Reedita la UNAM la novela "Los cuarenta y uno"

jueves, 30 de septiembre de 2010

MÉXICO, D.F., 30 de septiembre (apro).- El famoso episodio conocido como el “Baile de los 41”, que escribió Eduardo A. Castrejón, vuelve a ser tema de conversación debido a que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) reeditó la obra como parte de sus actividades por el centenario de su fundación.

         Eduardo A. Castrejón, autor de una novela sobre los hechos que acaecieron en 1906, presumiblemente es el seudónimo del general porfirista Mariano Ruiz Montañés (1846-1932).

A diferencia de aquella época, en la cual el suceso provocó escándalo y fue objeto de escarnio en la prensa, la actual edición incluye dos textos en los cuales se reflexiona acerca de “la demorada conquista de espacios, garantías y derechos de las minorías civiles en la capital mexicana” (habrá que decir, además, que en el resto del país no se han logrado). El primero es un estudio crítico de Robert McKee Irwin; el segundo, un prólogo de Carlos Monsiváis.

         Irwin, coordinador de la reedición, descubrió en sus indagaciones que Eduardo A. Castrejón fue el seudónimo de Ruiz Montañés, quien hizo una carrera militar y política, participó en la intervención francesa, y fue diputado y gobernador de Nayarit. Fue también autor de varios manuscritos, entre ellos, Leyenda histórica del territorio de Tepic y, remata del investigador, “se desconoce por qué se interesó tanto en el escándalo de los 41…”

         La redición fue realizada por la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, en su Serie Rayuela. Irwin relata:

         “La madrugada del 17 de noviembre de 1901, la policía de la Ciudad de México, al enterarse de una fiesta clandestina que se celebraba en la cuarta calle de la Paz, irrumpió en la casa en cuestión, sorprendiendo a unos 41 hombres, la mitad de ellos vestidos de mujer. Los llevaron a la delegación donde fueron acusados de ofender a las buenas costumbres. Eran principalmente hombres de familias ‘ilustradas’ y por eso varios de ellos se identificaron con nombres falsos.”

         Relata cómo se les castigó e intentó abrírseles un proceso legal, aunque al parecer no se les pudo acusar de un crimen específico. Y cita al periódico de la época El Hijo del Ahuizote:

         “La depravación de los ‘41’ no está calificada de delito en el Código; la falta a la moral que cometieron no fue pública y no hubiera llegado a las proporciones del escándalo sin la intervención de la política que la reveló haciéndola notoria.”

         Da cuenta con ello y otros datos de cómo se trató el asunto en la prensa de la época. Y consigna un detalle curioso: Los primeros reportes periodísticos ofrecían datos distintos, algunos hablaron de la presencia de 42 parejas, otros de 42 personas, finalmente se unificó la cifra en 42 personas, pero días después ya eran 41:

         “El rumor que ha perdurado es que el cuadragésimo segundo hombre fue Ignacio de la Torre, el yerno del presidente Porfirio Díaz, cuya presencia en el baile tuvo que borrarse…”

         Se refiere también a la falta de objetividad con la cual la prensa trató el asunto, al darle un enfoque sensacionalista. Y desarrolla otro aspecto en su ensayo: Cómo durante el siglo XIX el imaginario social tuvo prácticamente borrada la idea de la homosexualidad, “el amor que no se atreve a decir su nombre”, dice en una frase que recuerda al escritor irlandés Óscar Wilde, procesado en Inglaterra por sodomía. 

         Hacia 1901 la situación es ya distinta, pues obras literarias con temáticas sexuales “escandalosas” circulaban en México y aquí mismo distintos autores trataron los temas. Precisa Irwin:

         “…el proceso de Óscar Wilde, comentado con reacción de espanto y disgusto en los periódicos mexicanos de 1895, inició el discurso que posibilitaría la explosión discursiva de 1901

         Monsiváis hace también en su texto un análisis que va desglosando cómo la homosexualidad fue saliendo a la luz. Y de los primeros años en que apenas se contaba con testimonios como los del escritor Salvador Novo, se pasa no sólo al reconocimiento de su existencia sino también al odio que genera y las reacciones represivas. Y considera que “con la palabra gay se introduce casi al mismo tiempo la defensa de los derechos humanos de los por ella representados.”

 

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