Dan en Bellas Artes el último adiós a Carlos Fuentes

miércoles, 16 de mayo de 2012
MÉXICO, D.F. (apro).- Anunciado por las autoridades culturales del país como un homenaje póstumo abierto al público, el último adiós al escritor Carlos Fuentes en el Palacio de Bellas Artes fue en realidad una ceremonia luctuosa casi privada, a la que sólo tuvieron acceso políticos, intelectuales y algunos invitados especiales. La despedida a Fuentes inició casi al mediodía. Poco antes de esa hora fueron llegando al coloso de mármol –que fue cercado por elementos del Estado Mayor Presidencial– los asistentes, encabezados por el presidente Felipe Calderón y su esposa Margarita Zavala. Fue precisamente Calderón el que salió al pórtico del Palacio a recibir el cuerpo de Fuentes. La viuda del escritor, Silvia Lemus, llegó acompañada de la directora de Conaculta, Consuelo Sáizar. Ya dentro del emblemático edificio en el que también se han rendido homenajes de cuerpo presente a personajes de la talla del poeta Octavio Paz y el pintor y muralista Rufino Tamayo, al comediante  Mario Moreno Cantinflas y a la cantante Lola Beltrán, el féretro de Fuentes fue colocado al centro del vestíbulo y de inmediato fue cubierto con la bandera nacional que el propio Calderón terminó de acomodar. Instantes después de que el violonchelista Carlos Prieto interpretó la obra Sarabanda, de Johann Sebastian Bach, el politólogo Federico Reyes Heroles pronunció un largo discurso, siempre dirigiéndose a Silvia Lemus, Bertha Fuentes, Cecilia y Bertha Fuentes, hija (de su matrimonio con Rita Macedo) y hermana del escritor, respectivamente, en un largo discurso. Reyes Heroles recordó que allá por los años sesenta, en un buque en el cual viajaba con su madre, conoció a Fuentes: “Mira, está Carlos Fuentes, vamos a saludarlo”. Ellos se conocían desde muy jóvenes en el Servicio Exterior Mexicano, y Reyes Heroles, era un niño. Rememora que lo interrumpieron en la biblioteca y su madre sólo le dijo: “es un gran escritor”. El halo de misterio, prosiguió, se le develó después cuando “con los años comprendí que el quehacer del escritor era ampliar el alma para sentir más y mejor y poder pulir esos sentimientos en negro sobre blanco, atraparlos en palabras.” Mencionó también que el autor de Aura, La muerte de Artemio Cruz, Gringo Viejo y “tantas más” fue discípulo del polígrafo regiomontano Alfonso Reyes, y defendió su tesis de que “la cultura es universal o no es cultura, lo demás es folclor; por eso, dijo, se lanzó a una aventura magna como la de El espejo enterrado en donde habla de Zurbarán o de las Bodas de Fígaro, espléndido texto en que cruza los mares para mostrar los puentes invisibles pero indestructibles que unen una y otra costa”. Y enfatizó: “¡Qué hombre más complejo y completo era Fuentes!” En la explanada una muchedumbre esperaba, impaciente, participar en el homenaje privado. Muchos representantes de los medios de comunicación se quedaron afuera, pues la propia oficina de prensa de la Presidencia no previó que asistirían medios de comunicación internacionales y los gafetes se acabaron. Algunos invitados se enrolaron en alegatos verbales con los miembros del EMP que sitió desde la víspera buena parte de la plaza. Elena Poniatowska pasó casi sin problema; a Ignacio Solares, director de la revista Universidad de la UNAM, le ayudaron los propios reporteros explicando a los guardias: “Es un escritor, dirige una revista ¿cómo es posible?”. Hernán Lara Zavala y Jorge Fernández entraron con una empleada de Bellas Artes. El fastidio de la gente que llevaba horas bajo el rayo del sol, hizo de la espera un mitin: “¡Fuera Calderón, fuera Calderón!”. Adentro, el Ejecutivo federal se explayaba en la lectura de algunos fragmentos del capítulo Muerte, del libro En esto creo. “Cuando se trata de acompañar a la muerte, cuál es el tiempo válido para la vida. Freud nos advierte que lo que no tiene vida existió con anterioridad a lo vivo. El fin de toda vida es la muerte, una reina todopoderosa que nos precedió y seguirá aquí cuando desaparezcamos. “Nos anunció antes de ser. Y nos recordará después de haber sido. O más bien, la nada que nos precedió y que nos seguirá, sólo se vuelve consciente en tanto naturaleza, no en tanto nada, gracias a nuestro paso por la vida. “La muerte espera al más valiente, al más rico, al más bello. Pero los iguala al más cobarde, al más pobre, al más feo, no en el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte.” Y remató ya con sus propias palabras: “Ni su pensamiento, ni sus libros, ni su crítica, morirán jamás. Carlos Fuentes vivirá en sus obras, en su palabra, en varias generaciones  de mexicanos. Carlos Fuentes ha muerto, para ser amado más.” Rapidito y en silencio A la cabeza del féretro, un arreglo floral de la Presidencia remataba una fotografía en blanco y negro del escritor en su biblioteca. Diversas coronas flanqueaban, asimismo, las dos escaleras de mármol negro que van al primer piso. Las que llegaron más tarde se fueron acomodando en el vestíbulo, entre ellas la de Mario y Patricia Vargas Llosa o la del Fideicomiso del Centro Histórico de la Ciudad de México. Arrumbada, solitaria, casi a la entrada del elevador, fue colocada la de la candidata panista, Josefina Vázquez Mota. El jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, también habló de Fuentes. Sin leer un discurso aludió a que fue un “entrañable amigo”, lo calificó como “un gran mexicano” que, subrayó, marcó a su generación. Lo evocó además como un “militante de México”, pues ciertamente no fue militante de partido alguno, aunque sí embajador en el gobierno de Luis Echeverría, artífice de la Megabiblioteca de Fox y presto en avalar al gobierno de Felipe Calderón. Dijo que le “indignaba la escandalosa desigualdad mexicana” y que una de sus últimas reflexiones fue acerca de cómo hacer de México una nación exitosa”. Esa desigualdad se reflejó hasta en su homenaje, pues mientras adentro los invitados escuchaban los discursos sentados plácidamente, la multitud seguía aguardando que las puertas del Palacio se abrieran para dedicarle a su modo el último adiós. En su intervención, la directora de Conaculta, Consuelo Sáizar, aludió a que la Internet dio cuenta hoy de cómo la muerte de Carlos Fuentes “sacudió ayer al mundo”, las páginas de todas las publicaciones “consignan no que Fuentes se haya ido, sino que nos quedamos sin él” (aunque vale decir que la página de Google estuvo dedicada hoy al autor de Pedro Páramo, Juan Rulfo, por el 95 aniversario de su nacimiento). Acostumbrada a citar las palabras de otros en sus discursos recordó frases de Jorge Volpi, a quien se ha considerado su discípulo, Juan Villoro y especialmente las de José Emilio Pacheco, quien dijo: “Carlos Fuentes es el gran novelista de este país y su sitio como figura intelectual, nadie podrá llenarlo.” Tras los discursos se  montó la primera guardia de honor, con Calderón, Silvia Lemus, Margarita Zavala, Bertha Fuentes, Ebrard, su esposa Rosalinda Bueso, Sáizar y José Ángel Córdova Villalobos, el titular de la SEP. Tuvieron que pasar al menos 20 minutos más luego de que Calderón abandonó el Palacio, escoltado por varias camionetas, para que la gente pudiera comenzar a entrar, entre empellones, pisotones y codazos de los guardias que sustituyeron al EMP. Larga la fila para pasar delante del féretro, decepcionó sin duda a muchos que aguardaron más horas fuera que los pocos minutos que pudieron estar frente al escritor, pues los empleados de Bellas Artes apuraban: “Aprisa, aprisa, que hay mucha gente”. Nada de fotos, apenas unos minutos para depositar flores, libros, mostrarle, como si aún pudiese ver, volúmenes autografiados, el único que ignoró a quienes escoltaban el féretro y se lució frente a las cámaras fue Rafael Acosta, Juanito, que, inconfundible, llevaba su banda tricolor en la frente. Le siguieron gente de todas las clases y edades. Algunos se persignaron, aplaudían quedito, no faltó quien casi se arrodilló pero apenas inclinándose pues no hubo tiempo para más. Sólo un grupo de jóvenes universitarios echaba goyas fuera y dentro del recinto. La gente reclamaba a Fuentes como del pueblo, en tanto Silvia Lemus anunció que los restos del exdiplomático serán cremados y llevados a París donde están también los de sus hijos. Luego de cinco horas y media, a las 17:30 horas, los restos de Carlos Fuentes salieron rumbo a la agencia funeraria Gayosso de Félix Cuevas, donde fueron cremados.

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