Soumaya: Museo sin orden, colección dispareja

martes, 19 de abril de 2011
Con ocasión de la apertura del nuevo Museo Soumaya, la crítica de arte Teresa del Conde cuestionó el valor de comprar por “lote”, y al igual que su colega Raquel Tibol, calificó al acervo de “mezcolanza”. Y aunque es una práctica muy extendida, “no es bueno” para una colección irla confeccionando de una manera poco cuidadosa, dijo Del Conde, exdirectora del Museo de Arte Moderno e investigadora de Estéticas de la UNAM, quien puso como ejemplo de colección privada en México la de Andrés Blaisten, expuesta en el Centro Cultural Tlatelolco.  MÉXICO, DF., 19 de abril (Proceso).- Desde que abrió sus puertas al público el pasado 29 de marzo, el nuevo Museo Soumaya, propiedad del empresario Carlos Slim, ha sido visitado diariamente por alrededor de 3 mil personas que atiborran las seis salas dispuestas en igual número de pisos del recinto de la colonia Ampliación Granada, a un par de calles de Ejército Nacional. La gente recorre de un lado a otro el museo sin un orden establecido, pues no hay cédulas de sala ni secciones marcadamente divididas. Los pisos circulares por la propia forma del edificio –construido por el arquitecto Fernando Romero, yerno del propietario del Grupo Carso– tienen sólo algunas mamparas para aprovechar los espacios centrales. Así, los espectadores pasan de ver un vestido de Óscar de la Renta a un mueble antiguo o un retrato o paisaje del siglo XIX; impresionados por los nombres toman fotos de las esculturas de Salvador Dalí, Camille Claudel y desde luego Auguste Rodin (la colección más conocida del ingeniero), cuya pieza El pensador recibe a los visitantes en el vestíbulo del museo, donde se encuentra también una réplica en bronce de La piedad de Miguel Ángel (el original de mármol se encuentra en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano). El pensador quedó de frente al mural Naturaleza muerta (sandías), que Rufino Tamayo realizó en 1954 en el Sanborns de la calle de Lafragua esquina Paseo de la Reforma, desprendido de ese sitio hacia finales de los años ochenta por sugerencia de la crítica de arte Raquel Tibol, quien en 2003 curó una exposición con motivo de los setenta años de creación del pintor oaxaqueño. Dos obras de distintos autores, manufacturas, estilos, épocas, temas... Pero así es este recinto, donde de un piso a otro se ven las esculturas europeas, una colección de piezas prehispánicas provenientes de las tumbas de tiro de la región de Occidente del país (prestada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia), cuadros de “los grandes maestros” –dice el folleto del museo– como Tintoretto, Murillo, el Greco, Rubens y Brueghel, entre otros, y el arte comercial de la Imprenta Galas de México. Igualmente, de los mexicanos David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Diego Rivera, Juan Soriano, María Izquierdo, José María Velasco, Saturnino Herrán; una colección de autorretratos de artistas nacionales que perteneció al ingeniero y coleccionista Marte R. Gómez; y finalmente –descendiendo al último nivel– se encuentra la colección de numismática, con monedas, medallas y billetes de los siglos XVI al XX, así como objetos de plata, y hasta viejas cajas de chocolates de las tiendas Sanborns. Una colección “muy ecléctica”, dice la crítica e historiadora del arte Teresa del Conde, investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas de al Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), quien conoce la colección desde que comenzó a exhibirse en los Museos Soumaya (llamados así en honor de la esposa de Slim, ya fallecida) de Plaza Loreto y de Cuicuilco; y añade: “Parece que está muy fundamentada en el gusto del propio Carlos Slim, eso es lo que me dicen mis alumnos.” Del Conde se refiere al actual director de los Museos Soumaya, Alfonso Miranda, y a Héctor Palhares, miembro del equipo de curadores, quienes –cuenta la crítica– le dijeron que a Slim le gusta comprar directamente las obras que incorpora a su gran colección (66 mil piezas en total), y que “lo hacía por lotes”. Fue la crítica de arte Raquel Tibol, doctora Honoris Causa por la UNAM, quien puso el dedo en la llaga sobre el desorden en el que se expone parte de la colección (unas 2 mil piezas), la falta de argumento del conjunto, la desigual calidad del acervo, las deficiencias internas del edificio, aunque reconoció que el exterior le gustó mucho, y recordó que hace tiempo ha señalado que hay “más falsos de los necesarios” en el conjunto de obras. Tibol inauguró el auditorio del Museo Soumaya el pasado 31 de marzo, con la conferencia Rosa Luxemburgo y el Día de la mujer trabajadora, en la cual habló, emocionada hasta el llanto, de la vida y causa social de esta luchadora marxista, quien junto con la dirigente Clara Zetkin propuso que el 8 de marzo de cada año se celebrara el Día Internacional de la Mujer. Ahí comenzó Tibol sus señalamientos.   Lo cortés no quita lo valiente   Agradeció primero a la Fundación Carso, a Carlos Slim, y al director del museo que se le hubiera invitado a exponer ese tema “picoso”, lo cual consideró como el signo de que el auditorio, con capacidad para 310 personas, sería una “tribuna libre”. También expresó la admiración que le causa que el ingeniero ayude a campesinos, obreros, presos, a la UNAM, donde estudió, pero –espetó– “no que repita y repita 66 mil piezas, se lo digo con todo respeto”. A decir suyo “no hay que tener 66 mil piezas en ningún lugar del mundo”. Y recordó entonces que desde hace tiempo ha venido solicitando que el también propietario de Teléfonos de México le conceda una cita de cinco minutos, para aclararle que haber reunido esa cantidad de obras en pocos años “no es una virtud, y lo digo en su recinto y felicitándolo por lo mucho que ha hecho”. Unos días más tarde, el martes 5, Tibol fue entrevistada por Carmen Aristegui en su noticiario radiofónico, donde reiteró e incrementó sus críticas. Tanto al inmueble de novedoso diseño, como a la colección y a la forma en que está dispuesta. Mencionó nuevamente que ha pedido a Soumaya Slim Domit, hija del empresario –el hombre más rico del mundo según la revista Forbes: “Dígale a su papá que me dé cinco minutos para que yo le diga que así no se compra arte, no se compra arte en muchas cantidades. Un buen coleccionista, digamos Carrillo Gil, Marte R. Gómez, los muy buenos coleccionistas de México, el propio (Andrés) Blaisten, van buscando cada pieza hasta con lupa, con documentación, hasta que dan con ella. Acá, yo creo que el señor Slim compra por lotes, es decir, se acerca a las casas de subasta y seguramente fuera de las subastas compra lotes.” Subrayó: “Así no se compra arte, al arte hay que amarlo, hay que hacer un proyecto y no mezclar, no se puede mezclar.” Hasta hoy no se ha dado ese encuentro. Tibol agregó en la entrevista que cree que no va a conversar con ella, “querrá conversar con (Gabriel) García Márquez que no le va a decir nunca la verdad... (aunque) sabe mucho de arte y tiene artículos sensacionales de su etapa temprana como periodista”. El escritor colombiano acompañó a Slim la noche de la inauguración del museo. Alfonso Miranda declaró hace tiempo a la prensa, cuando aún dirigían el museo Soumaya Slim, que la compra de obra se hacía en subastas públicas a través de un comité integrado por el propio empresario, la directora, el departamento curatorial y un grupo de asesores. Es claro que entre los asesores no se encuentra Tibol, quien es considerada una de las más serias conocedoras del arte. Tampoco está Teresa del Conde, quien indica a Proceso vía telefónica que nunca le han llamado para ninguna consulta u opinión, ni siquiera por llevar una buena relación con la hija de Slim. En cambio, ha dialogado mucho sobre sus adquisiciones con coleccionistas como Sergio Autrey y Blaisten. –¿Se puede hablar de buen o mal coleccionismo? –No te puedo decir eso porque la única colección que empezó siendo particular y sigue siendo particular aunque ahora está abierta al público, que he visto impecable, es la de Blaisten, porque está muy orientada por él mismo desde que tenía veinte o diez y ocho años. Está atento a este fenómeno como egresado que es de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, aunque se volvió empresario. “Esa es la mejor colección de un particular que he visto. Claro, hay otras muy buenas, como la de Fomento Cultural Banamex que está soberbia, pero así, de un empresario, la mejor es ésta (la de Blaisten) nos guste o no. A mí me encanta, de ésta podría hablar mucho pero no es el caso.” Añade que la de Autrey está marcada por su interés en artistas de su propia generación (Castro Leñero, Irma Palacios, Carla Rippey, Miguel Ángel Alamilla, Arturo Rivera, Sergio Hernández y Germán Venegas, entre otros), por lo cual ella pudo ayudarle en las adquisiciones pues a algunos de ellos tuvo oportunidad de promover. Acerca de la colección de Slim, Del Conde considera que “quizá no haya habido tanto cuidado en algunas adquisiciones”. Cuenta entonces que hace tiempo ella expresó dudas acerca de la originalidad de un Manet, pero sus exalumnos le demostraron finalmente que sí era auténtico, aunque en opinión de ella es una pieza “muy menor”. También le presentaron en una ocasión una obra de Remedios Varo, “hasta mandaron un coche con guardias”, que era falso, “un magnífico falso, pero yo conocía el original”. Le pidieron un dictamen en el cual expresara por qué no era auténtico, ella aceptó pero les pidió consultaran también a Walter Gruen, viudo de Varo ya fallecido, quien ya les había hecho ver que se trataba de un falso. “Bueno, algo importante a lo que no le he prestado yo tanta atención, es todo lo colonial, no sé quienes son los asesores de compra, aunque estas personas que fueron alumnos míos me dijeron que al ingeniero le gustaba mucho comprar directamente y que lo hacía por lotes, por lotes no es bueno.” Enseguida abunda que comprar por lotes no es exclusivo de Slim, sino una usanza extendida, pues entre un conjunto de varias obras puede venir con suerte una o dos muy buenas, pero el resto pueden no resultar bien para la colección. Sin embargo, a diferencia de las colecciones públicas donde las obras no pueden venderse, en las privadas siempre hay la posibilidad de vender más tarde para ir depurando. Proceso buscó a otros especialistas, pero en contraste con la nutrida afluencia del público al Soumaya, dijeron no poder expresar ninguna opinión pues no han visitado el museo.   De chicha y de limonada   El día de su conferencia en el museo, Tibol felicitó a Romero por la construcción del recinto, que –dijo– le gustó más que el Guggenheim de Bilbao. Luego, con Aristegui hizo ver que el museo es importante por el sitio en que está emplazado, en el poniente de la ciudad, donde “no había un museo importante”, y destacó su arquitectura exterior, que “a veces hace un busto de mujer, otras una cabeza de hombre”, según le dé la luz. Pero también hizo unas críticas pues las escaleras del vestíbulo carecen de barandal, lo cual “es gravísimo”. Las rampas por las cuales se baja de un piso a otro tampoco tienen barandales. Del Conde coincide en que visualmente el edificio es agradable, y como esa zona de la ciudad es bastante “anodina, a pesar de ser lujosa”, le da otra fisonomía, así como en el hecho de que no se pensó en las personas de la tercera edad que requieren de pasamanos para apoyarse. Lo más grave que Tibol mencionó es la “mezcolanza increíble” de obras de arte: “Yo jamás mezclaría a Rodin con Dalí. Además de los dalís, no encontré ninguno en edición buena, son ediciones que tienen pátinas demasiado brillosas, acabados poco finos. Y lo de las pátinas demasiado brillosas también ocurre con Rodin, yo no sé, han tenido un asesor español (Alejandro Massó), no sé la calidad de este asesor español, porque eso de mezclar chicha con limonada no se puede.” Cabe recordar que en 1995 (Proceso, 978), con motivo de una exposición de Rodin en el Palacio de Bellas Artes, se desató una polémica acerca de la autenticidad de la colección del Soumaya, pues el entonces coordinador de Artes Plásticas en el Instituto Nacional de Bellas Artes, Agustín Arteaga, declaró en aquel momento que esas eran copias. Jacques Vilain, director del Museo Rodin de París, certificó entonces la autenticidad de las esculturas al subrayar que “no hay duda que las obras que tiene el Museo Soumaya son originales”. Del Conde dice que es bien sabido que el mismo escultor dio permiso para que se “hicieran moldes y hubiera en todo el mundo Rodin”. Además de la “mezcolanza” Tibol llamó la atención sobre la falta de argumento del museo. Ya en el límite, lanzó al aire que si Slim “es una gente tan seria en la cuestión del arte como lo es en la economía”, debe descolgar sus obras, llamar a la mejor comisión del mundo, quitar los falsos (mencionó un Siqueiros, entre ellos) y volver a armar el museo, con una argumentación. Tendrían también que corregirse carencias de las instalaciones como los barandales, o la iluminación. Respecto de esta última mencionó que es tan deficiente, que un cuadro de Diego Rivera, perteneciente a la colección de Dolores Olmedo, que en su sala china lucía espléndidamente, pasa como una obra menor entre la mezcolanza. Este semanario solicitó una entrevista con el director del Soumaya, Alfonso Miranda, pero al cierre de la edición no hubo respuesta. Sin embargo un día después de la entrevista de Aristegui a Tibol, él acudió al programa apelando a su derecho de réplica para responder a los cuestionamientos. Dijo de entrada que no quería polemizar con la especialista, a quien el día de la conferencia sobre Rosa Luxemburgo consideró como forjadora de una nueva línea de investigación... “crítica, no siempre benévola, pero siempre puntual y certera”. A decir de él la reunión de Dalí con Rodin no es una mezcolanza, sino un “diálogo propositivo que despierta nuevas propuestas”, una muestra que rompe los cánones establecidos, y se presentó así con “mucho éxito” en Perú. Negó que haya falsos en la colección, y dijo que ese tipo de comentario “generalizado” puede hacer daño a una colección que ha sido “muy cuidada por un equipo curatorial altamente capacitado”. La propia Tibol, concluyó este punto el director, dice sobre el supuesto falso “me parece” que... Y respecto de las versiones en el sentido de que Slim compra por lotes, abundó que cuando se habla de 66 mil piezas se debe acotar cómo se fue formando la colección, pues en sus inicios se adquirieron en conjunto las gráficas Galas de México, con los cromos de los calendarios, y las monedas, pero las últimas adquisiciones han sido “una a una” y las conocen gente como Tibol y otros críticos y “no hay duda de la procedencia”. Para finalizar negó que el museo carezca de un argumento, pues lo que a Tibol le parece una “mezcolanza”, para él es un diálogo entre los artistas mexicanos y los del resto del mundo.    

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