Sobre "Personas" de Carlos Fuentes... el libro por aparecer

martes, 15 de mayo de 2012
MÉXICO, D.F. (apro).- Alfaguara entregó a apro el preámbulo de Juan Daniel del libro Personas, escrito por Carlos Fuentes, que saldrá en junio próximo. Son ensayos de varias personalidades que influyeron en su vida y obra, como Lázaro Cárdenas, Fernando Benítez, Julio Cortázar , Luis Buñuel, Arthur Millar, Pablo Neruda, Alfonso Reyes, Susan Sontag, entre otros. Aquí escribió el autor: “Nada está a salvo del destino. Nunca admires al poder, ni odies al enemigo, ni desprecies al que sufre.” A continuación se encuentra el escrito que adelanta la editorial: En alguna ocasión Carlos Fuentes declaró que contaba con los dedos de una mano a sus amigos, pero que utilizaba las matemáticas de la imaginación para hablar de sus amigas. Y cuando habla de ellas enciende luces naturales y artificiales que duran mucho tiempo en el firmamento. También hay que recordar la petición que hacían sus lectores: que reuniera en un tomo los prólogos que hizo para la colección Nuestros Clásicos, de la UNAM, porque más que invitaciones a leer a Herman Melville o a Jane Austen eran disecciones de las grandes novelas, los grandes escritores, todo un método de lectura, de entrar a los libros con ojos al mismo tiempo inocentes y expertos, que supieran qué buscar y en dónde, al tiempo que pudieran asombrarse a cada paso y con cada personaje. Otra de sus facetas, que no siempre se tiene oportunidad y el privilegio de disfrutar, es la de conferencista; las suyas, más que exposiciones, son cátedras magistrales, en las que provoca inquietudes en el espectador porque sus análisis, sus perspectivas, además de claras son entusiastas y hacen que el público descubra características que no había visto en los personajes y en los autores que Fuentes disecciona, desmenuza y lo entrega para que el lector-escucha lo aprecie mejor. Y hay algo más, que no siempre comparten con él otros grandes escritores: su generosidad, su capacidad de admirar, su envidia de la buena. Lo ha dicho también, sin asomo de falsa modestia: “daría todos mis libros a cambio de una línea de Pound, de Yeats, de Eliot”, y que frente a varios poetas se siente como un mecapalero; aunque no suele hacer muchos elogios, casi todos los que hace consagran a quienes se los otorga. Personas, su más reciente libro, contiene estas y otras de sus cualidades; en sus páginas habla de muchas personas, de Alfonso Reyes a Jesús de Polanco, de Neruda a Susan Sontag, de Arthur Miller a Luis Buñuel, porque, además hay que recordar que una de las grandes pasiones de Carlos Fuentes es la política, y que la compara con la literatura; y no sólo eso: la ética, no como materia sino como comportamiento, se equipara a la poesía, que, ya lo ha dicho Fuentes con toda puntualidad, es el punto más alto de la creación humana. En Personas, de manera voluntaria pero no ostentosa, están presentes todas las aficiones y gustos de Carlos Fuentes: en unas líneas traza las constantes de Julio Cortázar, pero no aisladas, más bien insertas en un contexto histórico y social que no sólo nos obliga a leerlas al mismo tiempo que las de Borges, hay que pensar también en el momento político en que Cortázar, con toda la magia del ritmo, de la música y de la renovación del lenguaje, escribió en un tiempo en que cabían las esperanzas contra las tiranías y las dictaduras que oprimían a diversos países (y no es eso lo que mantiene vigente la obra de Cortázar, aunque persistan esas características, aunque no en todos los lugares que obsesionaban a Cortázar); nos hace recordar cuál es la importancia social de la dramaturgia de Arthur Miller (al mismo tiempo que aclara la aparente dualidad de Marilyn Monroe que explica su frivolidad, pese a su inteligencia y su sensibilidad), que las hace tan actuales aunque ya no sean tiempos de McCarthy (aunque no haya desaparecido el macartismo, sólo se ha transformado, pero no siempre se ha atenuado); aclara la vigencia de la mirada de Buñuel, pertinente no sólo en su observación de la miseria en Los olvidados, sino en la sensualidad de los aristócratas, de las campesinas, en la sordidez o en el esplendor (además de que, contra la corriente crítica, es contundente al calificar a Miguel Inclán y a Pedro Armendáriz como los mejores actores mexicanos). En las páginas de este libro Fuentes consigue que el lector, para recrear aunque sea en una mínima parte la elocuencia del autor, lea en voz alta; es inimitable, pero algo de su vitalidad se contagia y se recupera; y de su picardía, porque gran parte del libro está compuesto de anécdotas en las que el mismo Fuentes es protagonista, lo mismo de las correrías que eran posibles en el México de los años cuarenta y cincuenta, que en un París atiborrado de gente esperanzada en los cambios prometidos por Mitterrand; lo mismo en las aulas de la Facultad de Derecho (en la cafetería, más importante que aquéllas) que en las bibliotecas privadas de sus amigos y maestros, o de sus condiscípulos y sus colegas, en un Nueva York casi vedado a causa de sus ideas, que en la complicidad hacia los amores prohibidos de los escritores más apasionados. Al terminar su lectura persiste la sensación de que el mundo va a componerse, o de que vale la pena recuperar lo mejor del pasado. Fuentes comprende, aunque no comparta; sobre todo, respeta a los demás; en vez de ahondar en la acusación de estalinismo con que se pretende devaluar a ciertos autores y a ciertos libros, él defiende su derecho (de él y de ellos) a no caer en las modas y en lo políticamente correcto, y a creer en lo que creen, y resalta lo que tiene de valor lo literario, y de humano la conducta. No siempre está de acuerdo con sus personajes, pero la mirada de Fuentes es la de un lector, no la de un escrutador; ve lo que hay en las obras y no lo que quisiera él que hubieran escrito (o compuesto o filmado) las personas de las que habla; no intenta tampoco juzgarlas más que por sus obras, aunque les celebre travesuras, insolencias o que se hayan desbordado, siempre y cuando sea por sus pasiones más que por sus instintos. Algunos de los protagonistas de Personas son políticos, o participan en la política como observadores, críticos, consejeros, funcionarios, enemigos, alternantes, pero representan una opción de cambio más que una posibilidad de perpetuación; son representantes no oficiales de las minorías, pero no de las minorías privilegiadas; no son parias, pero expresan el punto de vista de los desposeídos, de los perseguidos y de los marginados (hay veces en que son todo eso); usan la fuerza de su prestigio moral e intelectual para oponerse al poder, o para obligarlo a aceptar a esos disidentes; en estas páginas brillan por su vitalidad, por su sentido del humor, por la fiereza de su posición; deslumbran en su aparición y perduran sus palabras y sus enfoques; cabe la pregunta de si son así como los presenta Carlos Fuentes, o lo parecen gracias a sus palabras, a su entusiasmo, a la magia de su literatura. Pero ese entusiasmo no se limita a los protagonistas sociales; en estas páginas conviven el Fuentes crítico de literatura que, como lo ha pedido siempre, hace un esfuerzo equivalente al del creador para hacer pervivir las obras, para explicarlas en sus andamiajes, en su estructura invisible, en la tarea secreta de la creación; su entusiasmo no se limita a expresar sus gustos sino a mostrar la literatura como vivencia, rescata los momentos decisivos que se le escapan al lector común, y los hace no digeribles, pero sí comprensibles; no facilita la lectura, pero desbroza el camino para que el lector la disfrute mejor; está también el crítico de cine que hereda no sólo el sobrenombre con el que Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán, precursores, ejercieron la reseña cinematográfica en la segunda década del siglo XX: Fósforo. Con ese entusiasmo, con esa inocencia del espectador con que Reyes vio en el cine la épica de nuestra era, así Fuentes se deja convencer por las imágenes (en el doble o triple sentido de la palabra) para encontrar una nueva manera de entrever la realidad, transfigurarla, y darle otro sentido; así, liga, de una manera poco evidente, el optimismo de Alfonso Reyes y la iconoclasia de Luis Buñuel, quien reta a las masas con sus películas, pero también con sus comentarios al ver las cintas de otros cineastas: De diferentes maneras, son espectadores privilegiados, pero también son dinamiteros contra el conformismo y contra la complacencia, uno con su cultura, otro con su actitud; de acuerdo, andar con esa compañía es un desafío, que Fuentes emprende y afronta con esa misma actitud desafiante, es su compañero en esa destrucción de la felicidad acrítica. Reyes, en las palabras de Fuentes, no es el presidente de la República literaria, sino el biógrafo de la desdicha que no se conforma con serlo; es, al mismo tiempo que un amigo generoso que abre puertas y despierta vocaciones, un sinodal temible que puede reprobar a quien se desvíe del camino trazado por el rigor (pero también por el placer); Buñuel expone la miseria urbana en los tiempos en que reina el optimismo, pero también el que se ríe de las excentricidades de los burgueses, el que compadece al que sufre del temblor del deseo insatisfecho, y del que se complace en sufrir a manos de una villana sensual y provocadora, y es también el que está de parte de la que llega a destruir hogares felices; así, con esa misma tónica de la amistad del discípulo adelantado, es quien vuelve a rendir homenaje al maestro que no enseña, sino que impulsa, que evoca e invoca y todo lo liga con la literatura; es quien ve de lejos pero admira de cerca al presidente Cárdenas, que con sus reformas, su pasión de justicia, da vida a un México que se debate entre el pasado y el futuro, sin desperdiciar el presente, y quien a lo largo de su vida representa la rectitud y la sensibilidad social, y afronta con serenidad el presente; es el seguidor de un Fernando Benítez ebrio de gozo, pero empeñado en dar vida a los más marginados de un México que se niega entender sus raíces; es el lector de un Neruda que no deja impávido a los lectores, y que vive una vida de aventuras y de riesgo por defender su ideal político, y que por ello muere, como siempre, perseguido, no obstante su fama, su prestigio y los galardones que debían de haberle dado inmunidad; es el admirador de Cortázar, de Malraux, de Arthur Miller, quienes llevaron a la literatura, la intensidad de su vida íntima, en la que caben todas las expresiones, menos la de la indignidad; criticados por su pasión política, por su cercanía o simpatía a algunos gobernantes, no dieron un apoyo incondicional, sino crítico y condicionado; esa misma posición fue la que sostuvo Arthur Schlesinger, quien discrepó de Kennedy aunque creyó en su ofrecimiento de apertura, y finalmente fue quien mostró la verdadera cara del poder estadounidense. Otra faceta de esa actitud crítica y condicionada es la que Fuentes observa en Simone Weil, conciencia de cualquier gobernante desde los años cincuenta, o la de Susan Sontag, quien combatió hasta su misma postura política, y sobre todo, combatió a la enfermedad sin medro, sin temor, con gallardía, y quien puso en evidencia lo que todo poder ofrece, pero sin maniqueísmos, sin tratar de imponerse como poseedora de la verdad, sino de todas las dudas. Que Fuentes es más que un literato se confirma cuando ve la labor de sus pares pero que se dedican a otra cosa, como en el caso de Tom Wicker, testigo presencial del asesinato de Kennedy, y quien se dedicó a mostrar las entretelas del poder, de la guerra como negocio, de la actitud persistente de bloqueos y conjuras para sojuzgar a los gobiernos indóciles, independientes. Y la manera en que observa los altibajos de William Styron, quien como literato desafía las buenas costumbres y por ello es atacado por los que defiende; pero también está el Styron acometido por los reveses, las enfermedades (orgánicas y anímicas) de las que se sobrepone con una fuerza más que humana, sin dejar nunca de ser una presencia molesta para todos; y la eterna juventud de Jean Daniel, para quien los movimientos juveniles de los años sesenta nada tuvieron de juveniles y sí de rebeldía ante el poder, ante la conformidad, ante la apatía; o la filosofía como creación literaria, como el caso de María Zambrano, aparentemente lejana de la realidad pero con la necesidad de transformarla. Todas estas personas son vistas desde diferentes ángulos: desde la potencia creadora hasta la fuerza de la adversidad; en sus momentos cumbres o peleando contra los enemigos poderosos (así sean sus propios demonios); desde la algarabía de haber triunfado o en la serenidad de una derrota momentánea (tan momentánea como una victoria); muchas veces estuvo a su lado, como testigo de la tranquilidad con que Cárdenas veía la Revolución Cubana como una posible secuela de la Revolución Mexicana; como partícipe del optimismo con que los inteligentes de todo el mundo veían la posibilidad del cambio que representaba Mitterrand, y de alguna manera correspondía a los esfuerzos de Malraux aun con De Gaulle en la silla presidencial; en los escenarios donde el hombre contemporáneo se veía retratado en las obras de Miller, Sontag, Styron, Neruda, Cortázar, Judith Stein que era minoría en todos lados; o en los reclamos justos, irrebatibles de Weil y de Zambrano que representaban nuevas ópticas, ineludibles después de ellas. Al lado de ellos, como espectador o como cómplice jubiloso, Fuentes saca las energías necesarias para hacer un lado las esperanzas y ver cómo se hace para que esos cambios, esos reclamos, sean universales y estén presentes todo el tiempo. Y es la misma fuerza y la misma asombrada atención frente a Manuel Pedroso que hace ver que la única manera en que prevalezca el derecho es por la fuerza de la literatura, o con la que parece un discípulo que descubre el mundo a través de la música que se vuelve literatura que se vuelve la mirada implacable que se vuelve lucha contra la tiranía, contra el destino, contra uno mismo. Después de leer Personas, el lector entiende por qué Carlos Fuentes sigue siendo el novelista inventivo y singular que en cada libro revoluciona nuestras letras.

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