Quadri, la revelación; Peña Nieto, el perdedor

lunes, 7 de mayo de 2012
MÉXICO, D.F. (apro).- Ya casi al final del debate, Gabriel Quadri de la Torre –que debió haber sorprendido a quienes no lo conocen, pues fue la revelación de la noche, al menos en materia de ideas-- definió con nitidez lo que ya había pasado durante casi dos horas: “Yo les pediría a mis colegas políticos que nos dijeran cómo van a hacer las cosas, porque todos prometen muchas cosas muy bonitas… pero no nos explican los instrumentos de política para lograrlo”. Y eso fue, en realidad, lo que sucedió en el World Trade Center de las ocho a las diez de la noche. Para Josefina Vázquez Mota, nerviosa desde el principio, incapaz de mostrarse natural y convincente; para Andrés Manuel López Obrador, el más relajado y sereno de todos, y para Enrique Peña Nieto, al principio seguro, pero que luego se fue desmoronando… para los tres, el debate fue una extensión simple de campaña, un acto que no se distinguió de los que cotidianamente vienen haciendo desde el 30 de abril pasado: Es decir, ninguno de los tres se atrevió a decir algo nuevo, una idea, una propuesta concreta, sólo generalidades, dichos llamativos, muy elementales para encantar a un electorado fácil. Pero, como dijo Quadri, de Nueva Alianza –el más seguro y convencido de sus propuestas--, ninguno de los otros tres habló, ni por asomo, de cómo harían para lograr lo que proponen. Y los que lo hicieron, abundaron en el discurso fácil, sólo cachavotos, con soluciones poco serias y factibles. En suma, pocas ideas, mucho menos soluciones creíbles… pero sí mucha carnita para el morbo. De hecho, el debate, que en sentido estricto no fue tal, sino una serie sucesiva de exposiciones… y encontronazos tuvo dos facetas: La parte de las ideas y la parte política. En el primer caso, no hay mucho qué decir. El que menos posibilidades tiene de llegar a Los Pinos, el más desconocido, el que de antemano perdió ya por representar al partido de la innombrable Elba Esther Gordillo y el obscuro mundo que ésta representa, es decir, Gabriel Quadri, fue el que se impuso a los “políticos de siempre”, como él los calificó. En un debate de a de veras, es decir, en un intercambio libre de ideas, sin los formatos tan rígidos de los debates presidenciales en México, Quadri les daba “las tres y las malas” a sus contrincantes. Sin nada qué perder y mucho que ganar, Quadri fue el único que hizo propuestas claras, concretas, con sus respectivas soluciones, también claras y concretas, se esté o no de acuerdo o no con ellas, pero que por lo menos suscitan interés en discutirlas. Pero nulas son sus posibilidades. Sin duda será el que porcentualmente haya dado el mayor brinco en las encuestas, pero no mucho, porque al final, de manera implícita se le vio inclinado a apoyar a Peña Nieto. Y ninguno de los tres peló a Quadri. La estrategia política, resultó obvia desde el principio. Peña tenía que atacar a los gobiernos panistas, decir que en los últimos diez años, México ha vivido la peor época de su historia; al menos, “de los últimos 80 años”. Y no se contuvo: con los panistas, hemos vivido el peor desempeño económico, las tasas más altas de desempleo, los mayores índices de pobreza, la “ola de violencia y de inseguridad”… y bla bla bla. Fue vasto en recordar malos resultados –de los que, otra vez, el PRI no es ajeno--, para llamar al voto por él, con la frase: “No pueden seguir gobernando los mismos” Nada distinto de lo que han dicho él y su partido. Por supuesto, cero autocrítica, pues no se iba a hacer el harakiri diciendo que la responsabilidad de los gobiernos priístas no es menor en relación de por qué México vive estos momentos aciagos. Había empezado Peña Nieto muy seguro, con ese aplomo que le han dado más de seis años frente a las cámaras, los reflectores, los micrófonos, las amplias audiencias. Pero pronto Josefina Vázquez Mota y Andrés Manuel López Obrador se encargarían --hasta parecía un acto concertado-- de bajarle los humos al priísta, que poco a poco, ante la virulencia de los ataques, fue haciéndose chiquito. De hecho, la panista y López Obrador, dejaban poco espacio en su turno para atender la pregunta que debían responder: se dieron más tiempo para atacar al puntero. Que de eso se trataba. Pues la ventaja que Peña les lleva a ambos, no daba más que para acortar la distancia con el recurso del golpeteo de frente. Y vaya que si lo hicieron. Nunca pudo convencer Josefina de por qué es “diferente”. Se atrevió un poco a hacer propuestas, algunas novedosas, pero nunca planteó soluciones ciertas y convincentes. Pero en su guión la estrategia era golpear al priísta, restarle puntos. Y se valió de todo lo que pudo: Peña dejó el Estado de México con el mayor número de pobres en su historia, con la peor competitividad económica, la megadeuda que dejó Humberto Moreira en Coahuila; que el estado de México es el segundo estado más corrupto del país, el caso irresuelto de la niña Paulette… Y López Obrador, con más temple y seguridad que Josefina, también se le fue a Peña Nieto… a la yugular. El regreso del PRI al gobierno, dijo, en nada cambiará el estado de cosas actual: “Nos van a llevar al despeñadero”, aseguró, con aplomo, frente a las cámaras, dirigiéndose no a Peña sino a los millones que lo veían y escuchaban en el país. AMLO no le dejó pasar una al priísta. Aquél se agarró de su discurso de siempre, de que Peña Nieto es obra de las televisoras, que gasta un dineral en su imagen, de que lo protege la mafia que manda en el país. Nada nuevo… pero frente a un auditorio de millones de mexicanos, y con el adversario a un lado, resultaba un golpe contundente. Sobre ese tema el priísta quiso defenderse. Si los medios hacen presidentes, usted ya lo sería –le dijo a López Obrador--, pues se gastó mil millones de pesos en comunicación social. Y AMLO, forjado en estas lides, se la regresó: “Yo me gasté, dice usted, mil millones en un sexenio; pero usted en un solo año más de 600 millones en pagos a las televisoras”. Infame debió resultarle a Peña Nieto la paliza de López Obrador. Siempre dirigiéndose a los televidentes, muy fija la mirada en las cámaras, le asestó varias. Una de las más socorridas, pero con valor superlativo en el debate: que Peña es hechura de su tío Arturo Montiel, sinónimo de corrupción, prepotencia e impunidad; que Peña, como su secretario de gobierno que fue supo de todas las tropelías de aquél, pero que lo protegió cuando fue gobernador, pues a Montiel le debe la gubernatura. Peña intentó sacarse no la espina, sino la daga que le había clavado López Obrador, al recordarle lo corruptos que demostraron ser colaboradores suyos muy cercanos, como René Bejarano –mostró la emblemática foto de éste cuando se embolsa fajos de billetes que le dio Carlos Ahumada. López Obrador, viejo lobo de mar, serenamente se la revirtió… y de manera tal que causó hilaridad –de hecho fue el más divertido en el debate-- entre los 300 periodistas que abarrotaron la Sala de Prensa en el WTC. Lo dijo así: “Acerca de lo que dice de Bejarano… yo agregaría también a (Gustavo) Ponce. Fíjese cómo son las cosas, como es este mundo. Ponce, secretario de Finanzas en el tiempo en que fui Jefe de Gobierno está en la cárcel, lleva ocho años, y Bejarano también fue a la cárcel. “Y usted, que fue secretario de Administración de Montiel, está aquí de manera inexplicable o explicable, si vemos lo que voy a mostrar ahora. “Los que mandan en el país escogieron a Peña Nieto para proyectarlo. ¿Quiénes son los que le están impulsando, quiénes son los jefes, los padrinos de usted?” Y mostró una foto de Peña acompañado de Carlos Salinas de Gortari, el “innombrable” y villano favorito de López Obrador. Así transcurrió el esperado y desdeñado –por las televisoras-- debate presidencial. Uno, el desconocido, en solitario, que se arriesgó a llevar propuestas y soluciones; otros tres que ni caso le hicieron a aquél, Quadri, y que se dedicaron a desgreñarse. AMLO y Vázquez Mota ni se tocaron. Había que pegarle al puntero para recortar distancias. Y Peña, sorpendido y sin recursos, fue el gran perdedor de esta jornada.

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