advertidos; téngalo en cuenta y no lo olviden.

Un peregrino de las estrellas.

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