Desastre o rescate, el dilema ante los acervos bibliográficos

viernes, 18 de marzo de 2011

MEXICO, D.F., 16 de marzo (apro).- La apertura del Fondo Bibliográfico José Luis Martínez, en la Biblioteca de México “José Vasconcelos”, es quizá uno de los pocos casos en México en que las autoridades culturales decidieron invertir recursos monetarios para rescatar un acervo bibliográfico o documental privado.

Los 70 mil libros que conforman la colección del historiador, quien nació en Atoyac en 1918 y murió en la Ciudad de México en el año 2007, fueron adquiridos por el gobierno federal en 2 millones de dólares.

         No obstante, desde hace siglos e incluso en la actualidad, el destino de varios acervos bibliográficos ha sido el saqueo, desmembramiento, pérdida irremediable o venta en el extranjero, a menos que su dueño original se haya preocupado de donarlos en vida a alguna institución pública o privada nacional, o establecer en un documento escrito el destino final que desea tenga su preciado tesoro.

         La dispersión de las bibliotecas mexicanas durante el siglo XIX es el tema del volumen Libros y exilio, de los historiadores Emma Rivas y Edgar O. Gutiérrez, editado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

         Rivas y Gutiérrez se dieron a la tarea de revisar un conjunto de cartas del abogado, historiador y arqueólogo José Fernando Ramírez (1804-1871), secretario de Relaciones Exteriores en el gobierno de Mariano Arista, donde se revelan historias de dispersión de importantes bibliotecas de intelectuales mexicanos del siglo XIX.

         De acuerdo con información proporcionada por el INAH, desde su destierro en enero de 1867 (luego de haber sido ministro de Relaciones Exteriores con Maximiliano de Habsburgo), Ramírez mantuvo un intercambio epistolar con diversos intelectuales, entre ellos Joaquín García Icazbalceta, según explican los historiadores.

         Asimismo, indican que muchas bibliotecas salieron del país en la época decimonónica, aun en contra de los deseos de sus propietarios, debido a los altibajos políticos. Y, desde entonces, diversos investigadores han tratado de conocer qué es lo que se ha perdido.

Gutiérrez precisa:

         “García Icazbalceta se da cuenta de que un estadunidense acababa de escribir una historia sobre México, y él dice: Eso lo tenemos que hacer nosotros mismos, por eso hay que recuperar las fuentes para que los historiadores mexicanos escriban su propia historia”.

         Como García Icazbalceta y Ramírez, otros investigadores se interesaron en los acervos bibliográficos, entre ellos Carlos María de Bustamante, Isidro Rafael Gondra, José María Andrade, Francisco Serapio Mora, Francisco Facio y Andrés Oseguera.

El primero, añaden los investigadores del INAH, tardó 30 años en conformar la Bibliografía mexicana del siglo XVI. A su vez, Ramírez formó una colección dedicada a temas eclesiásticos, filosóficos y de derecho canónico, que más tarde vendió al gobierno de Durango. Tuvo también un acervo sobre historia antigua de México, de 12 mil volúmenes.

         Director del Museo y de la Biblioteca nacionales, Ramírez tuvo derecho a una amnistía que no aceptó, y murió en Bonn, Alemania. Junto con su cuerpo arribaron al país ejemplares que se había llevado, entre ellos sus primeros impresos y hasta manuscritos del siglo XVI.

         Su hijo José Hipólito, continúan los autores, vendió la biblioteca al intelectual Alfredo Chavero, que la vendió a su vez a Manuel Fernández del Castillo. Tanto Hipólito como Chavero conservaron parte del acervo, pero Fernández del Castillo vendió el suyo en Londres, “principalmente manuscritos del siglo XVI”.

         Parte de ese acervo está hoy en instituciones como la Biblioteca Bancroft, de la Universidad de California, Estados Unidos; el Museo Británico, en Inglaterra, y la Biblioteca Nacional de España. En México, una parte de su colección está en la Biblioteca Nacional y Biblioteca Nacional de Antropología e Historia.

         Ese es un caso. Otro de los recuentos de bibliotecas mexicanas que han  desaparecido fue hecho por Fernando Benítez en El libro de los desastres. En el diario Zócalo Saltillo, Javier Villarreal Lozano cita algunas de las lamentables pérdidas.

La biblioteca del propio García Icazbalceta enfrentó un juicio por su propiedad entre el gobierno de Venustiano Carranza y sus herederos, quienes finalmente ganaron y la vendieron a Estados Unidos, luego de haberla ofrecido al entonces titular de Educación Pública, José Vasconcelos.

         Rivas y Gutiérrez destacan que su recién publicado libro intenta poner énfasis en la importancia de las bibliotecas particulares, sin importar el número de volúmenes, como memoria de nuestra cultura y porque es “responsabilidad de los mexicanos cuidarla”.

 

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