Por la violencia del narco, mexicanos huyen a Estados Unidos

lunes, 20 de agosto de 2012
SANTA FE, Nuevo México., 20 de agosto (apro).- Cuando Cristina se percató de que detrás de los policías federales que entraban al bar ingresaron también un grupo de hombres armados, supo que tenía que ponerse a salvo. Antes de tirarse al suelo, alcanzó a ver que uno de los sicarios sacaba una escopeta y le volaba la cabeza a un hombre. Ella y sus compañeras se protegieron y, de milagro, salieron ilesas del ataque. Pero de lo que no se ha librado Cristina es de la persecución de la que es presa desde entonces por parte de los policías que la han seguido aun fuera del país. Ella y su familia de diez miembros tuvieron que huir de Ciudad Juárez porque ya no podían aguantar las amenazas de muerte.  Desde hace un par de años, sobreviven en esta ciudad con la ayuda de amigos y asociaciones religiosas que les regalan dinero y comida,  luego de que se le venció el permiso para trabajar. Cristina y su familia forman parte del grupo de mexicanos que han tenido que huir del país, perseguidos por la violencia generada por la guerra contra las drogas que Felipe Calderón declaró desde el inicio y hasta el final de su sexenio. “Desde el 2010 no tiene paz mi corazón”, dice Cristina al dar su testimonio en la visita que hizo a Las Cruces, Nuevo México, la  Caravana por la Paz  integrada  por familiares de 40 víctimas de la guerra contra el narcotráfico. Ese año, recuerda la joven mujer, mataron a su esposo tras haberlo secuestrado en Ciudad Juárez donde tenía un negocio de venta de autos por el que las bandas criminales le pedían derecho de piso. “Afortunadamente nos salvamos, uno de los sicarios quería matar a mis hijos, pero otro de los sicarios dijo que no, que sólo iban por mi esposo, que no venían a matar niños. No sé, pero gracias a Dios ablandó el corazón de esa persona, porque si no ahorita no estuvieran mis hijos conmigo”. Cristina, una mujer joven de menos de  30 años, dice que a las dos horas de que se llevaron a su marido, llamaron a su cuñado para pedirle dinero a cambio de su libertad. De inmediato la familia vendió todos los carros que tenían en el lote y otras propiedades para pagar el rescate. A los dos días dieron el dinero, pero no sirvió de nada. El cuerpo de su esposo apareció tirado en una de las calles de la ciudad fronteriza. A raíz de eso Cristina tuvo que buscar trabajo. Sin educación y sin experiencia las oportunidades se le cerraron en las fábricas de maquila de Juárez, donde le pedían estudios mínimos de Secundaria.  Por eso regresó a su pueblo Guadalupe. Pero ni el nombre de la Virgen morena le pudo ayudar. A los cuatro meses decidió regresar a Juárez a buscar empleo, y todo ese tiempo percibió que los sicarios la seguían. En algunos negocios le decían que no había trabajo porque que ya iban cerrar,  no podían pagar la cuota. Solo encontró trabajo en el Bar Castillo. “Tuve que trabajar de lo que nunca en mi vida pensé hacer”. Recuerda que ese día entraron los policías federales al bar y revisaron a hombres y mujeres hasta en las partes íntimas, buscando no sé qué.  “Una de las chicas se molesto y le pidió respeto. Le dijo que estaba ahí para darle de comer a sus hijos. El policía se enojo y nos insulto, nos dijo que lo peor no había pasado”. Cinco minutos después que salieron los policías entraron los sicarios. “Entro uno con una escopeta y empezó a disparar. No sé cómo reaccioné, pero me tire al suelo,  lo primero que vi fue que le voló la cabeza. La balacera duro como 15 minutos, sino es que más. Cuando ya no se oyeron disparos, las muchachas me decían que nos levantáramos y yo decía que no porque muchas veces esperan a ver quien se levanta para matarlos”. Pero lo que no había visto era que estaban quemando el bar. “Cuando me levante vi al cantinero tirado, con un hoyo en la panza, parecían gusanos lo que le salían. Había hombres y mujeres sin brazos, con partes en pedazos.  Fuimos como cinco meseras las que llegamos a sobrevivir, pero había un chorreadero de sangre”. Cristina y otras de sus compañeras lograron salir del bar. Desde la calle vio que unos sujetos aventaban bombas molotov sobre el lugar y había varios autos estacionados enfrente. Ahí estaban los policías federales. “Salí en reversa, busque a mi compañera y vi  las trocas de los federales a un lado. Prendieron las luces y pensé: ahora si ya me morí. En eso mire que estaban bajando policías municipales y ya no pudieron seguirme por  taparle la entrada a los municipales. Se pelearon, los federales no dejaron  pasar a los municipales y en eso me salí, tenía miedo de llegar a mi casa. Anduve por Juárez con temor toda la noche, sentía que me seguían, que los carros que se paraban en el semáforo me iban a hacer algo”. Cristina llegó a su casa como a las cuatro de la mañana. Más tarde  fue por su niño que estaba con su mama, les platicó lo ocurrido y hasta entonces se dio cuenta que tenía las piernas rasguñadas. “A la mejor cuando me brinque la barra porque la salida estaba tapada y tuve que brincar al cantinero muerto y me caí varias veces  para no pisar los muertos o sus partes. Mi mama me dijo que a la mejor alguno de ellos estaba vivo y me agarro para que lo ayudara”. Con miedo trato de sobrellevar las cosas, comenzó a buscar de nuevo trabajo, pero a las dos semanas se enteró que estaban matando gente en los bares de Juárez,  había el rumor de que estaban buscando a las mujeres que habían sobrevivido la matanza del Bar Castillo “Decían que los federales nos iban a pagar una indemnización para que fuéramos a declarar que ellos no tuvieron nada que ver en la masacre porque vecinos del bar dijeron que vieron sus trocas y ellos habían ayudado a los sicarios”. Pero todo era una trampa. A las dos semanas de buscar trabajo  quisieron matarla junto con mis dos hijos. En enero del 2011 secuestraron a su padre para presionarla y se entregara. A su mamá le dijeron que si no se entregaba iban a acabar con toda su familia. Fue cuando decidió abandonar México e irse a Estados Unidos, a pedir ayuda. Cristina y su familia cruzaron la frontera en abril del 2011. Iban todos, sus hijos, hermanos, cuñada, sobrinos. En total 10. Pensaron que estarían a salvo, pero no fue así. “Tengo miedo, se llevaron a mi papa,  toda mi familia está en peligro por mi culpa. Empecé a trabajar cuidando a una viejita. Un día que salí llegaron unos hombres a la casa de la viejita, querían llevarme a fuerzas, la viejita les dijo que yo no trabajaba ahí. Me salí de esa ciudad y me fui a otra porque ya empezaron a buscarme. “No tengo paz tampoco aquí, desde que empezaron a buscarme en febrero ya no vivo bien, no tengo a nadie a quien decirle. Pido a Dios que ya estemos bien y que mi papá aparezca sano y salvo porque estamos devastados”, dice Cristina, luego de dar las gracias a la Caravana por la Paz que le dio la posibilidad de decir en público la tragedia que cruza las fronteras.  

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