Sor Juana, entre la consagración celestial y la condena apocalíptica

lunes, 28 de marzo de 2011

José Pascual Buxó, sin duda especialista por excelencia de la vida y la obra de la monja jerónima, acaba de poner en circulación un estudio nuevo sobre el tema, Sor Juana Inés de la Cruz: el sentido y la letra, uno de cuyos capítulos describe la descalificación de su actividad poética en que se vio envuelta por sus superiores eclesiásticos. En este texto, escrito para Proceso, el investigador emérito de la UNAM sintetiza el asunto, contextualiza las versiones que han producido la polémica entre pensadores laicos de la talla de Octavio Paz y adeptos a la postura católica, e integra a esta última el más reciente afán por “santificarla” a toda costa, sostenida por el investigador Alejandro Soriano Vallés, quien hace dos semanas fue entrevistado en estas páginas.

MÉXICO, DF., 28 de marzo (Proceso).- Leí con interés la entrevista de Rodrigo Vera con Alejandro Soriano Vallés que llevó por título El enigma de la Biblioteca de Sor Juana y fue publicada en el número 1793 de Proceso.

En la primera parte de la misma se anuncia el hallazgo del testamento de un contemporáneo de la Décima Musa –el padre José Lombeida–, quien tuvo a su cargo la venta de los libros que ella poseía en su rica biblioteca, y cuyas ganancias debían ser entregadas al arzobispo Aguiar y Seixas para emplearlas en obras de caridad.

Otro descubrimiento del que da cuenta Soriano es el de un documento manuscrito localizado en la Biblioteca Palafoxiana de Puebla, que contiene una copia de la que sería la respuesta del obispo Fernández de Santa Cruz a la Respuesta que la propia Sor Juana había dado a la epístola que le dirigió bajo el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz, e hizo imprimir al frente de su edición de la Carta atenagórica, en la cual la conminaba a renunciar al estudio de los poetas y filósofos de la antigüedad clásica (que acabarían siendo los “libros de su ruina”) y se entregara sin tibiezas al perfeccionamiento de su alma cristina.

Este último documento ha sido publicado por Alejandro Soriano Vallés en su libro Sor Juana Inés de la Cruz. Doncella del verbo (Editorial Garabatos, 2010).

Para poner estos documentos en el contexto que más ayude a explicar su significado e intención, es necesario aludir –si bien de manera muy sucinta– a los antecedentes de aquella renuncia de Sor Juana, no sólo a sus libros y preseas, sino a su incansable afán de estudiar y saber, puesto que –como lo dijo ella misma en la mencionada Respuesta–, era Dios quien le hizo “merced de darme grandísimo amor a la verdad, que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras”, que nada ni nadie había podido impedirle  “seguir ese natural impulso que Dios puso en mí”.

Como bien sabemos, gracias a la publicación de sus obras poéticas en España (Inundación castálida; Sevilla, 1689) fue universalmente proclamada Décima Musa, “sublime honor de nuestro tiempo”, “compendio de todas las ciencias” y un sinfín de elogios y panegíricos que todos sus lectores bien podemos recordar. Con todo, el carácter preponderantemente “profano” (es decir, cortesano, amatorio y filosófico) de las composiciones poéticas incluidas en ese volumen auspiciado por su amiga la marquesa de la Laguna, virreina que fue de la Nueva España, acrecentó las censuras de que ya había sido objeto por parte de su confesor Núñez de Miranda y, en general, por la clerecía novohispana, a cuyos integrantes no les parecía “decente” su “escandalosa” dedicación a la poesía, en olvido de sus obligaciones religiosas.

En ese contexto de censuras a la monja poetisa, Fernández de Santa Cruz  halló modo de que Sor Juana se animase a escribir la “crisis” de un “Sermón del Mandato” del celebre jesuita Antonio de Vieira. Se trataba de  la discusión de un asunto perfectamente escolástico acerca de cuál haya podido ser la mayor muestra de amor (o “fineza”) que Cristo hizo a la humanidad antes de su traspaso. Sor Juana no sólo se oponía a las tesis del predicador portugués (que no es cosa de discutir ahora), sino que sostuvo que el mayor beneficio hecho por Dios no era haber quedado presente en la Eucaristía, sino precisamente no hacer beneficios a los hombres cuando sabe que éstos habrán de corresponder mal al amor de su Criador. Más aún, que la mayor “carta de libertad” dada por Dios a los hombres fue precisamente su libre albedrío para que a ellos correspondiese juzgar la maldad o bondad de sus propias acciones.

Sin consultar ni informar a Sor Juana, el obispo publicó esos “borrones” en 1690, a los que puso el hiperbólico y muy barroco título de Carta atenagórica (o digna de la sabiduría de Atenea) y lo hizo preceder de una misiva dirigida a la propia Sor Juana, firmada con el religioso disfraz de Filotea de la Cruz. En el contenido e intención de esa epístola han hallado los estudiosos de la vida y la obra de Sor Juana los motivos de la crisis espiritual que no tardaría en afectarla de manera dramática. La estrategia persuasiva del obispo era evidente: después de ponderar las dotes intelectuales de Sor Juana (la “discreción”, “energía” y “claridad” con las que “convence el asunto”, es decir, lo pertinente y fundado de sus argumentos), Sor Filotea da un brusco y calculado giro a su panegírico, pasando de las encendidas alabanzas a las pesadas admoniciones: ya es tiempo –le decía– de que abandone vuestra merced el estudio de las “rateras noticias de la tierra” –esto es, de las ciencias y letras profanas–, que suelen conducir al pecado de elación o soberbia, al que son tan proclives las mujeres por causa de su natural “vanidad”, para que dedique enteramente su entendimiento al estudio de las letras sagradas y siga tan sólo el “libro” de Jesucristo, cuyo sacrificio debe imitar, tanto más siendo una esposa enteramente consagrada a su servicio.

Y la amonestaba diciéndole: “Mucho tiempo ha gastado V. md. en el estudio de filósofos y poetas; ya será razón de que se perfeccionen los empleos y que se mejoren los libros”, puesto que de continuar su excesivo interés por las “ciencias curiosas” y “las rateras noticias de la tierra”, bien podría ser que bajase aún más “considerando lo que pasa en el Infierno”.

Al llegar a sus manos un ejemplar de la Carta atenagórica, Sor Juana –lo confiesa ella misma– prorrumpió en “lágrimas de confusión”, pues comprendió que, bajo la cubierta de los amorosos requiebros, la intención del prelado no había sido otra que “reconvenirla y avergonzarla por lo mal que servía a Dios”. Dilató casi tres meses en dar su Respuesta a Sor Filotea, que tiene el carácter de una confesión general en la que, relatando los pasos de su propia vida, quiso justificar su hasta entonces irrenunciable deseo de estudiar y saber. No parece casual que apenas entrar en circulación la Atenagórica, ya empezaran también a difundirse algunos papeles anónimos que no sólo impugnaban las tesis de Sor Juana acerca de la “mayor fineza” de Cristo, sino que pudieron calificarlas de heréticas, como fue el caso de una Fe de erratas, escrita por un anónimo soldado.

El panfleto suscitó de inmediato varios alegatos en defensa de Sor Juana y otros más que la impugnan con el propósito de defender al padre Vieira de los supuestos agravios que ella le habría hecho con la “crisis” de su sermón. Todo esto no hace sino confirmar que nuestra poetisa no sólo fue reconvenida por su prelado, sino que a partir de ahí se vio convertida en objeto de un debate público en que se ponía en entredicho la pureza de su fe y la licitud de su estudio de las ciencias profanas.

 

Las lágrimas de Sor Juana

 

Del asunto me ocupé en un ensayo que lleva por título Las lágrimas de Sor Juana: nuevos textos para una polémica inconclusa, que constituye un capítulo de mi libro Sor Juana Inés de la Cruz: el sentido y la letra, recién publicado por nuestra Universidad Nacional.

Sin duda, con el deseo de ponerle freno a las maliciosas impugnaciones de que Sor Juana venía siendo objeto en su tierra y de mostrar al mundo su obra extraordinaria, la marquesa de la Laguna volvió a solicitarle el envío de nuevas composiciones –en especial las de índole religiosa, como son los autos sacramentales, con el propósito de dejar bien establecida su ortodoxia católica– para formar un Segundo volumen que se publicó en Madrid, en 1692, precedido de numerosas “censuras” –que eran todas ellas dictámenes laudatorios– firmadas por teólogos españoles, singularmente por el padre Juan Navarro Vélez, quien defendió la pureza y licitud de los versos que en México otros le censuraban, diciendo que escribirlos fue también empleo de “algunas plumas religiosas que hoy veneramos canonizadas” y que los de la madre Juana “son tan puros, que aun ellos mismos manifiestan la pureza del  ánimo que los dictó”.

En abril de 1695, al tiempo de morir Sor Juana, el padre Diego Calleja –su corresponsal y primer biógrafo– se compadecía del “entredicho” de que prosiguiese en “el estudio de las ciencias mayores”, asunto que quiso atenuar un tanto, diciendo que la prohibición había sido tan sólo un “precepto casero”, pero sin poder ocultar que, a resultas de tal prohibición, “enfermó entonces esta prodigiosa mujer de no trabajar en el estudio”. En el año de 1693, relata Calleja en su lenguaje a un tiempo exacto y condolido, “la Divina Gracia de Dios hizo en el corazón de Sor Juana su morada de asiento”, es decir, que ella se entregó a las obras de supererogación con asombrosa tenacidad; hizo entonces una confesión general de toda su vida pasada en la cual le parecía que sus “tibiezas”, “omisiones” o “descuidos” pudieran haberle echado “mancha de algún pecado” y, a principios de 1694, redactó una Petición causídica y dos Protestas de la fe, que firmó con su sangre, en las que se veía a sí mima compareciendo ante el “Tribunal de la justicia divina” por causa de los “graves, enormes y sin iguales pecados, de los cuales me hallo convicta”.

Preguntándole a su confesor cómo le iba a la Madre Juana en el camino de su perfeccionamiento espiritual, respondió: “es menester mortificarla para que no se mortifique mucho”, y moderar sus penitencias para que “no pierda la salud y se inhabilite”.

Estando en este proceso de crudas mortificaciones, la mayor “amargura” que pasó la madre Juana –dice también su primer biógrafo– fue la de “deshacerse de sus amados libros”, que remitió al señor Arzobispo de México para que, vendiéndolos, junto con sus instrumentos musicales y matemáticos, “hiciese limosna a los pobres”, y dejó para sí tan sólo tres libros de devoción “y muchos silicios y disciplinas” con las que fustigaba sin piedad su cuerpo cada vez más debilitado. Entró entonces en el convento de Santa Paula “una epidemia tan pestilencial” que alcanzó a casi todas las monjas; la madre Juana las asistía, sin cuidarse del peligro de contagio, hasta que cayó enferma. Las curas eran muy penosas, pero Sor Juana las sufría como si las hubiese elegido como parte de sus prácticas penitenciales. Se cumplía así, finalmente, el sacrificio de su entendimiento, “que es –como le decía premonitoriamente Sor  Filotea– “el más arduo y agradable holocausto que puede ofrecerse en las almas religiosas”.

Esta es, bosquejada en sus rasgos más salientes, la vida de Sor Juana, entresacada con la mayor fidelidad de los testimonios de sus contemporáneos.

 

Las versiones de la crítica

 

A lo largo del tiempo, y especialmente en el nuestro, ¿cómo han entendido y juzgado los estudiosos de su obra la abrupta renuncia al ejercicio de su entendimiento privilegiado, para “sacrificarlo como el más agradable holocausto en las aras de la religión”?, sea dicho esto también en los términos de Sor Filotea. Como bien se sabe, el historiador y el crítico literario no siempre pueden escaparse –por más que lo intenten en favor de una objetividad científica siempre deseable– de la secreta tiranía que sobre ellos ejercen sus propias convicciones ideológicas. De conformidad con esto, los estudiosos de Sor Juana también se distinguen por las perspectivas religiosas o laicas en que hallan sustento.

Unos, siguiendo fielmente los dictados de su religión católica, han postulado que ese trágico y convulso final de su vida, fue en realidad “su hora más bella”; y así lo sintieron Alfonso Junco y el padre Alfonso Méndez Plancarte, quienes siguiendo de cerca al viejo maestro español don Marcelino Menéndez y Pelayo sostuvieron que fue “el amor divino” que bastó “para llenar la inmensa capacidad de su alma”, de suerte que –al final de sus días– llegó a ser “arrebatadoramente santa”.

Con todo, las inocultables admoniciones o reprimendas de que fue objeto Sor Juana a partir, por lo menos, de la publicación de la Atenagórica, no han podido ser aceptadas por la crítica independiente o laica como si se hubiera tratado únicamente de un severo proceso de perfeccionamiento espiritual, auspiciado y conducido por los prelados, y acorde con los arduos procedimientos que para ello dispone la Iglesia. No pudiendo compartir los presupuestos de carácter místico y devoto, asentados en una visión sobrenatural de la vida eterna de las almas, los críticos laicos han intentado hallar en circunstancias históricas concretas –ya sean de índole social, psicológica o moral– la explicación de ese fulminante cambio de Sor Juana desde la inicial independencia de su pensamiento hasta la renuncia a los estudios que habían sido el afán principal de su vida. Todos conocemos las tesis sostenidas por Octavio Paz en su libro memorable: Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1982). Como ese libro es bien conocido de todos, puedo limitarme a indicar tan sólo alguno de los puntos centrales de su argumentación. 

Siguiendo y ampliando las propuestas exegéticas del hispanista italiano Dario Puccini, Paz sostuvo que la desgraciada suerte de Sor Juana fue resultado de haberse inmiscuido –quizá sin proponérselo– en las soterradas disputas entre dos príncipes de la Iglesia mexicana: Aguiar y Seixas, a la sazón obispo de Michoacán, y Fernández de Santa Cruz, obispo de Puebla. La enemistad entre éstos habría tenido su origen en el hecho de que ambos aspiraban a ocupar el solio de la Iglesia Metropolitana de México. En un primer momento, parece haber sido Fernández quien resultó nombrado para el cargo, pero al final fue Aguilar quien lo obtuvo.

En este contexto –dice Paz– Sor Juana “intervino en el pleito entre dos poderosos príncipes de la Iglesia romana y fue destrozada”. Y ¿cómo sería utilizada Sor Juana para ese fin vengativo? Haciéndole escribir una severa crítica a las finezas de Cristo postuladas por el jesuita Vieira, se atacaría en realidad a Aguiar y Seixas, admirador del gran predicador lusitano y amigo de los jesuitas novohispanos. La biografía del arzobispo Aguiar, escrita por Oviedo, confirma –en opinión de Paz– que el “cambio repentino” de Sor Juana, quien “en unos cuantos meses pasó de la defensa de las letras profanas y del derecho de la mujer al saber a la aceptación de las censuras que le habían hecho Fernández de Santa Cruz y Núñez de Miranda”, no se debió, como afirman los críticos católicos, a “una orden del cielo”, sino a la “soledad creciente” en que a partir de entonces vivió Sor Juana por causa de “la cada vez menos oculta hostilidad de sus poderosos malquerientes”. De no ser por esto –dice– “es difícil creer que la persona segura de sí misma y desafiante de 1691 y 1692, era la misma que se había convertido en la delirante penitente de 1694.”

Respecto de la entrega de sus amados libros y demás preseas al arzobispo Aguiar, anota Paz que éste no sólo echó mano de ellos, sino también de otros fondos, “unos pertenecientes a Sor Juana y otros al convento”, y que, incluso, existen ciertos testimonios documentales –aducidos en su momento por la investigadora estadunidense Dorothy Schons– de que en más de una ocasión el arzobispo obligaba a otras personas para que se deshicieran de sus bienes en favor de sus afanes limosneros.

Era previsible que las hipótesis de Paz acerca de éstos y otros muchos asuntos relacionados con la vida y la obra de Sor Juana resultaran inaceptables, y aún ofensivas, para los críticos católicos. En 1995, al conmemorarse el tercer centenario de su muerte, se multiplicaron los homenajes y encuentros académicos que alentaron el estudio de su obra desde todas las posibles perspectivas críticas, y gracias a ello la bibliografía indirecta en torno suyo creció en inauditas proporciones. El libro de Octavio Paz fue motivo de críticas, alabanzas y censuras, y en este contexto la crítica católica le dio más de una belicosa embestida.

No cabe aquí hacer un repaso de ellas; para nuestro caso sólo es pertinente mencionar que el autor del libro al que nos referimos al principio de esta nota preparaba entonces, como estudiante de la UNAM, una tesis académica que tenía el propósito de exponer y examinar la “bases tomistas” del Primero sueño de Sor Juana. En ella se multiplicaban las citas y referencias al libro de Paz, cuyas tesis, al igual que las de otros ilustres sorjuanistas, fueron contrastadas por Soriano desde los postulados de la filosofía escolástica, y con exclusiva atención a esa doctrina, se creyó autorizado a invalidar cualquier otra perspectiva crítica del poema de Sor Juana que no fuera la que él mismo adoptó. De este modo –dice– se equivoca Paz cuando, “intentando sostener la ‘imagen de modernidad’ de nuestra monja”, afirma que el conocimiento a que aspiraba no era el saber que podía darle la religión. Y, sin más argumento que éste, Soriano descalificó todas las “conclusiones del exegeta mexicano”, que –a su juicio– “ya no son sostenibles”.

Aparte de este libro, Soriano ha escrito otros más, todos dedicados a probar y promover la santificación de Sor Juana; el que ahora nos ocupa es también un voluminoso y férvido alegato en favor de los prelados de la  Iglesia novohispana y, en definitiva, de la verdad y bondad de los dogmas de la religión católica, así como una nueva e inocultable embestida contra la casi totalidad de los críticos laicos que pusieron de manifiesto las causas por las cuales la monja poetisa fue perseguida y conminada por la clerecía novohispana a abjurar de su propósito de alcanzar un conocimiento científico de la entidad del hombre y el universo, y acatar con humillación  y sacrifico de su vida  los dictados de la fe católica.

 

Maquillaje de la santidad

 

Por principio de cuentas hemos de señalar las obvias implicaciones de promover la santificación de Sor Juana, a la que se la nombra con términos de creciente fervor hiperbólico; si en su tiempo se la pudo llamar Décima Musa y “Minerva americana” –aludiendo precisamente a sus excepcionales dotes poéticas e intelectuales– ahora alejandro Soriano la proclama “Doncella de México”, “Virgen de la Nueva Jerusalén” y, más aun “Virgen de Nepantla” que “franqueó con su vida pura y ejemplo último los flamígeros portones custodiados por los arcángeles de volcánicas espadas, donde la caridad llamea, incendiándolo todo”. (p. 417).

No disputo el legítimo derecho que tiene Soriano de incursionar con tal fervor en los predios de la literatura homilética y hagiográfica ni tampoco me atrevería a negarle el derecho de asumirse a sí mismo como principal portavoz de los más caros designios de la Iglesia mexicana por añadir a la imagen de la popular Virgen de Guadalupe otra Virgen de Nepantla, pues así como la primera es patrona y auxiliadora de todos los mexicanos –lo mismo de  los pobres y desamparados que de aquellos a  quienes les ha sonreído la fortuna del mundo–, hubiera necesidad ahora de otra Virgen que protegiese a las clases cultas e intelectuales de caer en los errores del libre pensamiento.

Soriano –quien en la solapa de su nuevo libro nos es presentado como “escritor independiente”– haciendo alarde de esa pretendida  independencia, asegura que es obligación de los biógrafos “documentar científicamente sus afirmaciones”. Así por ejemplo, no hay ninguna duda de que Sor Juana escribió la crisis de Vieira “sólo por obedeceros”, es decir, que surgió a instancias de Fernández de Santa Cruz y no de ningún otro motivo más personal. No obstante esta que Soriano llama “irrefragable declaración”, algunas “académicas feministas, náufragas de la fábula del ‘asedio’ de los sacerdotes ‘machistas’… se obstinan en la cándida ilusión  de que la respuesta se habría escrito por una ‘indignada’ Sor Juana para ‘hacer valer’ frente al obispo sus ‘derechos’ (y con ellos los de las mujer)”. 

Es propio del estilo de Soriano el empleo de calificativos contundentes tales como “palmario” e “irrefragable” cuando pondera la presunta objetividad de sus aseveraciones, en cambio, utiliza epítetos  descalificadores y aun ofensivos cuando se enfrenta a opiniones distintas de las suyas, tales  como llamar “cándidas” o “náufragas” a distinguidas investigadoras universitarias, y dar el nombre de interpretaciones “insidiosas” y “capciosas” a las de todos aquellos que no comulguen con su ideología confesional.

¿Y en qué funda Soriano sus “irrefragables” e “incontestables” verdades? No ciertamente en las exigencias de probidad científica que él mismo decía ser indispensable para el ejercicio de la buena crítica, sino en  ciertas misteriosas y privilegiadas revelaciones a las que no todos pueden tener acceso. Sólo a unos pocos –afirma– les ha sido concedida “la gracia  de asistir al colapso de tan empecinadas como embaucadoras proposiciones”, que así se refiere al trabajo profesional de muchos académicos respetables. Sólo a Soriano y a los suyos les corresponde “el gozo de ver exhibida la maledicencia, y a sus víctimas (vale decir a Sor Juana y los obispos novohispanos) restituidas en el lustre que siempre les correspondió”. (Para comprobar la densidad estilística del autor, basta anotar que todas las anteriores citas provienen de una sola página de La doncella del verbo, la 442).

El hecho de haber dicho Sor Juana que escribió la Atenagórica por insinuación o mandato de su prelado, le hace pensar que ella no tendría más virtud que la de la obediencia, y que –contra las evidencias esparcidas en todas su obras– tal virtud no le consentiría decir ni pensar nada que fuera más allá de lo que le dictaban sus superiores. Pero no sólo exalta Soriano la “virtud reina” de la monja, sino, junto con ello, repropone restituir el buen nombre de los amorosísimos Fernández y Aguiar; en relación con este último nos informa que la Iglesia le tiene formado un antiguo y hasta ahora nunca rescatado proceso de canonización, que seguramente Soriano se propone reactivar con el fin de poder aducir una prueba formal de sus dichos.

Sin duda, son de mucho interés para los estudiosos de Sor Juana los documentos hasta ahora inéditos publicados por Soriano: el testamento de cierto padre Lombeida y la respuesta de Filotea a la de Sor Juana, misma que Octavio Paz pudo creer inexistente. Con todo, en el libro de Soriano,  la interpretación de tales documentos queda reducida, por lo que respecta al primero, a la deseable “comprobación” de que Aguiar no despojó a Sor Juana de sus bienes a la hora de entrar en aquellas terribles “cuentas” consigo misma, sino que ella habría encargado el asunto, directamente y por propia decisión, a Lombeida; hecho con el cual –a su juicio– quedaría plenamente restaurada la buena fama del arzobispo mexicano, alguna vez empañada por sus autoritarios excesos de “misericordia”.

Afirma Soriano que Lombeida, a la muerte de Sor Juana, consultó a Aguiar lo que debería  hacerse con los libros que aún quedaban por vender y le respondió el arzobispo que continuara vendiéndolos y le remitiese los dineros que de ello resultaran. Para Soriano esta sería una revelación “palmaria” de que Aguiar no habría ejercido ninguna presión sobre Sor Juana, pero para quien pueda verlo sin prejuicios, esa sería más bien la prueba de que Lombeida actuó como agente del arzobispo. De ser así, ya no quedaría por resolver ningún “enigma” en torno a la dispersión y beneficio de la biblioteca de Sor Juana.

En relación con la respuesta que dio Fernández de Santa Cruz –ya sin ocultamiento su verdadera condición de príncipe eclesiástico– a la Respuesta… de Sor Juana a la misiva de Filotea incluida en la Carta atenagórica, por mor de la brevedad tenemos que limitarnos a un punto  esencial de las tesis de Soriano:

Sin abandonar sus conocidas tácticas argumentativas, le resulta nuevamente “palmario” que la que él mismo ha bautizado como Carta de Puebla –en evidente contrapunto con la Carta de Monterrey descubierta hace varios años por el padre Aureliano Tapia– le reitera a Sor Juana la inutilidad de las ciencias humanas (tales como la astrología, la historia, la música, la física, la medicina…) “cuando  no están inspiradas por la sabiduría de la mística”, ciencia que a todas aventaja. De suerte que, con un exasperado lenguaje –que Soriano parece haber tomado como modelo de su prosa “coruscante”– el obispo impone a Sor Juana el definitivo abandono de las ciencias humanas para “dejarse arrastrar con poderosa virtud, y suspirando por el precioso diamante de la divina Sabiduría, por el inexplicable sabor del maná oculto que esconde dentro de sí”. (p. 448)

¿Qué saca en claro Soriano de estos místicos transportes? Pues que el obispo poblano no impidió a Sor Juana proseguir en sus estudios, sino que únicamente le impuso que se ocupara con exclusividad de aquella ciencia suprema (la teología mística) para disponer “a su amiga” al irrecusable perfeccionamiento espiritual; y todo ello vendría a constituirse como una “prueba irrefutable” de la “buena fe” de Fernández de Santa Cruz, no menos que de la “exquisita humildad de Juana Inés”, que según el profético  pensar de Soriano, ya no deberíamos seguir tratando como Musa Décima, sino como Doncella del (divino) verbo. (p. 423).

 

 

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