"Caterina Da Vinci. El Origen", de Erma Cárdenas

lunes, 9 de agosto de 2010

MÉXICO, DF, 4 de agosto (apro).- “Una joven aldeana ha dado a luz a un bastardo, predestinado a convertirse en el artista más grande de todos los tiempos”, señalan los editores de Martínez Roca (Grupo Planeta) al presentar de esta manera una “ágil y entrañable” novela histórica, Caterina da Vinci. El origen, donde Erma Cárdenas (nacida en Washington, DC) “devela la infancia de Leonardo, el juicio por sodomía, el fulgor de la Florencia de los Médicis, el Milán de los Sforza, los talleres de los grandes artistas, el esplendor del Renacimiento”.

También se publicita así: “La extraordinaria mujer detrás del gran genio del Renacimiento” y “Caterina y Leonardo recorren un largo camino rodeados por los prejuicios de la época. Sin embargo, ella permanecerá fiel y él acabará por deslumbrarla”.

Cárdenas ha incursionado, se nos informa escuetamente, en diversos géneros y ha publicado El canto de la serpiente, Entes dos espejos, La otra verdad, En blanco y negro (Premio Nacional de Novela José Rubén Romero 2006) y Como yo te he querido (Premio Internacional DEMAC 2008).

Los editores no especifican en ningún momento qué tan histórica es esta novela. Lo cierto es que se suma al “boom” Da Vinci que se voló la barda con El Código Da Vinci. En los últimos años las temáticas de grupos secretos de la Edad Media, símbolos ocultos en obras emblemáticas de Leonardo como La Última Cena, y la búsqueda de la Piedra Filosofal, han dado salida a una cantidad de obras de corte mentiroso que explotan el escepticismo de nuestro tiempo.

Nada como leer la biografía de Dimitri Merejkovski.

Pero dejemos que la escritora comience su novela, a ver si convence al lector de adquirir su libro:

“Durante siglos el arado había abierto en las entrañas de la tierra, penetrándola, desmenuzándola, hasta que, oscura y fértil, se volvió apta para la agricultura. El río, cercado por olivares cuyas ramas se movían con el viento, bordeaba un pueblo, Anchiano. Diez o doce casuchas se apiñaban junto a una vereda, como si su cercanía las protegiera del peligro. En los campos, las espigas despuntaban; las higueras reverdecían.

Caterina salió de una de aquellas chozas. Sus muros mostraban cuarteaduras y el techo tejas rotas. No obstante esa pobreza, por una ventanilla se podía entrever un jarrón lleno de flores. La moza cargaba un cesto que se balanceaba suavemente, al compás de sus pasos. Cuando llegó a la arboleda se detuvo y, alzando la vista... las hojas, al moverse al viento, reflejan la luz, por eso brillan.(1) Aspiró la fragancia del roble; resalta contra el olor a laurel; y, más aún, el perfume dulce del castaño. Tan distraída estaba, captando aromas y paisaje, que tropezó con una raíz. Asustada, levantó el paño para revisar el contenido de la canasta. Gracias al Cielo, ningún huevo se rompió.

Desde una pequeña colina, Vinci deslumbró sus ojos: las torres gemelas del puente levadizo simbolizaban el poderío terrestre; la iglesia, la mano de Dios sobre la Toscana. Fuera de las murallas, se alzaba el barrio medieval. Sus primeros moradores debieron sentir un miedo terrible porque sus hogares estaban a merced del enemigo, pero las épocas cambiaron y la guerra también. A principios del siglo XV, Florencia recibía la carga del ataque y, al firmar un tratado, su suerte incluía todas las posesiones de sus duques.

Cetrina bajó la vereda sin apresurarse. Saludó al herrero, Giusto di Pietro, quien se le quedó mirando con un deseo apenas disimulado. La chica ni siquiera apresuró el paso: estaba acostumbrada a la admiración de sus vecinos. Luego hizo una reverencia a Bartolomeo di Pagneca, el párroco. La sotana, ondulando con la brisa, le recordó sus obligaciones: debo confesarme. El sacerdote preguntaría: “Pecaste? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo?” Y el rubor cubriría sus mejillas, delatándola. Ante su silencio, aquel juez terrible tomaría la palabra: “Te regodeas de tu belleza, aunque constituya una trampa. ¡La peor! Si los hombres vieran bajo la piel, tu alma les causaría asco porque intentas seducir por medio de los sentidos. Al menos, esconde tu cabello bajo un espeso velo”. Ella asentiría, aun sabiendo que jamás acataré esa orden. Y las acusaciones proseguirían, implacables. “Varias devotas te acusan: metes la nariz en todas partes. Tu curiosidad, muchacha, conduce al infierno. Te asemejas a Eva, cuya soberbia la llevó a indagar sobre el bien y el mal. Hoy la humanidad entera padece las nefastas consecuencias de ese fisgoneo.” Tras un bufido, la exhortaría: “¡Cree a ciegas en la Santa Madre Iglesia! Sólo así te salvarás.”

Sin embargo, todavía no estaba hincada ante el sacerdote. Quizá logre posponer... por unos días, añadió para disculparse, mi confesión. La mañana tibia, clara, despejó tales pensamientos. Además, había llegado a su destino: la puerta entreabierta de la casona de los Da Vinci invitaba a pasar.

Tantas veces vio el león alado sobre el pórtico, que ya no le causaba asombro ese imponente escudo de piedra. Atravesó el patio y entró en la cocina. Cerca del fogón, la quietud parecía materializarse. Bajo aquel sosiego, que inmovilizaba tiempo y espacio, los rayos solares se estrellaban contra el suelo. La moza trató de calcular cuánto podía tardarse. Las campanas aún no llaman al Angelus. Por un momento contempló los haces luminosos. Después colocó la canasta sobre la mesa y se distrajo: unos huevos tienen la cáscara blanca; otros, rojiza.

Domenica, la cocinera, ni siquiera la saludó. Tras echar un vistazo a la mercancía, dijo lo de siempre:

--El ama le enviará el pago a tu madre.

--Nos falta harina --estaba consciente de que la patrona perdía con el truque; pero Sea Lucia jamás nos ha negado su ayuda.

El pollo a medio desplumar llamó su atención: pellejos, plumas, entrañas, opatas. Contuvo una arcada. Nunca se acostumbraría a la matanza de animales domésticos. Considero una bendición que rara vez haya carne en nuestro hogar. Si los grandes señores relacionaran los manjares servidos en platones dorados con los despojos que tenía ante la vista, seguramente se alimentarían, como ella, de hortalizas. Entonces, ¿sabes por qué los cascarones de diferentes colores?

--No --refunfuñó la cocinera.

Caterina era famosa por sus preguntas absurdas. Algunas personas hasta la juzgaban idiota. Sólo su hermosura la salvaba del repudio. Tenía un perfil de Madonna. Rostro ovalado, sonrisa tenue, casi displicente, y aquel cabello, de un oro semejante al durazno, que caía en rizos sobre su espalda, hasta las corvas. Mas, si tanta belleza atraía, también presagiaba tribulaciones. Como afirmaba don Bartolomeo, era tentación, abismo, podredumbre, raíz del mal, cuna de vicios.

--¿Minnestra?(2) --indagó la criada, señalando la cazuela--. Sírvete.

--Grazie --tras llenar un tazo, estrujó las hierbas que guardaba en su bolsillo y las echó al suelo. Mezcladas a nabos, zanahorias y col, producían un olor delicioso. Domenica aún no agrega los trozos de res que aderezarán esta sopa. ¿Lo hace para complacerme? Volvió a distraerse. ¿Por qué el vapor sube al cielo? Iba a formular esa interrogante y se contuvo. En ocasiones practicaba la prudencia”.

 

 (1) El pensamiento de cada personaje está en cursivas; las palabras extranjeras, en letra redonda.

(2) Todas las palabras en italiano respetan la ortografía del siglo XV.

Comentarios

Otras Noticias