El mejor de los tiempos

jueves, 10 de febrero de 2011

MEXICO, DF, 10 de febrero (apro).- Estimados lectores: por medio de la presente me tomo la libertad de proclamar y sostener que vivimos en el mejor de los tiempos.

Sí, no ignoro que ustedes, como a mí mismo me sucede, frecuentemente tropiezan con pesimistas que declaran que vivimos en el peor de los tiempos, pues todo se encuentra en crisis. ¡Ah!, No les hagan caso. Alégrense. Piensen, recapaciten y verán y comprobarán que, por el contrario, respiramos en el más promisorio de los tiempos, ya que en él, cada vez con mayor claridad se va confirmando que todos no somos iguales, que todos somos diferentes, que todas y cada una de las personas somos únicos, irrepetibles; que nunca antes ha habido, no hay en la actualidad ni habrá en el futuro, un individuo igual a cualquiera de nosotros. Y eso no es todo, pues este mismo tiempo nos está liberando de la engorrosa teleología, doctrina de las causas finales, en la que todo obedece a un fin, así como del eudemonismo, que pretende o más bien identifica la virtud, la moral e incluso la felicidad con la alegría de hacer el bien, ideas ambas que, por siglos, nos han impedido ser nosotros mismos y si lo llegábamos a ser, estábamos expuestos a cargar con una conciencia culpable pues, según la moral al uso, lo bueno y lo virtuoso era darse y hasta sacrificarse por los otros, no hacerlo que nos viniera en gana y nos satisficiera, pues obrar así era --¡y sigue considerándose!--, ser egoísta, narcisista, hedonista, ególatra y otras lindezas por el estilo, cuando la verdad es que, por naturaleza, somos egoístas, narcisistas, hedonistas y ególatras, pues visto y comprobado está que nada hay que interese y mueva tanto a todo individuo como su propio yo, como lo han proclamado en el pasado filósofos como Aristipo y Epicuro; más cerca de nosotros, el padre de la economía Adam Smith, quien expresó que el egoísmo de cada uno de nosotros hace la felicidad de todos, o contemporáneos de nosotros como Fernando Savater, que ha propuesto una ética como amor propio, pues está convencido que nadie en su sano juicio hace cosas por otros, que todos hacemos cosas con otros cuando nuestros intereses coinciden con los de ellos, es decir, que está seguro de que siempre actuamos guiados por el más estricto interés propio, por lo que está consciente que, desde el punto de vista ético-político, para el individualismo es más peligroso, más difícil de soportar y el sacudirse el poder del Estado, lo que sea, cuando el mismo no es más que el establecimiento de una autocracia o el de la plutocracia, más peligrosas ambas, repito, que la omnipresencia del comercio de las multinacionales. Por su parte, Gilles Lipovetsky, ideólogo del vacío, del imperio de lo efímero y del crepúsculo del deber que priva en nuestro tiempo, afirma que “nuestra época no asegura ni reclama la antigua buena moral, sino que se libra de ella”, ya que en nuestro tiempo, el del posmodernismo, los métodos de represión y de persuasión han sido reemplazados por la seducción, con lo que se ha afirmado y sacralizado la cultura del hedonismo, ya que al ser seducidos, el posmodernismo nos da la posibilidad de que elijamos lo que más nos complazca y nos deje satisfechos gracias a la gran diversidad de seducciones que nos ofrece, con lo que alimenta y robustece nuestro yo, nuestro narcisismo, nuestro egoísmo, nuestro egotismo.

A su servidor, todo lo anterior le parece de perlas, pues ese reemplazo de una ética obligatoria por el hedonismo nos libera, como dijo Lipovetsky, de conciencias culpables, de los complejos de culpa que tanto nos atormentaron en el pasado… y siguen atormentado a no pocos en el presente… todo lo cual, de alguna manera, afirma y alienta el solipsismo, esa teoría según la cual nada existe fuera del pensamiento de nuestro yo, ya que toda realidad no es más que el fruto de nuestra imaginación que, proteica que es ella, puede y cambia de forma siempre que se lo exige la necesidad de satisfacerse de nuestro yo, lo cual nos proporciona un pasaporte para que podamos pensar, hablar y obrar como nos venga en gana o según nuestras necesidades y así con el libérrimo ejercicio de nuestro egoísmo personal, contribuyamos al bienestar de todos, de la sociedad, como sostuvieron Aristipo, Epicuro, Adam Smith y sostienen F. Savater, Lipovetsky y otros filósofos, economistas y pensadores.

Espero que después de la lectura de la presente, mis estimados, estén de acuerdo con servidor en que vivimos en el mejor de los tiempos… y sin complejos de conciencia culpable, listos para ejercer su egoísmo personal.

Con mis mejores deseos.

EL TIO LOLO