Las leyendas de Peza

martes, 18 de enero de 2011 · 01:00

MÉXICO, D.F., 18 de enero (Proceso).- Diciembre de 1971. Reunión en casa de Mariana Frenk para celebrar la aparición del Ómnibus de poesía mexicana. Su autor, Gabriel Zaid, llega con los primeros ejemplares. Uno de los asistentes toma el libro y dice:

–Voy a leerles un poema sin el nombre de su autor. Ustedes me dirán qué les parece–. Escoge “A las ruinas de Mitla” que comienza:

 

Maravillas de otra edad,

Prodigios de lo pasado,

Páginas que no ha mirado

La indolente humanidad.

¿Por qué vuestra majestad

Causa entusiasmo y pavor?

Porque de tanto esplendor

Y de tantas muertas galas

Están batiendo las alas

Los siglos en derredor.

 

Al terminar la lectura todos concuerdan en la excelencia del poema.

El que se los leyó dice: –Es de Juan de Dios Peza. Si hubiera pronunciado su nombre ustedes hubiesen dicho: “Qué cursi, qué vulgar, es malísimo”.

Los demás afirman que por desgracia así es. 

Prejuicios de un siglo

 

El prejuicio contra Peza ha durado ya más de un siglo. ¿Todo se basa en un artículo de Puga y Acal que enjuicia sólo dos poemas del autor? ¿Es posible este caso único en los anales de la literatura? Qué se propone: ¿la abolición de la crítica? No, más bien todo lo contrario. Ningún texto, ningún autor deben estar exentos. Todo debe someterse a examen. Sin embargo, un artículo es sólo una opinión más, en modo alguno un juicio final. Es nada más un comentario para ser sometido a una discusión semejante a la del libro que lo engendra. Por ejemplo, a todo lo largo de su indispensable falso diario La verdadera historia de la Revolución Mexicana, Alfonso Taracena se burla de un texto que considera un galimatías ridículo, grotesco, incomprensible. Y el objeto de su desprecio es nada menos que Muerte sin fin, la cumbre de la poesía mexicana y el más grande poema de la lengua española en el siglo XX.

Es imposible entender a Peza y a todos los poetas de su tiempo si no se toma en cuenta lo que Francisco Rico ha expresado con mayor claridad que nadie sobre la diferencia entre verso y prosa. Rico toma una estrofa de “La cena” de Baltasar del Alcázar (1530-1606) que en prosa dice así:

 

“El corazón me revienta de placer. No sé de ti: ¿cómo te va? Yo, por mí, supongo que estás contenta.”

 

Las mismas palabras se escuchan distintas si las devolvemos a su elemento natural, el verso:

 

El corazón me revienta

De placer. No sé de ti:

¿Cómo te va? Yo, por mí,

Sospecho que estás contenta.

 

Se agradece mucho que haya intentos por difundir la poesía en internet y en la prensa. Sin embargo, hay que rogarles a sus autores que jamás por ningún motivo transformen en prosa lo que está en verso. Es como si en los viejos tiempos (y el ejemplo ya es casi incomprensible) se tocara un disco de 33 revoluciones a 78. No se oye nada, todo se vuelve ruido.

Misterios de Juan de Dios

 

Juan de Dios Peza nació en 1852 en el número 16 de la calle que hoy se llama de Luis González Obregón (1865-1938), el prologuista de sus Poesías escogidas (1897) y sus Leyendas históricas, tradicionales y fantásticas de las calles de la Ciudad de México (1898). Su casa, de milagro, aún está en pie, aunque los vecinos dicen que es un depósito de basura. Tiene una placa. No se la puso ningún gobierno, ningún organismo o asociación literaria, sino El Buen Tono, la fábrica de Ernesto Pugibet que fue arrasada por las tabacaleras estadunidenses. Si Peza hubiera nacido en Guadalajara o en Monterrey se hubiesen organizado ceremonias  conmemorativas de su centenario en 2010. Como nació aquí sólo Raquel Huerta Nava se acordó de él.

La narrativa mexicana (no la novohispana) empezó con recreaciones de dos leyendas: La Llorona y Don Juan Manuel. El corpus fue explorado y explotado cuando Vicente Riva Palacio (1832-1896) quedó en posesión de los archivos inquisitoriales y los aprovechó como nadie en su tomo de México a través de los siglos, en sus novelas y en sus Tradiciones y leyendas mexicanas, escritas en colaboración con su ahijado Juan de Dios Peza.

¿Ahijado? Sí, era costumbre que adolescentes y aun niños llevaran a bebés a la pila bautismal. José Yves Limantour fue padrino de Manuel Gutiérrez Nájera, aunque no parece haberlo ayudado mucho pues el Duque Job se mató escribiendo cuartillas y cuartillas todos los días. No sabemos nada de Peza antes ni después de los Cantos del hogar. ¿Cómo pudo ser compadre del futuro ministro de Guerra del Archiduque el joven liberal hijo de Mariano Riva Palacio y nieto de Vicente Guerrero, el consumador moral de la Independencia?

Parte del misterio se despeja con una nota, a su vez enigmática, de El libro secreto de Maximiliano. Allí el Archiduque o alguno de sus informantes y espías escribió acerca del padre: “… tiene instrucción, una gran inteligencia pero un carácter muy vengativo. No es adicto a ningún partido; ambicioso, está siempre dispuesto a adular el poder. Tiene un cierto número de amigos entre los liberales que le reprochan ahora su encarnizamiento contra ellos”.  La homonimia ha confundido a algunos críticos que atribuyen al poeta el haber formado parte del gabinete de Maximiliano sin reparar en que tenía trece años.

Colonialismo y todo lo contrario

 

La mala suerte de Peza ha hecho que sólo su amigo González Obregón pase a la historia como el iniciador de la narrativa colonialista y Tradiciones y leyendas mexicanas, la obra en colaboración, se confunda con las Leyendas históricas que no repiten ningún texto del primer libro. Estuvieron olvidadas hasta l988, cuando Isabel Quiñones las rescató para la serie “Sepan cuantos…” de Porrúa.

Peza quedó aislado y sin descendencia literaria, en cambio González Obregón estuvo al centro de una notable continuidad. Discípulo de Altamirano fue maestro de un joven que al quedar ciego don Luis iba a su casa para servirle de lector y amanuense. Ese muchacho se convertiría en Fernando Benítez, el más importante animador cultural en el México de la segunda mitad del siglo XX. Benítez llevó las enseñanzas de González Obregón a su obra personal: los grandes suplementos y sus libros.

Con Riva Palacio, Peza y González Obregón comienza la narrativa colonialista o virreinalista, uno de cuyos efectos colaterales fue la introducción en la prosa mexicana de la “escritura artística” de Marcel Schwob, Jules Renard y otros autores franceses. Es común ver a los colonialistas como evasores de la violenta realidad revolucionaria (juego de niños ante la guerra de 2011) e inventores de una arcadia novohispana que no existió nunca. Artemio de Valle Arizpe continuó fiel a esta línea hasta su muerte a pesar de que en Pero Galín, Genaro Estrada, autor del notable Visionario de la Nueva España, ya había hecho la sátira del anticuario y la liquidación del virreinalismo. Sus más jóvenes autores terminaron como indigenistas: Ermilo Abreu Gómez (Canek, Héroes mayas, La conjura de  Xinum, Leyendas del Popol Vuh) y Francisco Monterde (Moctezuma II, Señor del Anáhuac y Moctezuma, el de la Silla de Oro). Por su parte Benítez empezó con La ruta de Hernán Cortés y Los primeros mexicanos (La vida criolla en el siglo XVI) y terminó con su gran obra acerca de Los indios de México.

Las calles de México

 

Los poemas narrativos de Peza no son una loa incondicional de lo que los hispanófilos llaman virreinato y fue en la práctica una colonia. La primera leyenda que versifica es la de El indio triste, el sobreviviente que llora, mudo como una estatua, la derrota de su universo y ve alzarse la Catedral sobre el teocalli y la casa de Cortés con los cimientos del palacio del tlatoani. Por desgracia, el indio triste inspiró, ya en el siglo XX, la imagen racista del mexicano apoyado contra un nopal e incapaz de toda iniciativa que estuvo vigente hasta la demonización del país y sus pobladores.  

Las calles de El niño perdido, Cadena, Donceles, López, La amargura, La buena muerte, San Francisco, Las escalerillas, Balvanera, Independencia, así como el Altar del perdón, el convento de la Profesa, el Colegio de San Ildefonso, la alberca de Chapultepec, el Hospicio de Pobres, el hospital de San Hipólito, los conventos de San Francisco y de la Concepción, la Alameda y la Plaza de Santo Domingo son algunos de los escenarios mitologizados y afantasmados por Peza. (En un rasgo visionario el joven Carlos Monsiváis escribió que el terror contemporáneo no surge de los cementerios a medianoche sino de las calles a mediodía.)

Hay en este libro de Peza el afán por hacer más o menos permanente algo que desapareció para siempre. La ciudad colonial había sido pulverizada por las demoliciones de la Reforma. La historia de este lugar sin nombre que ahora se conoce por DF es la crónica de sus destrucciones. Tenochtitlan desapareció a sangre y fuego para dejar su sitio a la creación de Hernán Cortés, una aldea española de construcciones civiles y religiosas con aspecto de fortaleza que espera de un momento a otro la venganza de los indios.

La ciudad barroca del siglo XVII echó abajo la del XVI. La furia neoclásica de Tolsá exterminó el barroquismo, si bien lo que se salvó es casi todo lo que hoy llamamos “arquitectura colonial”.  Porfirio Díaz pulverizó, consumó lo que se había salvado de la piqueta reformista. Los gobiernos nacidos del cuartelazo de Obregón en 1920 y que se llamaron a sí mismos revolucionarios exterminaron casi hasta la raíz la arquitectura porfiriana. Y hoy estamos empeñados con gran éxito en arruinar lo que fue la Ciudad de México del siglo XX.

El pulque y la cerveza

 

Si el urbanismo de la destrucción sólo acaba con lo que teníamos y lo degrada todo sin sustituirlo por nada mejor o al menos comparable, aquel espíritu de la modernidad decimonónica estuvo detrás de la ofensiva de Puga y Acal contra Peza. Nadie se atrevió a meterse con su amigo, el incomparable Riva Palacio. Era, entre tantas cosas, un gran satírico y parodista y, por si sus méritos intelectuales fueran pocos, uno de los generales que derrotaron a la Intervención francesa y un héroe de la República.

Peza fue sometido al mismo tratamiento que el pulque. La bebida tradicional de los hogares mexicanos cayó víctima de una nueva Guerra de los Cien Años. La heroína Leona Vicario fue una gran empresaria pulquera. Había motines en la Plaza de Santo Domingo para arrebatarse todas las mañanas el néctar que le llegaba de sus haciendas en Ápam. En su última comida el Benemérito Juárez alternó el neutle con el vino francés. En cambio, los porfirianos repudiaron esta bebida como un rezago de tiempos bárbaros que conducía al embrutecimiento y a la inacción, y la sustituyeron por la rubia cerveza que nos haría ágiles, diligentes y emprendedores como los sajones. Pero nada tiene una sola cara. A ese afán autodenigratorio debe su excelencia la cerveza mexicana.

Releer sin prejuicios

 

La explicación más informada y lúcida de lo que sucedió está en el prólogo de Jorge Ruedas de la Serna a las Tradiciones y leyendas, tomo II  (1996) de las Obras escogidas de Riva Palacio que dirigió con mano maestra José Ortiz Monasterio.

La Libertad, el diario de los positivistas más spencerianos que comtianos, en l882 estaba en oposición a La República en que Riva Palacio y Peza comenzaron a publicar en prosa Los Ceros y en verso Las leyendas que para Justo Sierra y sus compañeros promovían en el pueblo el fanatismo y las supersticiones. Ricardo Palma, el gran autor de Las tradiciones peruanas, en sus cartas al general elogió la soltura y naturalidad de las décimas, quintillas, redondillas y romances narrativos. Opuso todo esto a la poesía de “las plañideras convencionales y amaneradas que abundan en la América Latina”. Y despreció esa poesía personal “propia del mundo viejo y de sociedades ya caducas”. Remató Palma: “Poesía sin propósito histórico y social es poesía de oropel. Esos poetas morirán con su siglo”. Palma no menciona a Peza aunque sus argumentos son muy parecidos a los de La Libertad.

La nueva clase urbana surgida de las transformaciones mundiales y nacionales reclamaba su derecho a soñar y a sentir. Lo halló en Peza y de ahí se derivó su inmensa popularidad. No toda la poesía de Peza murió con su tiempo. Ruedas de la Serna invita a releerla sin prejuicios. Quien lo lea hoy lo reivindicará. Y en esa reivindicación tendrán un papel crucial sus leyendas.

 

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