Las pesadillas de la orfandad

sábado, 7 de agosto de 2010

CIUDAD JUÁREZ, CHIH.- En la clase, con sus crayolas, Octavio se dibuja junto a su papá. Él también, chiquito como es, se incluye en el dibujo; no puede estar separado de su ídolo. Traza a su lado a un tercer personaje: es un mono con una pistola que apunta hacia su papá, quien está tirado en el piso, coloreado con rojo. Y enseguida Octavio llorando su muerte, como el día que presenció su “ejecución”.

Mientras juega con su collar rosa, Natalia comparte en voz alta que va a salir de vacaciones a la playa con su mamá, su hermano y sus abuelitos, y con la sinceridad que se tiene a los cuatro años le dice a la maestra: “¿Si te dije que mi papá está muerto y que lo extraño?”

Jorge cuenta al grupo que quiere ser Supermán, pero un superhéroe con pistola para matar a “los señores” que le arrebataron a su papi.

El pequeño Fredy, de tres años, no habla mucho en clase pero un día de estos, antes de ir, le dijo a su mamá que papi había bajado del cielo a visitarlo, le pidió que se portara bien en su sueño y que se dio cuenta que traía “un coco” en la cabeza, en el mismo lugar donde le dieron el balazo mortal.

E invariablemente, alguna de estas confesiones, alguno de estos dibujos, alguna de estas fantasías, estrujan el alma del resto del grupo y provocan el llanto colectivo de estos niños en duelo que asisten a las terapias que algunas organizaciones juarenses han organizado para sanarles el corazón.

No son pocos. En esta ciudad son 10 mil los infantes cuyos papás han sido asesinados durante la guerra contra el narcotráfico. Es un club al que cada día se suman nuevos pequeños integrantes, porque un promedio de nueve personas son víctimas de homicidios cada día.

 

Este es un adelanto del número 1762 de Proceso, en circulación.