Saturnino Herrán: Víctima del INBA

lunes, 3 de enero de 2011

MÉXICO, D.F., 3 de enero (Proceso).- Anunciada por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) como un homenaje al extraordinario dibujante y pintor Saturnino Herrán en el contexto de las conmemoraciones oficiales por el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución mexicanas, la muestra Saturnino Herrán: instante subjetivo sintetiza la característica esencial de la gestión de Teresa Vicencio al frente del instituto: mediocridad profesional.

Inaugurada en el Museo del Palacio de Bellas Artes del Distrito Federal en octubre pasado, y a dos semanas de clausurarse –16 de enero de 2011–, la exposición termina sus días con muy poco público, con custodios que dormitan recargados en las paredes de las salas y sin material informativo sobre el artista y la exposición –trípticos, folletos– a precios accesibles. 

Nacido en Aguascalientes en 1887 y fallecido a los 31 años en la Ciudad de México, Saturnino Herrán es uno de los creadores más interesantes del arte moderno mexicano. Perteneciente al grupo de intelectuales que, en las primeras décadas del siglo XX, se atrevieron a construir propuestas literarias, visuales, educativas y políticas basadas en un humanismo de identidad mestiza y nacionalista, Herrán se distinguió por sus poéticas apasionadas y vigorosas que fusionan las estéticas modernistas –simbolismo, erotismo, espiritualidad, decadentismo– con un profundo respeto por la fisonomía de los mexicanos.

Virtuoso en la creación de metáforas que evocan sentimientos humanos y pertenencias regionales, el artista construyó un vocabulario que integra retrato, paisaje, naturaleza, costumbrismo, indigenismo y religiosidad. 

Confrontante por las evidentes referencias extranjeras que tiene su obra, la creación de Herrán merece narrativas curatoriales que ubiquen su valor integrando influencias –Frank Brangwyn, Ignacio Zuloaga–; contextos nacionales –renovación de la Academia, su participación en el Ateneo de la Juventud, su amistad con Ramón López Velarde, Artemio del Valle Arizpe, Manuel Toussaint–; y legados estéticos como las resonancias iconográficas que se perciben en los primeros muralistas, como Fermín Revueltas y el emblemático pintor de calendarios, Jesús Helguera.

Curada por su nieto, Saturnino Herrán Gudiñó, la exposición homenaje del Museo del Palacio de Bellas Artes se basa en una interpretación curatorial formalista, rebuscada y restringida que, a través de seis núcleos temáticos, no logra comunicar la esencia creativa del pintor: Forjadores de la tierra, El universo y el balneario interminable, Ella se quema de nosotros, Saturnino ilustrador, Una patria no histórica ni política sino íntima, La trinchera.

Financiada por el INBA y el gobierno del estado de Aguascalientes con un presupuesto de 2 millones 560 mil pesos, la muestra no corresponde a un homenaje nacional. Constituida por 107 piezas entre las que destacan, por su excesivo, desagradable y artificial brillo, las provenientes del Museo de Aguascalientes, la exposición, cuyo catálogo tiene un costo de 890 pesos, plantea dudas no sólo sobre la pertinencia de las restauraciones, sino también sobre la permanencia de Teresa Vicencio y de su equipo al frente del instituto.

Carente durante las dos últimas semanas de funcionarios que puedan informar sobre la exposición y los mediocres servicios que ofrece, el INBA demuestra la necesidad urgente no sólo de su reestructuración, sino inclusive de su desaparición.

 

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