El derecho a la cultura, debate vigente

viernes, 8 de abril de 2011

MÉXICO, D.F., 6 de abril (apro).- El 2 de octubre de 2008, la LX Legislatura de la Cámara de Diputados aprobó por unanimidad reformar los artículos 4º y 73º constitucionales para establecer el derecho de los ciudadanos al acceso y disfrute de los bienes y servicios culturales que se ha resumido como “derecho a la cultura”.

El antropólogo y doctor en derecho Bolfy Cottom, investigador de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), que siempre manifestó su desacuerdo con esa expresión, explica que la idea es errónea e incluso puede resultar racista e integracionista:

“Su contenido por donde se le quiera ver es discutible, pues parte de un falso supuesto de que la gente es inculta, y el Estado debe darles el derecho a ser cultos, lo que significa erigir al Estado en un ente omnipotente, capaz de estar por encima de la condición humana misma, algo así como un panteísmo, lo cual es inadmisible.”

El especialista acaba de publicar bajo el sello de la editorial Miguel Ángel Porrúa el libro Los derechos culturales en el marco de los derechos humanos en México, en el cual recuerda que la reforma al 4º constitucional se dio en medio de fuertes polémicas, porque al tiempo que se pretendía incluir el “derecho a la cultura” se hizo evidente el desdén del Estado a la educación pública, el desmantelamiento y abandono de la instituciones culturales, o “en el mejor de los casos de la conversión de éstas a una especie de agencias turísticas y de entretenimiento”.

Reconoce sin embargo que en la reforma se habla del ejercicio de los derechos culturales, que “es más afortunado”, y dice que será ese el concepto que habrá de fortalecerse en el futuro inmediato fundamentalmente a través de la educación. Define en su nuevo libro:

“…un derecho cultural es aquel derecho humano que corresponde a toda persona por el simple hecho de pertenecer a una cultura (entendida ésta como una forma de ser, de vivir, de concebir la vida misma individual o colectivamente), asumiendo que todo ser humano no sólo pertenece a una comunidad cultural (o varias comunidades culturales) cualquiera que sea, sino que a su vez es creador de la misma en esa dialéctica constante que caracteriza ese fenómeno humano.”

Y aclara de de ningún modo puede entenderse que los derechos culturales son una prebenda, privilegio o favor que el Estado concede a la sociedad, sino por el contrario ésta debe pelearlos, defenderlos, exigirle al Estado que los respete y hasta obligarlo a atenderlos para hacerlos reales.

El libro de 82 páginas se divide en tres apartados, además de la introducción: Antecedentes; Los derechos culturales en el análisis de los documentos de derechos humanos; y El derecho al acceso a la cultura.

En las primeras páginas del volumen, Cottom hace ver que los derechos culturales (incluidos entre otros la identidad, el patrimonio cultural, la educación, la información) no están desvinculados de los derechos en general y, por tanto, están condicionados a la resolución de problemas de orden estructural de toda la sociedad “incluyendo los poderosos países desarrollados, más aún cuando estos fortalecen su actitud racista, segregacionista y discriminatoria --como es el caso de algunos sectores y de la autoridad del estado de Arizona--, persiguiendo, cazando y expidiendo leyes antiinmigrantes, olvidando deliberadamente que aquellos territorios en realidad nos pertenecen y son ellos quienes por los medios que sean nos los arrebataron”.

De hecho, considera difícil y hasta no duda que pueda parecer “frívolo” hablar en este momento en México de los derechos culturales “cuando muchas personas y comunidades libran sendas batallas por preservar su vida; pensemos en aquellos que son víctimas de quienes asociados tienen como forma de resolver sus confrontaciones y defender sus intereses, la violencia cuya máxima expresión es la muerte”.

Pero pese al sentimiento de desesperanza que percibe en la sociedad, pese a la descomposición social, la violencia, la corrupción, la politiquería y otros males que él señala, plantea la necesidad de defender y pelear por las historias y riquezas humanas, entre ellas la comprensión y defensa de los derechos culturales, de las cuales dependerá el futuro del país.

“Así pues, tengamos siempre presente que la formación de una serie de derechos humanos es sólo eso y que la realidad es mucho más ancha y desafiante, lo cual implica, como siempre, enseñarle al Estado cuáles son sus alcances y cuáles sus límites. Pero también debe ser un llamado de atención a la sociedad misma en el sentido de que, o toma conciencia y se compromete consigo misma, o el declive y decadencia la llevarán al colapso.”

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