"El lago de los Cisnes" en Chapultepec

viernes, 8 de abril de 2011

MÉXICO, D.F., 6 de abril (apro).- El Lago de los Cisnes (1877) es el primero de los tres ballets que escribió Tchaikowsky (1840-1893) y que lo volvieron inmensamente famoso por su música exquisita. Se trata de un compositor muy cuestionado por los supuestos eruditos de la música, pero amado por el juez supremo: el público.

Desde hace 35 años, la Compañía Nacional de Danza (CND) del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) escenifica un espectáculo sin igual: la versión abreviada de este ballet.

La cita es en un lugar ya de suyo mágico: el lago del Bosque de Chapultepec, que a las 20:00 horas está sumido en la oscuridad y el silencio. Lo poco que se alcanza a ver es la tranquila superficie líquida donde se desliza un enorme cisne blanco y más allá dos pequeñas isletas. Nada que podamos ver o escuchar presagia el hermoso espectáculo que estamos a punto de presenciar.

Comenzamos a escuchar la música y la voz de un narrador que nos pone al tanto de los pormenores del cuento. A lo lejos se ilumina un espacio, las faldas del Cerro del Chapulín, donde contemplamos sorprendidos a varios caballeros medievales ataviados para torneo, en los lomos de briosos corceles, y lanza en mano galopan unos contra otros escenificando la contienda.

A la izquierda otro escenario más cercano que no habíamos atisbado emerge de la oscuridad, y ahora la Compañía en pleno representa la fiesta en el castillo del príncipe Sigfrido, quien cumple años y, por ser mayor de edad, en breve debe elegir esposa de entre las doncellas casaderas de su corte.

El príncipe y sus amigos se dirigen al lago cercano para una cacería nocturna. Ahora vemos embarcaciones que, conducidas por un par de remeros, depositan a los jóvenes amigos en la isleta principal. Vamos de una sorpresa a otra. Mientras la tranquila y templada noche contribuye con su placidez al desarrollo del ballet, en lo alto brillan las estrellas enmarcadas por un cielo desprovisto de nubes.

Al desembarcar en la isla, los chicos contemplan el espectáculo de las jovencitas, a quienes el malvado brujo Von Rothbart ha convertido en cisnes, pero a media noche recuperan su forma humana. El príncipe Sigfrido descubre a la hermosa Odette, el cisne blanco, y se enamora de ella.

Pero el brujo, que se nos muestra en la pequeña isla del lado derecho, rodeado de luces mágicas, humo y efectos pirotécnicos, está dispuesto a dificultar este nuevo amor e interpone entre ellos a la seductora Odile, el cisne negro, aunque al final triunfa el amor.

Hay varios finales alternos para este ballet: en uno, al no poder romper el hechizo, los dos enamorados se lanzan al lago y mueren, lo cual mata al malvado mago y libera del maleficio a las chicas convertidas en cisnes. Otro es el consabido final de “y vivieron felices para siempre”. En un tercer desenlace, Odette se suicida tras despedirse del mago y de su enamorado.

Y aquí viene muy a cuento la recientemente laureada película El Cisne Negro, con Natalie Portman, que narra, tal vez un poco exagerado, los avatares de una joven bailarina durante el montaje de este ballet.

Año tras año ha mejorado esta puesta de la Compañía Nacional de Danza, hasta convertirse en el sorprendente espectáculo que es hoy día. Un mes antes de la temporada, decenas de expertos electricistas e iluminadores comienzan a introducir en el fondo del lago tuberías especiales que contienen cableado eléctrico y para audio, e instalan focos, luminarias, bocinas, fuegos pirotécnicos.

Todo queda oculto a la vista del público que acude masivamente --aun cuando casi no hay publicidad-- a disfrutar de esta propuesta única, que sabe aprovechar al máximo los elementos disponibles.

En un teatro no podría haber barcas, lago, caballos, etc., pero el teatro resulta, hay que decirlo, menos tedioso para los bailarines que deben soportar frío y exceso de humedad en el ambiente, que a veces produce resbalones. Además, hay mosquitos y otras incomodidades, lo cual supone un sacrificio de su parte, pero es recompensado con creces por el éxito de cada una de las funciones.

Nos gustaría, pues, ver algún día El Lago de los Cisnes con la CND en su sede principal, el teatro de Bellas Artes, pero en la versión original de tres horas (la del lago dura escasamente 70 minutos).

Y algo todavía se puede mejorar: la banda sonora de música, que por ser algo antigua está muy lejos de lo que hoy se conoce como alta fidelidad, así que ojalá pronto se pueda hacer una nueva grabación con la Orquesta del Teatro de Bellas Artes.