¿Ignorancia o mala uva?

viernes, 10 de septiembre de 2010

MÉXICO, D.F., 8 de septiembre (apro).- Reverendo padre Hugo Valdemar: con dolor e indignación que hacen merecer mis huesos en la tumba donde descanso, por cierto con todos los honores, me entero que ha tenido la osadía de insultarme, de difamarme.

No sé si lo habrá hecho por ignorancia, ofuscado por la pasión o por mala fe. Si se debiera a lo primero, tengo a bien informarle que por décadas, importantísimas, decisivas en la historia de este planeta, fui el más denodado, es decir, el más atrevido, esforzado, valiente y despiadado enemigo del comunismo materialista, ateo y anticristiano.

No lo digo yo. Que así fue lo muestran y confirman copiosos documentos, en los que se confirman, entre otros hechos, que desde los primeros días del Glorioso Alzamiento que me tocó el honor de dirigir, la inmensa mayoría de la Iglesia católica española –hubo excepciones, por supuesto, pues nunca faltan prietitos en el arroz, como dicen ustedes, los mejicanos– apoyó e incluso colaboró con el mismo. ¿Qué digo? Desde antes de que los levantáramos contra el mal gobierno de la República, el clero ya había tomado partido, ya había hecho causa común con nosotros.

La santa Iglesia católica, apostólica y romana, abierta y audazmente, mostró su beligerancia. Prueba de ello fue que convirtió los púlpitos en tribunas electorales, las sacristías en  centros de acción política y los sacerdotes fueron reclutadores de votos, a favor, por supuesto, de nuestro ideal común: el cristianismo católico.

Al respecto, bueno será que sepa que al poco tiempo de proclamada la República, el cardenal Segura tuvo el valor de publicar sus cartas pastorales contra la misma. Conforme a este espíritu, de protesta beligerante, común a nuestro clero patrio, no le extrañará saber que, desde los primeros momentos de nuestro Glorioso Alzamiento, la Iglesia católica española lo considerara una cruzada anticomunista y, de acuerdo con ese sentir, numerosos sacerdotes se integraron a nuestras filas con todo y uniforme y pistola al cinto, prestos y dispuestos a auxiliar y reconfortar material y espiritualmente a nuestros valerosos soldados.

Igualmente hago de su conocimiento que de acuerdo con ese sentir, un año después de nuestro Alzamiento, el 1 de julio de 1937, para ser más exacto, ve la luz la Carta colectiva de todos los obispos españoles, que declara y da a conocer públicamente que sí, que la guerra civil española es una cruzada de la santa madre Iglesia contra el comunismo materialista y anticristiano.

Aclaro: ya desde antes de esa fecha, hay documentos que informan que el clero católico internacional, en su inmensa mayoría compensando por el Papa, aprobó, sin mayores reparos, nuestro Glorioso Alzamiento contra la República, y no sólo eso, sino que se dedicó, con diligencia y empelo y por todos los medios a su alcance, que no eran pocos, a orientar a la opinión pública internacional contra los rojos y su gobierno.

Un ejemplo: el cardenal Hayes, de Estados Unidos, el 11 de marzo de 1937 declaró en el New York Post que el triunfo de las izquierdas en España sería una amenaza para la civilización, por supuesto, la Occidental y cristiana.

A la eliminación de esa amenaza mundial para la civilización, dediqué y arriesgué mi carrera, mi honor y mi vida al encabezar y dirigir la rebelión nacionalista española. Afortunadamente no perdí ni mi carrera ni mi honor ni mi vida, ya que gracias en gran medida a mi tenaz decisión, el marxismo internacional materialista, ateo y anticristiano, sufrió su primera derrota mundial.

En beneficio de mis personales méritos (mal está que lo manifieste, lo sé, pero me fuerza a ello el deber de informarle) hay que tener en cuenta que no fui desagradecido, que supe corresponder a la buena voluntad que tuvo la Iglesia hacia mi persona. En mi largo gobierno, de casi 40 años, hice a la misma y a sus servidores concesiones sin precedentes, tanto en el terreno de lo jurídico como en el económico, educativo y personal.

Estas realidades, con otras que sería largo exponer aquí, explican y justifican con creces el que se me considerara “Caudillo de España por la Gracia de Dios”, primero, y años después, incluso por gobiernos que por años me habían hecho de menos y combatido, se me reconociera como “Centinela de Occidente”.

Reverendo padre Hugo Valdemar: ese es el hombre que su ignorancia de la historia ha llevado a difamarlo, exponerlo al ludibrio público. ¿O lo ha hecho por mala uva, como se dice en mi tierra, por mala fe, para defender quién sabe que intereses?

De todos los modos tenga la seguridad de que, animado por el espíritu de caridad cristiana, común a los dos, le perdono de todo corazón con la esperanza de que la generosidad manifestada por mi parte, corresponda con la rectificación de lo que ha dicho de mí como prueba de arrepentimiento de su falta.

FRANCISCO FRANCO B.

Comentarios