Acervos Soumaya y Blaisten, comparación "odiosa" pero obligada

lunes, 25 de abril de 2011

Andrés Blaisten aplaude la creación del recién inaugurado Museo Soumaya de Carlos Slim, si bien la museografía no es de su agrado, luego de guiar a Proceso por el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, que atesora los objetos artísticos de su pasión como coleccionista. En recuadro aparte se recogen testimonios inéditos de Ricardo Pérez Escamilla sobre el fracaso jurídico de las instituciones nacionales en materia de coleccionismo.

MÉXICO, DF., 25 de abril (Proceso).- Se dice que el coleccionismo en México no tiene una tradición arraigada que busque desinteresadamente impulsar el arte, sin verlo como una inversión o una forma de prestigiarse. Pero cuando se habla del tema, saltan siempre los nombres de Alvar Carrillo Gil y Marte R. Gómez como dos de los excepcionales coleccionistas de principios del siglo XX, cuya afición contribuyó a conformar parte del patrimonio cultural de la nación.

En la actualidad no parece haber muchos que disputen esa categoría a Andrés Blaisten, quien hace cinco años decidió compartir su acervo con el público a través de un convenio con la Universidad Nacional Autónoma de México, y abrió en 2007 el Museo Colección Blaisten en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco (CCUT), antes Secretaría de Relaciones Exteriores.

A raíz de las críticas que desencadenó la apertura del nuevo Museo Soumaya, donde se exhibe parte de la colección del empresario Carlos Slim, integrada por 66 mil piezas (Proceso 1798), el nombre de Blaisten se mencionó nuevamente como ejemplo de un coleccionista conocedor del arte, que no acrecienta su acervo porque sí, sino ha delineado con años de trabajo su perfil y busca con dedicación el cuadro que realmente le parece imprescindible. 

La crítica de arte Raquel Tibol dijo, en entrevista radiofónica con Carmen Aristegui, que en varias ocasiones ha pedido a Slim cinco minutos para decirle que el arte no se compra “en muchas cantidades” y un buen coleccionista, “digamos Carrillo Gil, Marte R. Gómez, los muy buenos coleccionistas de México, el propio Blaisten, van buscando cada pieza hasta con lupa, con documentación, hasta que dan con ella”.

Entrevistada la semana anterior por Proceso acerca de la colección de Slim, la historiadora de arte Teresa del Conde mencionó también a Blaisten y a su acervo como “la mejor colección de un particular que he visto... A mí me encanta, de ésta podría hablar mucho...”. Consultada por este semanario en 1995, tras un reporte publicado por Art News que incluyó a Blaisten en una lista de 25 coleccionistas mexicanos, la investigadora dijo:

“Debería de estar en un merecido primer lugar... Tiene los mejores Alfonso Michel, María Izquierdo, Tamayo (Naturaleza muerta de 1926, seudometafísica), Fernández Ledesma, cuadros de las Escuelas al Aire Libre, Guerrero Galván” (Proceso 981).

Renuente a las comparaciones, “porque no es justo” para nadie, así como a criticar la colección Slim o el Museo Soumaya, Blaisten afirma que “cualquier tipo de coleccionismo es válido, sobre todo cuando se habla de arte” y no se puede hablar de un factor común pues cada coleccionista es distinto, como diversos son los seres humanos.

Lo importante, dice afable, es la contribución del coleccionismo a la conservación del patrimonio artístico para el disfrute del público y de las siguientes generaciones, así como a la cadena de la distribución del arte, pues un artista produce para que sus obras lleguen a las galerías, de ahí a los coleccionistas y “las buenas obras terminan en los museos” donde el público las disfruta, cerrándose el ciclo.

Tras un recorrido por el Museo Colección Blaisten –guiado por él mismo– cuenta a Proceso cómo ha ido formando su conjunto, desde que estudiaba la licenciatura de Artes Plásticas en la Academia de San Carlos a finales de los años setenta del siglo XX. Ahí, al estar en contacto con artistas, decidió ser coleccionista.

 

Discurso alternativo y vocación

 

Desde entonces, Andrés Blaisten supo qué iba a coleccionar:

“Armé un guión curatorial imaginario de lo que me gustaría tener. Incluso hice un listado de los artistas que me interesaban y lo boletiné en las galerías de arte para que cuando saliera obra de ellos, me avisaran. Muchos de estos artistas estaban tan olvidados que las galerías no sabían; pero a medida que fueron saliendo las obras, tuve oportunidad de escoger y comprar las que me parecieron relevantes, así fui armando un discurso.”

Su intención fue mostrar la producción de la primera mitad del siglo XX que se hacía al margen de las políticas culturales (que dio impulso a la llamada Escuela Mexicana de Pintura). Deseaba dar cabida a lo que los artistas hacían por interés propio, como lo producido por las Escuelas al Aire Libre. Así se construyó un discurso alternativo, distinto de lo que “estábamos acostumbrados a ver. 

“A partir de mi colección se relee y reescribe mucho de la historia del arte mexicano porque se descubre que era mucho más amplio y rico de lo que a primera vista parecía. Esta es una labor que sigo en forma constante; sigo buscando obras, buscando artistas para la colección. Yo digo que la colección es una especie de rompecabezas: Cada pieza debe encajar correctamente en el lugar adecuado. No porque haya una pieza barata o de oportunidad la voy a adquirir, si no entra en la colección no tiene ningún caso.

“He tratado de ser muy disciplinado como coleccionista. No siempre se puede porque me gustan muchísimas cosas, me encantaría tener una colección enciclopédica y hay mucho arte de muchas partes del mundo que me fascina, pero ni tengo la capacidad económica ni el conocimiento. Entonces especialicé mi colección en arte mexicano particularmente de la primera mitad del siglo XX, aunque también tengo obras del siglo XIX, tengo una importante colección de arte colonial y de arte contemporáneo; pero el eje rector es la primera mitad del siglo XX.”

 

Los contrastes de Slim

 

Aunque Blaisten posee ese abanico de obras, indica que cuando decidió hacer el museo con la UNAM, definió que su vocación sería el arte moderno, para mostrar obras de las cuales carecían los museos oficiales, dedicados más a la Escuela Mexicana de Pintura. 

El empresario se dice orgulloso del museo pues ha sido bien acogido por la crítica y por el público, con lo cual cumple con su propósito de compartir su colección. Comenta que se mantiene atento a los señalamientos de los especialistas y se asesora con críticos de arte, curadores y gente del medio artístico no para sus adquisiciones, pero sí para intercambiar opiniones:

“Cuando adquiría una pieza les invitaba, ‘vengan a verla...’. Entonces la discutíamos, analizábamos la importancia de la época, del artista, la corriente estilística y demás, todo eso me enseñó, aprendí muchísimo. Con el tiempo, uno va adquiriendo más seguridad para adquirir las piezas, pero siempre estoy atento a lo me dicen, lo que la gente ve porque, bueno, uno nunca es dueño de la verdad, siempre hay que estar abierto a otras opiniones.”

La colección, dice, se armó con base al guión trazado desde hace cuatro décadas, y la expone de acuerdo con núcleos temáticos, estilísticos o cronológicos. Se exponen cerca de 130 obras realizadas entre 1900 y 1960, de acuerdo con los temas Modernismo, Nacionalismo mexicano, Escuelas al Aire Libre, Retrato, Autorretrato, Surrealismo y misticismo, y La vida cotidiana: 

“Nada extraordinario, trato de dar una coherencia en la lectura para que el público entienda qué pasó con el arte mexicano, cómo fueron avanzando las corrientes estilísticas, cómo evolucionaron los artistas. Trato de que sea didáctico y creo que lo hemos logrado, la gente en general queda satisfecha, entiende la exposición y le sorprende. Creo que no lo hemos hecho mal, de todas maneras siempre estamos abiertos a escuchar.”

Cuando se le comenta que Raquel Tibol lo menciona como un buen coleccionista, agradece pero indica que en realidad él no busca reconocimiento alguno. Colecciona porque es un apasionado del arte, de la calidad artística, y con los conocimientos que ha adquirido sobre historia del arte ha podido ser muy selectivo en sus adquisiciones:

“Deben ser obras de primerísimo nivel, con un contenido simbólico plástico y conceptual realmente muy profundo y a nivel de museo. No estoy adquiriendo piezas para decorar mi casa, son para compartir con el público. Desde la primera, el propósito fue compartir con el público, y busqué la excelencia de lo que hicieron los artistas.”

Las comparaciones entre su colección y la de Slim no se han podido evitar (Proceso 1798), y se le pregunta si conoce el acervo del propietario de Carso y el Museo Soumaya:

“Sí, quiero decir que no conozco extensamente la colección, he podido ver lo que se exhibe en el museo, pero creo que las comparaciones son odiosas. Así como no se pueden comparar dos artistas, dos coleccionistas son dos procesos diferentes, no creo sea comparable, no sería justo para mí ni para él, creo que hay que explorar lo que vale la pena de esto...

“Me parece plausible, primero, que un hombre dedique sus recursos para hacer un museo y comparta su colección, independiente de que nos guste o no. Eso como acto fundamental es importantísimo como ejemplo ante la sociedad y como ejemplo de una persona que está compartiendo con toda la sociedad algo de lo que la misma sociedad le dio.”

Las críticas, dice, no llevan a nada constructivo; es mejor considerar que todo es perfectible pues el recinto está naciendo e irá desarrollando su vocación con el tiempo, depurando sus colecciones, mejorando los aspectos museográficos, los discursos curatoriales y no duda que llegará a ser “uno de los museos más importantes de la Ciudad de México”.

–Se dice que un coleccionista se muestra a través de su acervo.

Andrés Blaisten responde que no es su propio caso aquí, si bien ciertamente hay quienes coleccionan por prestigio social (“pero es válido porque aunque sea ese el móvil, los lleva a coleccionar”).

–Haciendo a un lado la comparación, a usted como conocedor de arte, como visitante de cualquier museo, ¿le gustó el Soumaya, le gusta lo que se exhibe?

–Me gustó ver que un mexicano invierta la cantidad que invirtió en un museo tan importante, que ponga a disposición su gran colección, que ponga el ejemplo a muchos otros mexicanos que tienen la capacidad económica de hacer cosas por la cultura, es lo que me gustó.

–Pero el museo como espacio, no lo que haga Carlos Slim.

–El espacio es espectacular, por fuera es realmente muy atractivo, llama la atención, es un tipo de arquitectura de la cual no teníamos ejemplo en la Ciudad de México. Se agradece un tipo de arquitectura diferente. La forma como están dispuestas las obras probablemente no sea de mi gusto, pero es irrelevante, lo importante es la oferta cultural.

Para él se trata de una colección de “carácter enciclopédico” pues tiene piezas de muchas partes del mundo, de muchos temas, pintura, escultura, numismática, “en fin, es muy ambiciosa” y será labor de los especialistas apuntalarla para que luzca “al máximo su esplendor… hay que darle tiempo para ver cómo va madurando. No dudo que el señor Slim se va a rodear de gente valiosa para que la oferta sea de primer nivel, todo lo que ha hecho en su vida lo ha hecho bien y ha sido muy exitoso, no veo por qué no lo pudiera ser también en el museo”.

Dice para responder a una pregunta, que en ocasiones coincide con algunos coleccionistas en ferias de arte dentro y fuera de México, en museos, galerías o eventos sociales, e intercambian algunas opiniones, pero que en el caso de Slim, aunque los han presentado, él no lo ha tratado.

 

Del dinero malgastado

 

Cuando se le pide definir al coleccionismo, Blaisten dice con vehemencia que es “una gran pasión”, amor al arte, a sus productos y sus procesos, al afán de adquirir para compartir y sentir que otros gozan con una obra como lo hace él.

–¿Tienen algún beneficio por adquirir, quizá por repatriar ciertas obras, como lo tienen los creadores con la llamada colección Pago en especie? 

–No, los coleccionistas no tenemos absolutamente ningún beneficio de ninguna especie, aunque seamos tenedores de obras que son monumento artístico como en monumentos artísticos inmuebles.

Indica que en su colección cerca del 40% es obra repatriada, pues ha adquirido en subastas internacionales obras que salieron de México en la primera mitad del siglo XX, pero que no hay facilidades jurídicas, institucionales, ni en exención de impuestos para quien colecciona, cuando quien tiene una casa considerada monumento sí goza de exenciones de impuesto predial. En su opinión, el Estado debe apoyar para incentivar la cadena del arte.

–¿Es una deficiencia o carencia en las políticas públicas?

–No, creo que lo que debería haber en las políticas públicas son fondos, constantes para que los museos públicos y las instituciones adquirieran obra de arte. 

“El Estado tiene la obligación de que sus museos tengan acervos de primer nivel y también deberían depurarse, deberían tener programas constantes de adquisiciones. Pero programas inteligentes, no emergentes.”

En 2010 se autorizaron 100 millones de pesos al Instituto Nacional de Bellas Artes para la adquisición de obra, proyecto cuestionado por despilfarro y falta de claridad (Proceso 1773).

El coleccionista señala que muchas de las adquisiciones son: “¡Salió el presupuesto, vamos a comprar!”, y se hacen con premura para no tener subejercicio; entonces, no siempre se adquiere lo bueno y llegan a los museos “de primer nivel”, obras “de segundo”. Eso “no sirve de nada, es dinero malgastado”. Los fondos tendrían que ser revolventes y acumulables para esperar el momento en que salen a la venta obras realmente buenas y las adquisiciones deben hacerse “consensuadas con una junta de expertos para llegar a la conclusión de que la obra que se adquiere es la adecuada”.

–Hacía mucho que el Estado no destinaba recursos…

–Sí, ya es ganancia; pero es un presupuesto que sale en octubre y si no se lo gastan, lo pierden y los regañan porque es subejercicio. No creo que sea lo más sano, no se puede comprar arte así.

–Es una de las críticas a la colección de Slim: que compra porque hay la oportunidad y que, incluso, lo hace por lotes.

–Eso no me consta, se lo he oído a la maestra Tibol… 

Suspira y sentencia que, por lo general, “cuando una obra es barata, es mala”, por ello se debe tener cuidado al adquirir arte, pues su único valor es artístico. Tampoco significa que una obra cara sea necesariamente buena, “más bien hay que comprar con inteligencia”. Cita que él ha adquirido grandes obras de artistas no muy cotizados, y en contraparte, no tiene obras de Frida Kahlo, ya que no tiene recursos para hacerlo.

“Creo que ahí interviene la inteligencia, el gusto selectivo para adquirir obras de arte. No estoy diciendo que el señor Slim no lo tenga, ¿eh? ¡Que quede claro!”

–Usted dice que una mala obra en el mejor museo seguirá siendo mala. ¿Y una obra buena, mal colocada o con mala museografía…?

–No va a lucir, pero la obra ahí está. Si está en diálogo con otras obras de su nivel, se ve su máxima capacidad; si la ponemos en un contexto mediocre, entonces puede pasar inadvertida.

Quizá, añade, sólo puedan detectarla los conocedores de arte como Raquel Tibol. Refiere entonces que cuando ella afirma que en el Soumaya hay de “chicha y limonada” es porque se exponen cuadros de una tendencia y de otra, sin explicación, cuando tendría que haber una especie de lectura, como una palabra que lleva a otra, y en el conjunto dicen algo al público.

Pero insiste para finalizar, en que el museo de Slim va naciendo y eso ya es “una buena noticia” porque no hay muchos proyectos así de parte de la iniciativa privada, “lo que debemos hacer es sumarnos para que sea exitoso”.

El Museo Colección Blaisten puede visitarse de martes a domingo de 10:00 a 18:00 horas.

 

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