La fiesta del fracaso

martes, 14 de septiembre de 2010

Destacados arquitectos señalan que el gobierno, en todos sus niveles, ha demostrado incapacidad para organizar las fiestas del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución. Comentan a Proceso que el fiasco del monumento Estela de Luz es la prueba palpable de que la irresponsabilidad e improvisación son el sello característico de quienes se encuentran al frente de las instituciones públicas. También confirma, asegura uno de los especialistas, que la cultura se encuentra en el último lugar de sus prioridades y por ello no son capaces de entender el valor simbólico de los monumentos.

MÉXICO, D.F., 14 de septiembre (Proceso).- Mientras que la Columna de la Independencia se yergue en Paseo de la Reforma como símbolo indiscutible de esa gesta –pero también de la época porfiriana en la que se construyó para celebrar el Primer Centenario del movimiento–, la Estela de Luz concebida para simbolizar los festejos del Bicentenario ni siquiera comenzó a edificarse.

A 100 años de la Revolución que derrocó al gobierno de Porfirio Díaz, la figura del dictador destaca como la de un visionario que pensó en la construcción de un Estado de manera integral y que supo aprovechar para ello el valor de la arquitectura.

En lo anterior coinciden Fernando González Gortázar, Víctor Jiménez y Sergio Zaldívar Guerra. Arquitectos los tres, comparan el proyecto arquitectónico concebido por Díaz para el primer Centenario con los proyectos frustrados del gobierno de Felipe Calderón, que se caracterizaron, dicen, por el centralismo y el desinterés, por la falta de previsión y el caos.

Muchas de las obras realizadas por el gobierno de Díaz aún permanecen. Los especialistas las enumeran: el Palacio de Bellas Artes; el Edificio de Correos; la antigua sede de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (ocupada hoy por el Museo Nacional de Arte); el Hemiciclo a Juárez, y, desde luego, la Columna de la Independencia, diseñada por el arquitecto Antonio Rivas Mercado y cuya primera piedra se colocó en febrero de 1902.

A comienzos de 2009, la Comisión Nacional Organizadora de las Conmemoraciones de 2010, dirigida por José Manuel Villalpando, convocó a un certamen nacional para construir el llamado “Arco del Bicentenario” en Paseo de la Reforma y Lieja. A la postre, el proyecto ganador no fue un arco sino una Estela de Luz diseñada por un equipo de arquitectos encabezados por César Pérez Becerril y que debía inaugurarse el jueves 16. Se veía que las obras no avanzaban, pero fue hasta hace unas semanas cuando el secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, anunció oficialmente que se concluirá hasta finales de 2011.

El funcionario argumentó que para garantizar la seguridad de la obra, de “inédita complejidad constructiva”, se hizo un estudio que mostró la necesidad de aumentar la profundidad de la cimentación, el espesor de las paredes y su resistencia a las fuertes ráfagas de viento.

Coordinador del volumen La arquitectura mexicana del siglo XX, González Gortázar advierte que la obra, que debió ser “tan entrañable para los mexicanos, será no sólo un monumento a la improvisación, la irresponsabilidad y el desgano, sino también, y eso me irrita sobremanera, al centralismo”.

Al evocar obras como la Columna de la Independencia, el Penal de Lecumberri y el Manicomio de la Castañeda, recuerda que Díaz construyó cerca de 2 mil edificios para igual número de alcaldías por todo el país (Guadalajara, Zacatecas, Salamanca...), además de pequeños monumentos “obviamente no tan majestuosos como la Columna de la Independencia, pero igual de dignos e igual de nobles”.

El también urbanista y escultor menciona que en el programa presentado por el anterior coordinador de las festividades, Rafael Tovar y de Teresa, se contemplaba la realización de 200 plazas en distintas poblaciones. Ahora, lamenta, sólo falta añadir las iniciales DF a las celebraciones de la Independencia y de la Revolución Mexicana.

“Parecería imposible –plantea– superar el centralismo porfiriano, pero por lo que se ve el calderonista es peor e infinitamente más mediocre. Por su parte, porque hay culpas repartidas, los gobiernos estatales parecen ajenos a la ocasión. Nuevo León, por ejemplo, convocó a un concurso, creo serio, para hacer una plaza y su monumento, y al parecer se va a quedar en el papel.”

Le viene a la mente el proyecto de remodelación de la Capilla y la Plaza de Tlaxcoaque en el Centro Histórico, para el cual el gobierno de la Ciudad de México convocó también a un concurso “y al menos tuvieron la decencia de anunciar su cancelación, pero me parece igualmente inaceptable”.

Comenta que se enteró de proyectos en Coahuila, Jalisco y Chiapas “que terminaron en nada”. Y aunque aclara que su información puede tener lagunas, asegura que el catálogo del Programa de Actividades de las Conmemoraciones de 2010, editado por el gobierno federal, no destaca ninguna obra pública emblemática en el interior del país. Sólo dedica seis páginas al Parque Bicentenario, la Plaza del Centenario y la Estela de Luz, los tres en el Distrito Federal.

–¿Esto demuestra que el gobierno federal fue incapaz de organizar una celebración nacional?

–Con una claridad meridiana. Es la prueba de que la cultura está en el último lugar de sus prioridades; confirma que la Revolución sigue resultándole abominable y bastante lejana, pero también revela que estas carencias y la mediocridad son compartidas, si no por todos, por la gran mayoría de los gobiernos estatales.

Cuando en estas páginas se presentó el proyecto de Tlaxcoaque, González opinó que los dólmenes y menhires para celebrar un hecho son una de las tradiciones culturales más arraigadas y hermosas de todas las épocas en todo el planeta (Proceso 1661). Hoy dice con pesar:

“Los gobiernos estatales y el federal no han entendido el valor del símbolo, del símbolo visual urbano en este caso. Y no me refiero a símbolos obvios: el águila devorando la serpiente, por ejemplo, sino a la creación de insignias que promuevan nuestra capacidad y nuestra necesidad de significar.

“Las Torres de Ciudad Satélite son el ejemplo perfecto: Somos nosotros, cada uno de los espectadores, quienes le otorgamos el símbolo de nosotros mismos, de nuestra comunidad, nuestra cultura y nuestra época. Un gobierno que no entiende qué es el símbolo, no comprende el sentido trascendente de un momento histórico y de una sociedad. Eso es un monumento.”

Participante del certamen para el Arco, relata que los concursantes se pusieron de acuerdo con los organizadores para no hacer obligatoriamente un arco sino un diseño libre. Le agradó saber entonces que el proyecto ganador era una estela iluminada por dentro, y así lo dijo en entrevista. Sin embargo, plantea que cuando conoció la propuesta más a fondo vio similitudes “que van más allá de lo correcto” con el Faro de comercio realizado por Luis Barragán y Raúl Ferrera en Monterrey. “Y no critico la influencia, sino la influencia desmesurada”, precisa.

Considera imperdonable que no se haya respetado una de las bases centrales de la convocatoria: terminar la obra a tiempo para el festejo del Bicentenario-Centenario.

“Es de una dejadez y una irresponsabilidad, más allá de lo permisible. En este momento deberían estarse concluyendo decenas de monumentos en todo el país, desarrollando decenas de hechos culturales, estar inmersos en una dinámica, si no de fe en el país, por lo menos de esperanza. Y el Bicentenario-Centenario –lo dice así porque ambas fechas le parecen de la misma relevancia, pese a que se esté destacando más al Bicentenario– encuentra al país con el ánimo por debajo del suelo y con una falta de perspectivas, realmente para llorar”, señala.

Aunque se han presentado otros proyectos, como los del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), de gobiernos estatales o municipales, como parques u hospitales, a los cuales se da el nombre de Bicentenario, González puntualiza que el país sigue su propia dinámica y se hacen obras, pero no tienen intención emblemática:

“Es como ponerle Bicentenario a un coche (lo hizo Volkswagen); no se trata de una cuestión onomástica, ¡no! El símbolo del que carecemos y tanta falta nos hace es totalmente distinto. Ponerle Bicentenario a una carretera, a un hospital o algo por el estilo, no es más que una manera francamente torpe de llenar el hueco, pero éste sigue completito.”

Asegura que, cuando Cuauhtémoc Cárdenas y luego Rafael Tovar y de Teresa estuvieron al frente de la comisión de los festejos, vio buenos augurios, pero todo resultó una pifia:

“El gobierno está simplemente tapando los agujeros de la peor manera. Tengo casi 68 años y en el trayecto de mi vida el país nunca había estado peor, no hay duda. Se nota en todos los campos, incluido por desgracia del que venimos hablando. Tendremos que esperar otros 100 años para ver si todavía existe México, si hay la vergüenza de parte de autoridades federales y locales, y si hay un mejor estado de ánimo de parte de la nación. Ni siquiera tendremos que esperar sentados, como suele decirse, sino acostados en nuestros sepulcros.”

Idea de Estado

 

En el Centenario porfiriano “las obras públicas ingenieriles, arquitectónicas y escultóricas ocuparon un sitio principal”, consigna la historiadora Alicia Azuela de la Cueva en el libro Asedios a los centenarios (1910 y 1921), coordinado por Virginia Guedea. Y enumera entre las obras realizadas la Estación Sismológica Central en Tacubaya y dos sismológicos más en Oaxaca y Mazatlán; la Escuela Normal Primaria para Maestros, y el inconcluso Palacio Legislativo, convertido a la postre en el Monumento a la Revolución.

Las obras, afirma la historiadora, se asignaron principalmente a arquitectos mexicanos, pero también a extranjeros como Émile Bernard, Adamo Boari y Silvio Contri. El contexto contribuyó a la construcción de edificios privados como el Palacio de Hierro, el Palacio Boker y la joyería La Esmeralda.

Para Víctor Jiménez, exdirector de Arquitectura del Instituto Nacional de Bellas Artes y actual presidente de la Fundación Juan Rulfo, el contraste entre los proyectos del Centenario y los del Bicentenario “es enorme”. Por ambición, Díaz no paró.

Dice que en su afán de eliminar la historia de bronce y desmitificar a los héroes, la derecha ha querido reescribirla para “colarnos subrepticiamente a sus ancestros ideológicos como el virrey Calleja, Maximiliano, Miramón y Mejía, o el propio Díaz en su versión menos gloriosa”. Lo ve claro en el libro Historia de México, editado por el Fondo de Cultura Económica donde, a su juicio, el capítulo de Enrique Krauze “glorifica la guerra contra el narco como una gesta heroica equivalente a la Independencia y a la Revolución. Es el discurso que quieren filtrar, y que después le hagamos una estatua a Calderón, a caballo y con la espada en alto”, apunta.

En ese contexto inscribe la falta de un programa de obra pública, y que se haya dejado como “lo único edilicio de cierta importancia a la llamada Estela de Luz”, cuyo origen le parece “un poco turbio”, por haber convocado a la construcción de un arco y terminar con una “regla muy parecida a esas reglas de plástico que se usan en la escuela”.

Igualmente considera que esta obra es “un plagio bastante evidente” del Faro de comercio de Barragán y Ferrera, “que también tiene haces de luz láser arriba... lo cual ya es un mal punto de partida”. Y como remate, añade, Lujambio brinda su “extravagante” explicación:

“Desde cuándo –ironiza Jiménez– es novedad para los arquitectos que se deben hacer cálculos para una estructura. No se puede ganar un concurso o un contrato con unos bocetos dibujados en un par de hojas carta. Se deben entregar planos, que pasaron por un calculista, que fueron sometidos a un peritaje y tienen las licencias correspondientes. Eso no es nada excepcional.”

Cuenta que “como en el medio todo se sabe” y en los corrillos de arquitectos se comentan estos asuntos extraoficialmente, llegó a sus oídos que además del “inverosímil argumento” del titular de la SEP, la construcción se retrasó por un error en la cimentación. Explica: 

“La columna se erigiría en determinado punto –que él denomina A– de un triángulo formado por Paseo de la Reforma, la reja de Los Leones y la calle de Lieja, pues debajo estaba el terreno libre de cables y ductos de agua y electricidad. Esto permitiría excavar sin dificultad, pero se equivocaron e hicieron el agujero en otro punto y encontraron obstáculos que retrasarán aún más la obra.”

Añade que quiso saber más pero su informante entendió que era un tema políticamente inadecuado y prefirió guardar silencio. El punto, enfatiza, es que a la negligencia de no haber convocado con suficiente tiempo para inaugurar en la fecha debida, se sumó este posible error.

El especialista precisa que Díaz decidió hacer la Columna de la Independencia 10 años antes del Centenario. La edificación no estuvo exenta de problemas arquitectónicos: los cimientos no se colocaron adecuadamente y la obra se desplomó. Entonces demolieron todo y comenzaron de cero con una cimentación más fuerte, a cargo del ingeniero Gonzalo Garita, quien hizo también los cimientos del Palacio de Correos.

Insiste en que si el actual gobierno hubiera planeado la obra con antelación, la Estela de Luz estaría lista para inaugurarse el 16 de septiembre.

Y añade: “Porfirio Díaz tenía la experiencia de un país que no se había podido edificar en el siglo XIX por los conflictos de guerra. Fue el primer gobernante que construyó edificios institucionales en México”.

Detalla que tras consumarse la Independencia, la administración pública completa se alojó en el Palacio Nacional; estaban ahí todos los poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Era el único edificio de poder civil existente en ese momento, pues los españoles no se habían preocupado por tener una administración compleja dado que el país se basaba en una economía de extracción. Precisa que cuando ya no cupieron en un solo sitio, los distintos ministerios comenzaron a ocupar inmuebles coloniales y antiguos conventos, sobre todo después de la desamortización de los bienes del clero.

Testigo insobornable

 

Con pesadumbre, el arquitecto Sergio Zaldívar Guerra, quien dirigió el rescate de la Catedral Metropolitana y del Palacio Nacional, resume que la falta de un programa de construcciones emblemáticas para los festejos y la postergación de la Estela de Luz “es una exhibición muy dolorosa del desorden y la incapacidad administrativa del gobierno actual. No sé cómo en el Instituto Nacional de Antropología e Historia no renuncian en masa, porque debería ser el conductor de los aspectos teóricos de las celebraciones, y sin embargo no lo toman en cuenta, y no saben qué decir ni qué hacer”.

Considera que quienes han estado al frente de la organización de los festejos –Cuauhtémoc Cárdenas, Sergio Vela y Rafael Tovar y de Teresa, entre otros– no han realizado una buena labor.

“Ha sido un ferrocarril de desórdenes, un carro tras otro cada día más inconcebible y más absurdo. Obviamente no vamos a festejar, la gente no tiene idea de qué festeja y cómo festeja en este caos; en este país que da pena hasta invitar para que nos vengan a ver amigos de otra parte, porque dicen: ‘Oye, en tu país pasa esto, aquello y lo otro’.”

–¿Era importante contar con un monumento emblemático?

–Sí. Octavio Paz decía que la arquitectura es el testigo insobornable de la historia. Y los monumentos de Porfirio son testigos de unas condiciones del positivismo y del dominio del país en las manos absolutas de un régimen irreflexivo que tuvo su mérito, como lo tienen las obras de las religiones en todo el mundo: las pirámides de Egipto o el retablo de la Catedral Metropolitana.

La historia de la arquitectura, añade Zaldívar, es eso: la historia de las condiciones socioculturales que la produjeron, en muchas ocasiones a costa de la humanidad, de la vida de obreros, de explotación y extorsión por parte del poder. Porque generalmente es patrocinada por el poder, las religiones, las iglesias y los poderes administrativos. Y ocasionalmente en armonía entre éstos y la sociedad. En el caso de las obras de Díaz “hayan beneficiado a quienes los hicieran” –se sabe que muchas fueron realizadas por su hijo Porfirio Díaz Ortega–, permanecen por su creatividad y se han ido incorporando al acervo patrimonial.

–Si la arquitectura es testigo insobornable de la historia, ¿la Estela de Luz dará cuenta del caos del que usted habla?

–Es muy alto el riego de que esto ocurra. Si resulta una chifladura va a ser el testigo del caos que estamos viviendo, del triunfo de la banalización.

Para concluir, anticipa lo que diría la placa inaugural:

“Se construyó para celebrar los 200 años de la Independencia y fue abierto al público dos años después por una pequeña inconveniencia administrativa.”