La paja en el ojo ajeno y

viernes, 6 de mayo de 2011

MÉXICO, DF, 4 de mayo (apro).- Pues sí, estimados lectores, este milenio tan promisorio en lo que respecta a la ciencia y la tecnología, tienen que confesar que es un desastre en lo que se refiere a ustedes, los humanos. Admítanlo.

Hay estudiosos de lo social que dicen que la culpa de todos los problemas que los angustian en esa su sociedad globalizada en que viven se deben a las derechas; otros, por lo contrario, afirman que a las izquierdas y, otros más desmintiendo a los anteriores, aseguran que la clave está en que ya son demasiados para el pobre planeta que tiene que soportarlos: la Tierra.

Por otra parte, ¿Qué dicen las elites, esto es, las minorías dentro de la sociedad global que ocupan lugares de poder y privilegios por su organización en los renglones de riqueza, saber o por funciones de mando y control? Ninguna de las personas que las representan y forman parte de dichas elites y sus voceros les gusta asumir, quedarse con la papa caliente de la responsabilidad y se la pasan a otros. Los políticos se quejan amargamente de que la economía, las leyes del libre mercado competitivo, que obligan a la privatización de todo, incluso de la dignidad individual, les ha restado y sigue restándoles poder de decisión, o sea, para gobernar como es debido. Los ricos y sus voceros orgánicos, que no son pocos, propalan en todo lugar y en todos los tonos, que la culpa es de los políticos, que no son capaces o no tienen la voluntad de comprender las reglas del juego económico y también de los pobres por sufrir del mismo mal, por lo que ellos, los ricos, la iniciativa privada, que saben hacer más y mejor las cosas, no pueden implantar el paraíso prometido por el neoliberalismo. Los pobres, los que tienen como único capital su trabajo físico o mental, contestan airados que el problema está en el mal reparto de la riqueza.

Entre esos estudiosos de los social, los hay quienes aseveran que los daños que los afectan tan negativamente son causados por la ciencia y la tecnología, sobre todo la denominada de punta, que está haciendo cada vez más prescindible el trabajo humano e incluso está convirtiendo en obsoleto al hombre mismo.

A esto replican otros que el problema no son ni la ciencia ni la tecnología, sino más bien el uso desorganizado e irresponsable tanto de una como de la otra. Otros más opinan que se debe ponerles freno e incluso, en algunos campos, darles marcha atrás y no faltan, por supuesto, los que expresan y sostienen que la solución del problema está en acelerar al máximo a la una y a la otra.

Ante estas contradicciones generadoras de una comedia de equívocos que evade asumir responsabilidades, es un alivio ver cómo la Iglesia católica y sus voceros, tanto eclesiásticos como seculares, sin pausa martillan sobre el mismo clavo: el que señala que el desastre del humanismo que padecen, su falta de solidaridad hacia el prójimo que tanto abunda en esa su globalizada sociedad, se debe a una crisis moral, consecuencia de una mala y hasta nula educación espiritual, que ha dado y da una crisis de valores que lleva a la indiferencia, cuando no al rechazo de los mismos, con lo que se cae en un círculo perverso, de pecado, como dice la Iglesia de Roma.

Esta servidora le concede toda la razón a la Iglesia romana, pues sabe muy bien de lo que habla, pues, ¿no ella misma ha sido y continúa siendo víctima y protagonista de escándalos de desatención y hasta encubrimientos cómplices del nefando pecado, como ella misma lo califica, de sodomía, llevado a cabo por curas, del horror de sacerdotes pederastas, del error de que clérigos, con el pretexto de ejercer su libertad de expresión, intervengan arrogantemente en política, satanizando esta o aquella idea social, sembrando de esa manera la discordia entre sus feligreses? ¿Con ello no traicionan la doctrina de amor de su fundador, el que declaró que su reino no es de este mundo? ¿Es que se consideran más sabios que Cristo? ¡Qué lástima que no pocos de esos pecadores sean producto de las enseñanzas y de la ecuación tan esencialmente espirituales de la misma Iglesia de Roma!

Ante estos hechos irrefutables, su servidora considera que lo único que les queda a los humanos para salvarse del error y así evitar la barbarie, es que todos, pero muy en especial los que tienen el poder de decisión en lo político, en lo económico, en lo industrial, en el comercio, en los medios y en lo religioso, esto es, en las llamadas y consideradas columnas de la sociedad, hagan bueno el sabio refrán popular de “el buen juez por su casa empieza”, o lo que es lo mismo: que dejen de ver la paja en el ojo ajeno y presten más atención, tengan más en cuenta la viga en el propio.

Estimados lectores de la presente: ¿creen ustedes que eso sea posible?

Deseando lo mejor a todos y cada uno de los humanos, pues mucho lo necesitan.

LA VIGA EN EL OJO

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