Fallece el periodista Emilio Hernández; formó parte de Proceso

jueves, 1 de noviembre de 2012
LEÓN, Gto. (apro).- En esta ciudad falleció ayer el periodista Emilio Hernández Muñoz, quien por una década formó parte de la redacción de la revista Proceso. Entre 1978 y 1988, Emilio Hernández escribió para la sección de Deportes, de la cual pasó posteriormente a la de Información Política y Social. Tras de sí, deja una larga trayectoria que pasó por la hechura de periódicos como El Sol de León en los años sesenta; su consolidación periodística en Proceso; la academia como profesor de varias generaciones en universidades como La Salle Bajío y el Tecnológico de Monterrey en León, así como la asesoría en comunicación a varios alcaldes de esta localidad. Al recordarlo ante familiares, amigos, colegas y exalumnos en el velatorio Gayosso, sus hijos Francisco y María Eugenia fueron desgranando las tantas anécdotas vividas y los aprendizajes a su padre, fallecido a los 84 años víctima de cáncer: “Vivir con honestidad, con verticalidad”. Francisco, quien también es periodista y comunicador, recordó que como apasionado de los deportes, Emilio le enseñó los entresijos de la crónica del beisbol, actividad que reportó puntual para Proceso desde las ligas nacionales y del Caribe. Fue Emilio Hernández el primer reportero en viajar a Etchohuaquila, la tierra del lanzador sonorense Fernando Valenzuela, para escribir en el semanario la historia del humilde poblado, la familia y los inicios del fenómeno en que se convirtió El Toro. Estos son los primeros párrafos de este reportaje publicado en la edición 236 de mayo de 1981: "Ya lo traía de nacencia. Por eso no quiso seguir en la escuela y comenzó a irse de la casa". Así recuerda don Avelino aquellos calurosos días de mayo de 1973, cuando su hijo, Fernando Valenzuela, era apenas un endeble adolescente, aspirante a jugador de beisbol. “Fernando se fue del ejido poco a poco, como la lluvia: primero se iba a Navojoa, con el equipo Mayos de la liga del estado. Desaparecía por unos ocho días y regresaba, hasta que una vez lo contrataron en Guanajuato y volvió luego de cinco meses. Apenas tenía 16 años. “–Sentí sus ausencias –agrega don Avelino–. Es el más chico de doce hijos, pero el que menos ha estado en la casa. A veces me intranquilizaba porque era muy callado y no sabía cómo le hacía para vivir. Además, aquí siempre se necesitan brazos para trabajar la tierra. “Ahora, cuatro años después y en sólo 28 días, Fernando Valenzuela está convertido en el pelotero mexicano más destacado en las Ligas Mayores de beisbol. Sus siete victorias sin derrota, cinco blanqueadas, porcentaje de 0.28 en carreras limpias y 61 ponchados en igual número de presentaciones, lo colocan como el pitcher más consistente de su equipo, Dodgers de los Angeles, de la Liga Nacional, y de la Americana”. Volvió al año siguiente a Etchohuaquila, cuyos caminos ya no eran los áridos y polvorientos terregales, para dar constancia de la transformación del pueblo gracias al hijo pródigo. En la edición 288 de mayo de 1982, Hernández inició una serie de reportajes sobre el inframundo boxístico: los jóvenes que desde la pobreza surgían en busca de la gloria sobre el ring, muchas veces manejados por pseudo-representantes, como fue el caso del que escribió, el de Pedro López Porras, quien con sus 23 años y 49 kilos murió tres días después de una pelea, a consecuencia de los golpes. Este reportaje desató un escándalo en las organizaciones formales del boxeo mexicano. Y le siguieron otros para consignar las reacciones, los deslindes, las renuncias y las destituciones que resultaron de la denuncia. A mediados de los ochenta, Hernández ya reporteaba la colocación en órbita del satélite Morelos I; la migración de la población mixteca desde el sur del país hasta Tijuana, Baja California, o por otros rumbos a causa de la miseria, como publicó Proceso en su número 455: “Los mixtecos recorren el territorio nacional en busca de trabajo. Abandonan la miseria de sus tierras y persiguen la seguridad de un salario. Pero no es fácil. A cambio de salarios por debajo del mínimo son explotados, robados, descaminados. Se les obliga a vivir en campamentos insalubres. Cuando son contratados pasan, de hecho, a ser propiedad de los terratenientes. “Sin embargo, todo eso es mejor que morir lentamente de inanición en la Alta Mixteca oaxaqueña, donde sólo se da la palma. "Tierra árida a la que no se le puede sacar fruto". Es una emigración como río al que no se le seca la corriente. Cada año salen de esa zona del sureste unos 120 mil indígenas. Sólo la mitad vuelve, pero para preparar el siguiente viaje. El resto no regresa. Se va desperdigando por el norte: Sinaloa, Sonora, Baja California y Estados Unidos”. En 1988, su último año dentro de esta casa, cubrió la campaña de Carlos Salinas de Gortari como candidato presidencial del PRI. Su última participación en la revista fue justamente sobre las elecciones municipales en León, con el arribo del Partido Acción Nacional (PAN) al poder al triunfar Carlos Medina Plascencia en diciembre de 1988. ***** El 11 de mayo de 1981, Emilio Hernández pulbicó los siguientes reportajes: Fernando Valenzuela no es de otro planeta, asegura su padre Criado en un ejido, bebedor de cerveza y errante desde niño ETCHOHUAQUILA, SON.– "Ya lo traía de nacencia. Por eso no quiso seguir en la escuela y comenzó a irse de la casa". Así recuerda don Avelino aquellos calurosos días de mayo de 1973, cuando su hijo, Fernando Valenzuela, era apenas un endeble adolescente, aspirante a jugador de béisbol. Fernando se fue del ejido poco a poco, como la lluvia: primero se iba a Navojoa, con el equipo Mayos de la liga del estado. Desaparecía por unos ocho días y regresaba, hasta que una vez lo contrataron en Guanajuato y volvió luego de cinco meses. Apenas tenía 16 años. –Sentí sus ausencias –agrega don Avelino–. Es el más chico de doce hijos, pero el que menos ha estado en la casa. A veces me intranquilizaba porque era muy callado y no sabía cómo le hacía para vivir. Además, aquí siempre se necesitan brazos para trabajar la tierra. Ahora, cuatro años después y en sólo 28 días, Fernando Valenzuela está convertido en el pelotero mexicano más destacado en las Ligas Mayores de béisbol. Sus 7 victorias sin derrota, cinco blanqueadas, porcentaje de 0.28 en carreras limpias y 61 ponchados en igual número de presentaciones, lo colocan como el pitcher más consistente de su equipo, Dodgers de los Angeles, de la Liga Nacional, y de la Americana. Aunque la temporada apenas comienza, el novato es también el jugador más entrevistado en ambos circuitos. Su contrato para esta temporada es de 45,000 dólares (1,035,000 pesos.) Y así, de pronto, el ejido de Etchohuaquila, municipio de Navojoa, con 35 casas y 267 habitantes, apareció en la geografía deportiva. La casa de don Avelino es visitada diariamente por periodistas, camarógrafos y aficionados, que quieren conocer el sitio donde nació y se crió Fernando Valenzuela. Esto llena de satisfacción a la familia, sobre todo a la madre del pelotero, Hermenegilda Nahuamea, de origen mayo, y de quien Fernando heredó su carácter introvertido. La señora nació en el ejido. Más envejecida que su esposo, no recuerda su propia edad y, al igual que él, no sabe leer. Es ella la que con más cariño y nostalgia habla de su hijo: –Lo extraño mucho porque fue un muchacho que nunca dio molestias. Comía lo que había. No era chiquión para nada. Ni desobediente. Por eso cuando nos dijo que se iba a jugar, lo dejamos ir... En esta casa –paredes de adobe, techo de argamasa y zacate– doña Hermenegilda utiliza un rincón de la única recámara, donde improvisó un "santuario" en el que coloca recortes y fotos de Fernando. Esta práctica la comenzó desde que su hijo llegó a los Dodgers y comenzó a ser publicado en los periódicos. Inclusive hay recortes en inglés, que le obsequiaron periodistas estadunidenses. Después de años convencionalmente solitarios, los esposos Valenzuela se han convertido en el matrimonio más importante para la comunidad. Ninguno es aficionado al béisbol y se sorprendieron por lo que ha obtenido Fernando. Dice don Avelino: –¿Usted cree? Yo ni sabía que fuera a ser tan bueno. Y pos ya ve: hasta entran a la recámara para ver las fotos. El otro día vino una familia, creo de Obregón, y me preguntaba si de veras era mi hijo, porque pensaban que era de otro planeta. ¿Cómo ve? Si aquí anduvo siempre desde chiquito. Lo bautizó mi compadre Eduardo Mendívil, que vive allá en aquella casa, aunque ahora no vive con mi comadre, vive con otra mujer. En el rostro de Avelino Valenzuela se acentúan las grietas de esta tierra calurosa y reseca. Comparte lo arduo del trabajo cotidiano con su esposa, ocho de sus doce hijos y su nuera Agueda Aguilar, esposa del hijo mayor, Rafael. A los 72 años de edad, don Avelino no tiene queja alguna de la vida. Colindante con uno de los cuatro valles "dorados" del Yaqui, donde el trigo crece vigoroso en tierras de riego, Etchohuaquila cuenta con 2,300 hectáreas. Carece de drenaje, pero cuenta con un pocito de agua potable y luz eléctrica, desde hace apenas cinco años. Sobre las cosechas, don Avelino recuerda: –Hay mucha tierra, es cierto. Pero sólo tenemos un pocito para regar 300 hectáreas. Las demás dan utilidad sólo si Dios quiere y llueve bonito. No recuerdo cuándo me trajo mi padre, pero debe haber sido hace unos 55 años. Aquí conocí a mi esposa. Aquí me case y aquí quiero morir. Antes, cuando nuestros hijos eran chicos, las cosas estaban muy difíciles. Ahora, con su ayuda, nos va mejor porque sacamos más provecho de la tierra. Todos los hijos del matrimonio Valenzuela fueron sanos, sobre todo Fernando, quien nunca tuvo enfermedades graves. Doña Hermenegilda narra que la única vez que la desobedeció, fue cuando tenía 8 años, se llevó el caballo y éste lo derribó, pero el niño salió ileso. La señora nos muestra cuatro fotos de Fernando, una de ellas con el uniforme de los Mayos y otra con el de los Dodgers. Se nota que Valenzuela era un chico delgado y, ahora, está "pasado de kilos" y con voluminoso vientre. –¿A Fernando le gusta la cerveza? Porque en Ciudad Obregón y Navojoa dicen que cuando toma, se bebe un cartón de cerveza casi sin pestañear. –Sí le gusta la cerveza –responde don Avelino–. A mí también y a mis hijos. Además, aquí la bebemos porque hace mucho calor, pero no lo hacemos para emborracharnos. Hay mucha mentira con Fernando. Mire: dicen que nos invitaron a Los Angeles para verlo jugar y eso no es cierto. También que los gringos nos van a regalar un rancho y ni siquiera han hablado con nosotros. Aunque no han recibido dinero de su hijo, los padres de Fernando saben esperar: Lo han hecho toda su vida. Esperan que llueva, que les perforen pozos, que el garbanzo, el trigo, y el cártamo se les den bien. Siempre ha sido así: "Yo creo que todavía no es tiempo de que nos ayude. Ya nos escribió y dice que como para septiembre u octubre viene y que nos construirá una casa más grande. El es buen hijo", dice doña Hermenegilda con orgullo. Durante su vida en el ejido, convivió poco en la comunidad. Sin embargo, Fernando conserva buenos amigos, quienes con frecuencia visitan a sus padres para pedir informes de él, sobre todo Concepción Mendívil, una joven de 18 años con quien acostumbraba salir a dar la vuelta. –No dejó novia aquí, pero creo que con Concha se lleva muy bien. Cuando viene mi hijo se la pasa con ella mucho tiempo. Yo no me voy a meter para aconsejarle con quién se case, ya ve usted, el otro día una muchacha se brincó la barda para darle un beso en la boca. Quién sabe dónde irá a quedar mi hijo– dice con voz apenas audible su madre. Entretanto, Valenzuela, a pesar de su temporal lejanía, provoca cambios sustanciales en esta comunidad a la que se llega por un polvoriento camino cinco kilómetros adentro de la carretera que va de Navojoa a Ciudad Obregón. El gobierno estatal envió hace unos días dos motoconformadoras para que reparen la terracería. Además, se remozarán las fachadas de las casas, porque si todo sigue como hasta ahora, cuando visite a sus padres irán a verlo más aficionados que al estadio de los Dodgers. Y el 5 de abril de 1982, escribió en Proceso: Un ejido con estadio, calles, agua y luz mercurial Valenzuela inscribió a Etchohuaquila en el mapa y, en el centro, su nueva casa ETCHOHUAQUILA, SON.- Ya no es el indescifrable, polvoriento y pedregoso camino. Ahora, para llegar a este ejido, claros señalamientos en la carretera y una brecha bien trazada y en magníficas condiciones, conducen al visitante hasta el sitio mismo donde Fernando Valenzuela construye una casa de tres millones de pesos. Pero no es eso lo único destacado en Etchohuaquila, porque los casi 250 habitantes cuentan ya con más agua potable, trazo de calles, una casa de cultura, alumbrado público de luz mercurial y antes de que finalice el año tendrán un estadio de béisbol que llevará el nombre del prodigioso zurdo de los Dodgers. Todo esto logrado en sólo diez meses por ese joven que, sin proponérselo, con cada lanzamiento hace más para su pueblo que líder alguno hizo en más de 50 años de existencia del ejido. Por eso dice Avelino Lucero que este lugar fue bendecido por Dios "cuando nació Fernando". Eso dice este hombre de 35 años que hace cinco llevó al jugador a pisar un verdadero diamante, que lo seleccionó para representar a Navojoa en un campeonato estatal, que lo recomendó a Raúl Cano, entonces manager del Puebla, que llevó a sus padres a verlo jugar en Los Angeles, que lo trajo la temporada pasada a jugar con los Mayos cuando nadie creía que lo lograría, que fue su padrino de bodas y que finalmente, como él mismo dice, ama "entrañablemente a la familia Valenzuela". El propio Avelino Lucero recomendó al arquitecto Bladimiro Samaniego para la construcción de la casa que hace diez meses prometió Fernando a sus padres. Este profesional construyó el nuevo edificio de la Presidencia Municipal de Navojoa y en opinión de Lucero, "no existe un edificio municipal más bonito en todo Sonora". Pero inicialmente hubo problemas, porque los padres de Fernando se oponían a que tiraran la vieja casa de adobe, paja y argamasas. "En ella nacieron todos mis hijos y tengo muchos recuerdos", dice doña Hermenegilda. Sin embargo, todo quedó solucionado y se respetó la decisión de los padres. Ahora, la casita quedará dentro del patio interior. La casa de Fernando aventaja sin remedio a las mejores construcciones del poblado, la mayoría de ellas hechas con adobes, sudor y unas pocas con tabique horneado. Situada en una pequeña elevación de terreno parece dominar el reseco valle de 2,300 hectáreas, donde los ejidatarios remueven la endurecida tierra y esperan la lluvia para arrancarle uno a uno los dorados granos del trigo. Con 210 metros cuadrados de construcción, cinco amplias habitaciones, tres baños, sala, comedor, cocina, sala de trofeos y una despensa, todo esto unido por un amplio pasillo en forma de escuadra, con un nicho para la Virgen de Guadalupe en el centro. El costo estimado es de tres millones de pesos únicamente en la construcción; luego habrá que agregarle muebles y otras instalaciones. La obra avanza rápidamente: En ella trabajan dos hermanos de Fernando y varios peones de Navojoa. Según el arquitecto, cuando Fernando regrese de su segundo año en el béisbol de Estados Unidos, estará totalmente terminada. Pero aunque los casi 30 visitantes que diariamente llegan a este lugar para conocer las raíces de Valenzuela admiran la nueva construcción, es la sencilla y fresca casita de adobe donde intentan conocer hasta el último rincón: en el lugar destinado a los recuerdos de Fernando, preguntan y se retratan con sus padres que pacientemente, porque ya olvidaron las prisas, aceptan casi en silencio. Para don Avelino los días difíciles con el azadón y el arado, las jornadas bajo el quemante sol y el inquietante mañana, parecen alejarse más cada día. Ahora, sentado a la sombra del portalito de su casa, con su fiel perro a sus pies, observa cómo se levanta la nueva construcción que dará el remate final a una larga y difícil vida, eso sí, llena de recuerdos y satisfacciones. Dona Hermenegilda, sin desprenderse de sus quehaceres cotidianos, ayudada por una de sus hijas y por su nuera Agueda, sólo sonríe cuando le dicen que en la nueva casa va a estar más cómoda: parece sentir como si la arrancaran de la tierra para trasladarla a un mundo desconocido: "Sí, está muy bonita, pero no quiero olvidarme de esta donde nació mi Fernando", dice casi en voz baja. UN ESTADO EN EL EJIDO Avelino Lucero dice que Etchohuaquila será el primer ejido que cuenta con estadio de béisbol. Financiado por el gobierno del estado, tendrá capacidad para unas 1,500 personas y ahí, quizá en su inauguración, lance Fernando Valenzuela ante invitados importantes. El terreno elegido está situado en un área cercana a la escuela primaria y es donde actualmente juegan los niños y los equipos de la liga municipal. Es el mismo sitio donde el ganador de los premios "Cy Young" y "Novato del año" en la Liga Nacional de Estados Unidos, veía jugar a su primer gran ídolo, su hermano Rafael, el mayor de la familia, que ahora tiene 38 años y es el encargado de cultivar las tierras asignadas a la familia. De él dicen que podría haber sido mejor pelotero que Fernando. "Tenía mayor velocidad y un endemoniado control", dice Lucero, sólo que antes no había buscadores de talento que se aventuraran por estas tierras. Es el mismo lugar donde el propio Fernando jugó su primer partido y donde se puso su primer guante derecho, porque no había para mano izquierda. Es aquí, en esta negra y pegajosa tierra, donde soñó emigrar a otros lugares que dieran cabida a sus ilusiones, donde, quizá al recibir los primeros aplausos por sus lances, pensó en los grandes estadios y los relucientes uniformes. "Jugaba con pasión", dice Lucero, al evocar los días en que visitó el ejido para buscar refuerzos para la selección de Navojoa que entonces dirigía. "Me acuerdo cuando lo conocí, tan delgado, pero determinado a triunfar. Zurdo pero con manopla derecha, la que usaba con singular maestría." Después, ambos hablarían y comenzó a llevárselo para Navojoa y ahí se pusieron los cimientos de una gran amistad, tal vea la más grande de Fernando, porque fue precisamente Lucero quien lo dio a conocer, luego lo recomendó con el manager Raúl Cano y éste se lo llevó al Puebla. Lo demás es historia conocida. Valenzuela triunfó, pero jamás olvidó al amigo y en la pasada temporada de la Liga del Pacífico aceptó vestir la franela de los Mayos, principalmente por esa amistad. El amigo reconoce que nada habría dio posible si Fernando no se hubiera decidido a dejar el campo de labranza por el campo de béisbol. "Al principio, fue muy difícil y cayó en depresiones que lo llevaron al vino y la cerveza en exceso. Pero es muy grande su determinación y pronto salvó esa barrera. Por eso, cuando veo esta tierra donde levantarán el estadio que llevará su nombre, me lleno de recuerdos y creo que es el mejor homenaje a un hombre lleno de valor ante la vida". Etchohuaquila también resiente la decisión de Fernando. Los cambios en la apariencia del ejido son notorios y hasta beneficiosos; ahora casi todas las casas, de las 35 existentes, tienen tomas de agua. Aunque no es posible desperdiciar en jardines, ha desaparecido la mayoría de los abrojos que crecen aquí. También cuenta ya con arbotantes de luz mercurial, que opacan la luz de las estrellas, pero que permiten mayor vida nocturna a los habitantes, que ahora se sientan a las puertas de sus casas en las noches calurosas, en tertulias familiares. Y sobresale una pequeña construcción en el centro del poblado, que anuncia en el frente: "Casa Cultural de Etchohuaquila", donde los jóvenes aprenden a tocar la guitarra y preparan obras de teatro. "Todavía falta mucho por hacer aquí. Por ejemplo, más agua de riego, drenaje y un dispensario médico, porque los enfermos tienen que ir a Fundición, delegación municipal a la que pertenece Etchohuaquila". Pero no es difícil que todo esto llegue en poco tiempo, porque aquí nació Fernando Valenzuela y eso es importante. Así, ese joven que un día se fue con su guante derecho metido en la bolsa trasera del pantalón, trajo desde el campo de pelota la mejor cosecha para el ejido.

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