Postal de un zarpazo

domingo, 3 de abril de 2011

PUEBLA, 4 de abril (apro).- En San Nicolás los Ranchos, Puebla, no hay más alegría que la de ser un hombre bien vestido, tener un disfraz de zacapoaxtla y salir en marzo a bailotear por las calles del pueblo. En San Nicolás de los Ranchos no hay peor pesadilla que la de ser un xinacate, unirse al sendero de hombres pintados de negro que danzan y pintan a quien se les cruce enfrente.

 

Antaño, los xinacates salían con tizne en el cuerpo y máscaras de xitle (un antifaz de madera) para pedir el buen tiempo. Se pintaban el pecho de negro para que la cosecha de frijol ayocote (un frijol más grande que el que conocemos) fuera fructífera. Otros se pintaban de plateado para evitar el granizo en las faldas del volcán Popocatépetl.

 

En San Nicolás, los pintados no hablan náhuatl, ni esperan buena cosecha, si acaso una borrachera, un par de cigarrillos y una mujer para seducir. Si acaso esperan pronunciar enfrente de los turistas la palabra que les queda de herencia: xinacate (sin ropa). La palabra tiene que ver con la sensación de una ostra que atrapa una perla en su interior: nadie sabe qué significa hasta que se pone un collar y lo presume en sociedad.

 

En San Nicolás son días terribles en los que todas las mujeres huyen de los hombres pintados. Hombres que bailan junto a montículos de tierra fofa y casas deshabitadas. Hombres que corren frenéticamente y levantan una tolvanera. Muñecos de cera que asustan a los poblanos con zarpazos de pintura en la cara. Títeres hechizados por la bruja de la tradición.

 

Estamos bajo un volcán. Todo el mundo come, bebe y baila. Entre el tumulto está Moy; baila con media docena de demonios. Parecen gitanos en su pueblo, algunos les escupen y otros corren para no ser manchados.Un zacapoaxtla se desplaza entre los xinacates evitando rozar su traje (cada vestido cuesta entre 5 mil y 10 pesos). Sale sin manchas.

 

Moy es un fumador viciosísimo. Arroja la ceniza, se dispersa en el viento. Inhala como si quisiera reventarse los pulmones. Un zacapoaxtla le extiende una botella de Jarana. Moy tiene los ojos colorados de tanto tequila.

 

—Un tafiro ‘ijo si no quieres que pinte a tu hermana

—¿No traes algo acá chingón? ¿mota?

Su amigo le extiende un encendedor con tal rapidez, que parece que ya ardía desde el momento en que lo sacó.

—¿A poco nunca le has quemado?

Su amigo negó con la cabeza.

—De lo que te pierdes ‘ijo—dijo el Moy exhalando el humo. Su amigo se guardó el encendedor en el calcetín, incorporándose para bailar de nuevo.

 

Una mujer con un vientre parabólico observa la danza —que es una batalla— entre los zacapoaxtlas y los pintados. Sus cadenas chillan como los recién nacidos que lloran cuando pasa el diablo. Moy en los días de carnaval pretende ser discípulo del diablo.

 

El aire está terroso, como acabado de cosechar. Dos pintados orinan a espaldas de la iglesia de San Nicolás. Sacan afuera toda la cerveza que robaron de la tiendita. Junto a ellos un zacapoaxtla con una máscara barbuda acciona su mosquetón. Un pintado con una máscara de la muerte sale reptando entre Moy y Catita.

 

Catita es una núbil poblana. Con el rostro encendido, ojos de muñeca y cara de risa. No sabe porque salen todos pintados a pedir dinero y “a molestar”. Creció como una cebolla en la tierra. Cuando era niña sus ojos lloraban con facilidad y a menudo permanecía callada ante las siluetas haraposas de los pintados. Ahora sus manos se escurren como un pez en los brazos encebados del Moy.

 

Moy es un muchacho lampiño, un monstruo encantador y terrible. Sale los días de carnaval para echar desmadre, “para pasarse de verga”, dice. “Ahora la tradición ya se mezcló con el alcohol y la música. Es una fiesta”, asegura mientras se desvanece la pintura sobre sus pectorales.

 

Moy se arrojó a Catita como un nadador en el mar —primero las manos, luego la cabeza—. La escena le da un poco de paz a la estridencia de los tambores. El Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, el guerrero y su mujer dormida.

 

La calle ya tiene su collar de luces y el sol rebota en las ventanas de las casas. Seis xinacates arrastran los pies como si fueran cadenas. En los postes descansan perros color mostaza.  Junto a ellos un borracho está a punto de levantarse de la tierra, como el volcán Popocatepetl que emergió del fondo y en unos minutos vomitaría lava.

 

En el horizonte, los zanates ya aletean en parvada: pájaros feos, negros, demasiado largos y de torpes colas largas. Cuando se acercan resuenan con sus chillidos incesantes, estridentes y mecánicos. Es una señal inequívoca del final del carnaval.

 

Serpientes de faroles encendidos tintinean en los postes. A esa hora San Nicolás cobra una elegancia irreal. Los sonidos de la fiesta y la música callaron ya. A lo lejos una columna de humo llega hasta el cráter del volcán. Las combis traquetean en la orilla de la carretera. En el crepúsculo el Popocatepetl adquiere un aspecto aterrador.

 

El vapor es una ducha de niebla. Sin zacates los pintados se quitan el tizne de la piel. Baño con jaboncitos de hotel de paso. Los dedos de Moy están arrugados, endurecidos. Su espalda tiene motas de grasa como si un trailer le hubiera pasado encima. Sale del baño como de un sueño. Moy bosteza. Ya vendrá otro carnaval.

 

 

 

 

 

 

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