Evocación del mural improvisado y colectivo de 1968

jueves, 23 de septiembre de 2010

MÉXICO, D.F., 23 de septiembre (Proceso).- El pasado lunes 6 de septiembre el Canal 22 de la televisión dedicó una hora a evocar el mural que en septiembre de 1968 realizó un grupo de pintores que así demostraron su solidaridad con el movimiento estudiantil.
El mural improvisado y colectivo fue pintado durante varios domingos durante los festivales populares que organizaba el Comité de Huelga en la explanada de la UNAM, sobre las láminas acanaladas de cinc que cubrían las ruinas del monumento a Miguel Alemán.
Uno de los detalles más sorprendentes de esa transmisión fueron los tomados del documental a color que durante la ejecución de la pintura filmó el cineasta experimental Raúl Kampfer, el cual no ha sido divulgado como se merece esa pieza fílmica con enfoques notables, y único documento que registra con fidelidad los colores utilizados entonces.
Azarosa fue la existencia de ese momento. El 18 de julio de 1952 se colocaba en Ciudad Universitaria, entre los edificios de la Rectoría y del Instituto de Ciencias, la primera piedra de lo que sería un cuerpo escultórico de 14 metros de altura. El escultor Ignacio Asúnsolo había terminado el original en barro para ser vaciado en bronce. El peso total sería de 114 toneladas. Presidía el comité promonumento Alberto Trueba Urbina. El 18 de noviembre de aquel año fue inaugurada la estatua que al fin se resolvió en talla de piedra y no en bronce. Asistieron al acto el secretario del Trabajo, Manuel Ramírez Vázquez; el secretario de Relaciones Exteriores, Manuel Tello; el rector, Luis Garrido; el presidente del Patronato de Ciudad Universitaria, Carlos Novoa, y el secretario general de la UNAM, Raúl Carrancá y Trujillo. El mismo día Asúnsolo debió informar al Senado de la República sobre las modificaciones que haría a la estatua del presidente Alemán para eliminar cualquier semejanza que pudiera tener con el líder soviético José Stalin, pues varios senadores habían protestado por el parecido.*
En 1960 el monumento sufrió graves daños en un atentado con dinamita. Para restaurarlo Asúnsolo pidió noventa bloques de piedra del Popocatépetl. Los trabajos quedaron concluidos en abril del siguiente año, pues se reforzó la base con un colado ciclópeo hasta una altura de tres metros para impedir la introducción de barretas. La cabeza fue retrabajada y se le quitó el bigote y se intensificaron los efectos de claroscuro en el pelo. En 1952 el original había costado cuarenta mil pesos. Para la restauración se gastaron sesenta mil. En 1965, tres años después de la muerte de Asúnsolo, el gran bloque escultórico recibió una carga explosiva lo suficientemente fuerte como para dañarlo de manera definitiva.
Sobre las láminas de cinc que lo cubrieron, pintaron: Guillermo Meza, Lilia Carrillo, Benito Messeguer, José Luis Cuevas, Fanny Rabel, Manuel Felguérez, Pedro Preux, Jorge Manuel, Roberto Donis, Mario Orozco Rivera, Miguel Hernández Urbán, Electa Arenal, Alfredo Cardona Chacón, Gustavo Arias Murueta, Ricardo Rocha, Carlos Olachea, José Muñoz Medina, Francisco Icaza, Adolfo Mexiac y Manuel Pérez Coronado, entre otros. En la pintura predominaban los trazos y colores de fuerte expresión, y aunque los ejecutantes eran casi todos pintores con larga experiencia, no lograron integrar una unidad. El conjunto daba la impresión de un collage de cuadros, algunos de los cuales no hacían referencia alguna a los acontecimientos cuya gravedad iba en ascenso cada día, aunque otros si rescataron los sucesos de manera muy elocuente. Arias Murueta, por ejemplo, colgó una muñeca deshecha, de cuyo vientre destrozado saltaban cordones de colores; con ese pequeño objeto rendía homenaje a la joven que había fallecido por estallamiento de vísceras el 28 de agosto en la represión ocurrida en el Zócalo. Entre los pocos que supieron vencer la insólita dificultad de pintar en una superficie acanalada destacaron Fanny Rabel y Guillermo Meza, sus estilos personales resultaron reconocibles.
Si alguien desentonó en el grupo de pintores de la explanada de Ciudad Universitaria fue Francisco Icaza. Después de varias semanas de luchas políticas fundamentales para el desarrollo del país, manifestaciones impresionantes, demandas concretas, de una verdadera guerra de manifiestos y desplegados en contra del delito de disolución social, Icaza subió al andamio y sólo se le ocurrió pintar una caricatura de Siqueiros con un letrero que decía “Presidente de la Zona Rosa”. ¿Cómo podía explicarse aquello? ¿Acaso Siqueiros estaba en contra del movimiento estudiantil? ¿Había puesto reparos a los seis puntos del pliego petitorio de la Coalición de Maestros y del Comité de Huelga? ¿Se había negado a tender su mano y su prestigio a favor de esa causa que desde el primer momento había contado con su más serio y profundo apoyo? Cuando todo el país vibraba por debates esenciales, por protestas concretas, por confrontaciones ideológicas, nada podía explicar un exabrupto tan mezquino. Al dar curso a un encono personal, Icaza, de hecho, había usurpado la tribuna de la explanada universitaria, levantada para que cada quien, con su manera habitual de representación, expresara algo relacionado­ con los acontecimientos. Otro de los pintores había escrito: “¡Despierta pueblo!”, y quizás Icaza pensó que el pueblo despertaría cuando comprendiera que Siqueiros no era uno de los artistas más sobresalientes de México, sino apenas llegaba a “Presidente de la Zona Rosa”.
En el Salón de la Plástica Mexicana (entonces ubicado en Havre 7) se presentó durante agosto y parte de septiembre de 1968 la exposición colectiva Obra 68. En ella participaron, cada uno con una pieza, los siguientes pintores: Gilberto Aceves Navarro, Ernesto Alcántara, Raúl Anguiano, Sofía Bassi, Arnold Belkin, Angelina Beloff, Roberto Berdecio, Ángel Boliver, Pilar Castañeda, Celia Calderón, Susana Campos, Federico Cantú, Enrique Echeverría, Arturo Estrada, Alfredo Falfán, Byron Gálvez, Vicente Gandía, Arturo García Bustos, Silvia H. González, Xavier Guerrero, José Hernández Delgadillo, Miguel Hernández Urbán, Francisco Icaza, Rina Lazo, Julia López, Amador Lugo, Maka, María Marín, Mary Martín, Eliana Mensassé, Benito Messeguer, Guillermo Meza, Francisco Mora, Nicolás Moreno, Nefero, Luis Nishizawa, Isidoro Ocampo, Froylán Ojeda, Carlos Olachea, Mario Orozco Rivera, Trinidad Osorio, Xavier de Oteiza, Feliciano Peña, Ángel Pichardo, Fanny Rabel, Antonio Ramírez, Mario Reyes, Antonio Rodríguez de la Serna, Adriano Silva, Helena Tolmacz, María Teresa Toral, Cordelia Urueta, Luis Vizuet, Feliciano Béjar, Fidencio Castillo, Rosa Castillo, Elizabeth Catlett, Germán Cueto, Tomás Chávez Morado, María Elena Delgado, Alberto de la Vega, Augusto Escobedo, Dina Frumin, Gastón González y Francisco Marín.
Ninguna escultura, ningún cuadro en esa muestra denotaba conflicto social alguno, aunque se había inaugurado poco después de las violentas y trágicas represiones de los estudiantes de los días 26 de julio y siguientes, cuando ya Siqueiros, por ejemplo, había pintado a un estudiante consternado al que picotea feroz e hiriente un loro-granadero-gorila. Pero por aquello de que nunca es tarde, lo que no habían expresado plásticamente, algunos decidieron sustituirlo por palabras. Icaza había presentado una cuadrícula de sentido constructivista y sobre ella escribió: “Apoyamos a los estudiantes”, y junto a su firma aparecieron la de Aceves Navarro, Hernández Urbán, Muñoz Medina, Lorenzo Guerrero, Carlos Olachea, Artemio Sepúlveda, Susana Campos, Roberto Berdecio, Fanny Rabel y otras firmas que luego fueron tachadas. Otros artistas decidieron voltear sus obras y convertir al revés en cartel de protesta. Algunos lo hicieron el jueves 5 y otros el sábado 7 de septiembre. Hernández Urbán escribió: “Agresión NO!”. Orozoco Rivera puso: “Estoy en contra de la agresión a la inteligencia, por eso volteo mi cuadro. ¡Vivan los estudiantes revolucionarios!”. Fanny Rabel tomó la frase del presidente Gustavo Díaz Ordaz: “La cultura es el fruto magnífico de la libertad”, y agregó: “Apoyamos las demandas justas de los estudiantes”. La protesta de Aceves Navarro decía “Donde hay represión no me puedo expresar. Cuando hay agresión no me puedo callar”. Alfredo Falfán puso: “¡Protesto por las agresiones del gobierno! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los estudiantes!”. Byron Gálvez reclamó: “¡Respeto a la libertad de expresión!”. Hernández Delgadillo dijo: “Mi solidaridad con las mejores actitudes revolucionarias. ¡Viva la libertad de expresión, de opinión, de reunión!”. Las frases de Carlos Olachea fueron: ¡Viva la lucha por la democracia! ¡Viva México libre! ¡Cultura sí!”. Antonio Ramírez escribió en su letrero: “Mi solidaridad al movimiento estudiantil!”.
Actitudes generosas las de estos artistas, demostrativas de la muy amplia resonancia nacional de la lucha iniciada por los estudiantes y profesores de la UNAM y del Politécnico. Este acto de solidaridad colectiva cobraba especial importancia en un grupo de artistas que pocos años antes había seguido no sólo el pulso del medio artístico, sino también –y algunos de ellos lo solían hacer con bastante fuerza, agudeza y fantasía–, el del cuerpo social en su conjunto. Lo paradójico fue que volteando al derecho los cuadros de los protestantes y poniéndolos uno junto al otro, cualquier espectador inadvertido­ pudo haber dicho que eran consecuencia de situaciones, si no deleitosas, por lo menos aceptables, sin las profundas insatisfacciones que salieron a la luz por la fractura que abrió el movimiento estudiantil. l

Nota: Consúltese: Ignacio Asúnsolo. Escultor (1890-1965). Exposición antológica. Museo Nacional de Arte, 1985. Raquel Tibol: Confrontaciones, crónicas y recuento. Ediciones Sámara, 1992.