Dos entrevistas con Gonzalo Rojas

jueves, 28 de abril de 2011 · 01:00

MÉXICO, D.F., 28 de abril (apro).- El lunes pasado, tras una hospitalización de dos meses en Santiago de Chile, falleció a los 93 años Gonzalo Rojas, uno de los más importantes poetas latinoamericanos, quien se hizo acreedor a los dos más renombrados galardones de la lengua española, el Reina Poesía de Poesía Iberoamericana (1992) y el Cervantes (2003).

Con ocasión de este último, en la capital chilena fue entrevistado por el escritor Rafael Vargas, entonces agregado cultural de la embajada de México en Chile. Cuatro años después, ya en México, en otra entrevista recreó las relaciones entre Rojas y los escritores mexicanos. Ambas fueron publicadas en la revista Proceso: la primera, el 21 de diciembre de 2003, y la segunda el 12 de abril de 2007, y se reproducen a continuación.

 

Gonzalo Rojas: “Para publicar me demoré incesantemente”
Cuando uno se entera de que Gonzalo Rojas ha sido distinguido con el Premio Cervantes, se antoja pensar que, de haber sido contemporáneos, Cervantes habría hecho figurar a Rojas en el centenar de estrofas de su Canto de Calíope, catálogo de elogios y homenajes dedicados a quienes veía como colegas o maestros dignos de reverencia en las dos orillas del Atlántico. Probablemente a Rojas le habría dedicado líneas así:

En don Gonzalo Rojas os ofrezco
un vivo raro ingenio sin segundo;
con sus obras me alegro y enriquezco
no sólo yo, mas todo el ancho mundo.

 

En verdad, la obra de Gonzalo Rojas alegra y enriquece a sus lectores con su enorme carga anímica. Hay en ella una energía, una corriente eléctrica que vigoriza el corazón e hincha los pulmones, y un juego sonoro y una musicalidad que el oído se ve movido a la danza y estremecido por el beso de la sílaba.

Gonzalo Rojas es un maestro de verdad y es una magnífica noticia que su poesía sea premiada porque en la resonancia del premio cabe la esperanza de que se vuelva cada vez más leída, y que como fruto de esa lectura el fulgor y el frenesí del mundo se multipliquen y seamos, como quiere el propio Rojas, oceánicos y libérrimos.

Sin embargo, los premios suelen ser también apremios, y conllevan un inevitable impuesto de entrevistas que el homenajeado se ve obligado a pagar, aunque insista en cada ocasión que lo que verdaderamente cuenta ya está dicho allí, en sus obras. Rojas ha dado en estos días respuesta a las numerosas preguntas que le han hecho periodistas de todas partes y acaso por eso en estos días se siente cansado y ha viajado a Santiago para someterse a una revisión médica:

“La huesería se enoja y protesta --dice-- y me ha puesto el esqueleto muy doliente. No me ha quedado sino someterme a todas las mesuras, mediciones y auscultaciones que se puedan concebir."

Este 20 de diciembre, Gonzalo Rojas cumple 86 años y a causa de ello uno también se vuelve impertinente y quiere saludarlo y conversar con él, aunque sabe que el mejor regalo sería mantenerse a una discreta distancia y leer a solas --con el poeta-- estos versos de “20 de diciembre”:

Cualquiera sea la vibración uno es de estiércol y envejece por las puntas, el responsable es el aroma terso de la piel que no está bien curtida para un uso glorioso, ¿qué haremos este diciembre, exactamente este veinte de diciembre, qué haremos a las dos de la mañana recién paridos como estaremos nuevamente llorando desnudos otra vez cabeza abajo, al alba, hasta la asfixia sin madre, sin ni un minuto más que cumplir, sin ni un minuto más que querer cumplir, Resurrección: ¿qué haremos?

Haciendo gala de paciencia y cortesía, Rojas nos cuenta que tiene listo un nuevo libro de poemas, Del loco amor:

“Un título que remite al Arcipreste de Hita y, desde luego, a André Breton, en cuya casa estuve el otro día en París. Contiene un porcentaje de textos nuevos y un sector de textos ya conocidos. Yo no diría que son poemas recientes, porque todos los poemas se han venido hilando desde siempre con el mismo hilo, con el mismo deshollamiento que llamamos amor. Me gustaría publicarlo en México y me gustaría viajar a México. México me es absolutamente necesario y quisiera estar allí ininterrumpidamente.”

Y el cariño es por completo correspondido. En México Rojas ha encontrado muchos lectores importantes e inteligentes, desde Octavio Paz (quien quiso que el primer premio de la Fundación que llevaba su nombre le fuera otorgado a él), hasta poetas, ensayistas y estudiosos, como Jaime Reyes, Adolfo Castañón, Fabienne Bradu y Jacobo Sefamí, por mencionar sólo a algunos. No es, desde luego, el único país donde se le admira. Y aquí mismo, en Chile, aunque algunos se sientan irritados porque el Cervantes le haya sido concedido a él y no a Nicanor Parra, un gran número de jóvenes lo lee con entusiasmo.

Sin embargo, en ningún país se han editado tantos libros suyos como en España. En este último mes acaban de publicarse dos: No haya corrupción, bajo el sello catalán “La poesía, señor hidalgo”, e Inconcluso, impreso por la editorial universitaria de Alcalá --el terruño de Cervantes, precisamente.

“No preparo libros con la intención de construir un muro, uno sobre otro, sino jugando a la espiral, dejando que cada uno adquiera en su giro su velocidad. Pero aunque a veces ocurren conjunciones, como ahora, nunca me he precipitado. Hay tanto derramamiento gratuito... Gracias a eso los dioses me han dado una edad mayor, porque no ando apurado. Para publicar poesía me demoré incesantemente. Desde joven aprendí que no es necesario tener urgencia. El ocio, que es nuestro hermano mayor, nuestro padre, me aconsejó que no me diera prisa. No se hace el amor de prisa; no se bebe de prisa, no se puede comer de prisa. Hay prisa, sí, en consumir, en globalizarnos, en ir de un lado a otro sin objeto. Yo prefiero detenerme con frecuencia. Dejar que el viento de la cordillera --se refiere a los Andes-- me acaricie la nuca.”

 

Gonzalo Rojas, hombre de México
Gabriela Mistral y Pablo Neruda vivieron en México en los años veinte y cuarenta, y en ambos casos la experiencia de su estadía se tradujo en páginas notables. Aun sin haber residido aquí, otro gran poeta chileno ha trabado una relación igualmente estrecha con México y también la ha expresado por escrito. De ello da cuenta en esta conversación realizada durante su reciente visita.

“Cada amanecer, al saltar al mundo desde la sábana digo en alta voz México. México, y no es por ritualidad ni por fijación sino por encantamiento. (…) Lo vi antes de verlo como nos pasa con el sol (…) ese México único de la imaginación y del coraje, del coraje y la imaginación, que pintó la pintura como ninguno, cuyo ojo, cuya mano, cuya oreja con guitarrón y todo hicieron mil veces el planeta desde la tradición a la invención. (…) No es mía la nostalgia, pero siempre irán conmigo tantas figuras del gran México…”

Las anteriores son líneas extraídas del texto “Hambre de México”1, del chileno Gonzalo Rojas, uno de los poetas enormes de nuestra lengua, de visita en México la semana pasada para participar como principal ponente en un ejercicio de reflexión sobre “La imaginación”, organizado por el capítulo mexicano de la fundación homónima de Rojas que se realizó en el marco del XXIII Festival de México en el Centro Histórico.

De 89 años de edad, Rojas se ve siempre poseído de entusiasmo y vigor, gracias a los cuales durante su estadía se dio tiempo para ser investido --merced a su “trayectoria poética excepcional”-- como doctor Honoris Causa por la Universidad del Valle de México; brindar una lectura de sus poemas en la Casa Refugio Citlatépetl y presentar allí mismo Duotto, un libro impreso en México hace poco más de un año (ver recuadro); encabezar la reflexión mencionada y, un par de días después, pronunciar una conferencia en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey. De México viajó a Europa: lo esperan en España y en Alemania. El 19 de abril estará en Bogotá para la inauguración de la feria del libro, cuyo invitado de honor es Chile.

Rojas ha señalado en varias ocasiones que disfruta de una renovada lozanía, una “reniñez”, y lo que escribe --lúcido, lúdico-- lo refrenda.

--“Hambre de México”(1) es una declaración de amor en toda forma.

--Todo lo que cuento en ese papel es así, no soy obsequioso. Y es sólo una parte, porque México es inmenso, en tiempo y a todo lo largo y ancho.

--¿Cómo fue que acabó exiliado en Venezuela y no llegó a radicar entre nosotros?

--Yo estaba en La Habana, era encargado de negocios de la embajada de Chile en Cuba, y un funcionario de la embajada mexicana --no vale la pena recordarlo-- me dijo que no era posible concederme el asilo en México. Llegué a la Alemania Democrática en calidad de profesor, pero, aunque me pagaban, nunca di clases y busqué otros aires. Me contrató la Universidad Simón Bolívar, de Venezuela. Una semana después de acordar que me iría a Caracas, mis amigos me avisaron que México me recibiría, pero yo ya había dado mi palabra.

--Habría sido un profesor muy querido en la Facultad de Filosofía y Letras.

--No se me dio vivir en México. Pero mi cerebro ha vivido en México.

--¿Cuándo vino por primera vez?

--Yo llegué tarde a México. La primera vez vine en 1953. Viajé en un tren de Santiago a Buenos Aires, de allí a Veracruz en un barco de carga. Estuve nueve o 10 días, siempre encantado.

--Era todavía el México de Diego Rivera, que ese año había estado en Chile, para un congreso que organizó Pablo Neruda. Diego viajó a Concepción gracias a los empeños de un pintor local, un médico de nombre Hernán San Martín. Dio una conferencia en el salón de honor de la Universidad de Concepción. Al día siguiente fuimos al mercado a comer mariscos, y un terremoto sacudió la ciudad con mucha violencia. Diego se mantuvo sereno y me dijo: “Vamos a la esquina para ver mejor”. Lo recuerdo caminando por las calles aledañas al mercado. Nunca he visto zapatos tan grandes.

“Mi segundo viaje fue más bonito. Fue en el 58. Yo trabajaba en la UNESCO, con Roger Caillois, y me gané un premio, una beca. Le pedí que preguntara a nuestro jefe, Ignazio Dandolo, si esa beca me permitiría viajar a donde yo quisiera. Me dijeron que sí y me fui a China, fascinado por unos artículos de Raymond Cartier que había leído. En China me encontré con un pintor compatriota mío, José Venturelli. En fin, al regresar de China el barco hizo escala en México, y aunque estuve muy poco tiempo, fue como si volviera a ver el país por vez primera. Sentí su enorme grandeza.”

--Para entonces ya había leído a varios escritores mexicanos.

--Por supuesto. A López Velarde, que influyó mucho en los Veinte poemas de amor de Neruda --me lo dijo el propio Neruda--. Y desde los cincuenta me interesaba mucho Octavio Paz.

“Paz tenía su luz propia desde los años cuarenta, cuando publicaba en El Hijo Pródigo, que llegaba a Chile por barco. Allí leí las primeras cosas suyas. Y otras gentes me habían hablado ya de Paz. Con Pedro Pacheco leíamos los papeles de Paz. Y Eduardo Anguita, que había vivido en México como agregado cultural de la embajada chilena. Él dio cuenta en Chile de quién era Octavio Paz. Además, leíamos sus colaboraciones en Sur, la revista de Victoria Ocampo.

“En 1957, cuando llegaron a nuestras librerías algunos ejemplares de El arco y la lira y Libertad bajo palabra, Octavio ya contaba con lectores muy atentos entre nosotros.”

--¿Cuándo lo conoció? Usted ha contado que fue a buscarlo a su oficina en la Secretaría de Relaciones Exteriores, en la época en que él era director de Organismos Internacionales.

--Volví en abril del 59. Me alojé en un hotelito modesto en la calle de Jesús Terán 35, que recuerdo muy bien. Dos días después lo fui a buscar. Cuando llegué a su oficina lo encontré tecleando. Paz fue muy abierto y muy generoso. Me presentó a su madre. Me presentó a Juan Soriano y a muchos otros muchachos. Hablamos mucho de poesía, de Huidobro, que le interesaba especialmente.

--¿Paz nunca le manifestó interés por ir a Chile?

--Sí, hablamos de eso algunas veces. Hubo un intento, tardío, de que fuera en el 94. Ya su salud no lo permitía.

--Además de él, ha tenido muchos amigos aquí.

--De muchos años, como Jaime García Terrés. Lo recuerdo en el primero de aquellos encuentros que organicé en Concepción.(2) La suya era la mejor revista de la época.(3) Jaime fue uno de los pocos valientes que se animó a bajar a la mina de carbón a miles de metros bajo el mar. También recuerdo a Carlos Fuentes. Ahora hace tiempo que no lo veo. Siempre he tenido amigos en México.

“Cuando vivía en La Habana con Hilda, mi esposa, vinimos muchas veces. Y siempre quiero volver. Quiero regresar a Chihuahua, quiero conocer Oaxaca, la tierra de Toledo.

“Yo me cierro en un par de años. Eso es así no más y no importa. Pero antes quiero volver a México.”
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(1) “Hambre de México”, en Líneas de fuga. Revista de la Casa Refugio Citlatépetl, número 19; México, julio de 2006. Pp. 6-8.
(2) Rojas se refiere al “Primer Encuentro de Escritores Americanos”, que organizó en enero de 1960 en la Universidad de Concepción y al cual convocó a muchos de los más distinguidos hombres de letras de todo el continente, incluyendo autores estadunidenses.
(3) La Revista de la Universidad de México, que García Terrés dirigió de 1953 a 1965.

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