El jardín de los cerezos

jueves, 10 de febrero de 2011

MÉXICO, D.F., 10 de febrero (apro).- Y finalmente, a pesar de los pesares y de los intríngulis de las batallas extra artísticas, el arte teatral regresó al Palacio de Bellas Artes para la reapertura oficial de su Sala Principal con El jardín de los cerezos, de Antón Chéjov, dirigida por Luis de Tavira.

La del pasado jueves 27 de enero fue una función accidentada. Al principio el ambiente era festivo, con mucha curiosidad por parte de los asistentes, que en su mayoría se habían enterado de los resultados de la remodelación del Palacio de Bellas Artes sólo a través de las notas periodísticas. Ahora tenían la oportunidad de constatarlo personalmente y verter sus opiniones.

Mucha gente de teatro, actores, directores, escenógrafos, críticos, prensa especializada, todos con una gran expectativa de lo que iban a presenciar en escena. El primer sobresalto: las luces enloquecen y de pronto el escenario está a oscuras y la sala iluminada.

Si bien la obra de Chéjov tiene implícito un particular concepto del tiempo y hace una analogía entre las estaciones del año y el cumplimiento de los ciclos de la vida, nadie esperaba que en un lapso de un minuto las cuatro estaciones transcurrieran sobre el escenario, gracias a los intempestivos cambios de luz totalmente fuera de control.

No obstante, el arte brilló en el escenario a través de esta que, sin duda, es una obra singular dentro del conjunto de la admirable dramaturgia de Chéjov, un trabajo casi póstumo, señalado por la proximidad de la muerte del autor, quien falleció cuatro meses después de su estreno.

Con esta obra, Chéjov comienza a cruzar la frontera del realismo psicológico y el naturalismo para llevarlo hacia una reconstrucción del idealismo y marcar el principio del simbolismo. Las acciones se desarrollan a principios de 1900, teniendo como protagonista a una familia rusa aristócrata endeudada, a punto de perder el hermoso jardín de su finca.

El fin de una época y el inicio de otra transcurren ante el espectador que acompaña a Lubia (interpretada magistralmente por Julieta Egurrola), a su familia y a su servidumbre, a lo largo de cada cambio de estación, cada una marcada por la indolencia y el vacío.

Reflejo del mundo, las escenas se suceden en el indecible lindero que media entre lo real y lo imaginario, la memoria y la premonición, la ilusoria felicidad de los deseos y la contundencia de los hechos.

Aunque la puesta aun no se encuentra en su mejor ritmo, sobre todo en el primero de los cuatro actos que resulta particularmente lento y tedioso, la Compañía Nacional de Teatro cumplió con su cometido de manera casi heroica, si consideramos el escaso tiempo de ensayo y las circunstancias que rodearon el estreno, con fallas técnicas que no son del todo atribuibles a la Compañía.

De la acústica podemos decir que hay una notable mejoría para la voz hablada, y si en algún momento algún texto no fue claro se debió más a la mala dicción del actor en turno que a un problema acústico. Ejemplo de lo anterior es el excelente desempeño de actores como Roberto Soto y Erika de la Llave, con una gran proyección de voz que en todo momento fue clara y contundente.

El jardín de los cerezos realizará temporada del 10 de febrero al 6 de marzo, en el Teatro de las Artes del Centro Nacional de las Artes.

 

 

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