Iguala, frontera del terror: John Gibler

viernes, 17 de octubre de 2014
GUANAJUATO, Gto. (apro).- En Iguala, Guerrero, se ha visto la frontera del terror y el rostro de la masacre; la desaparición forzada como método de terror del Estado, con un discurso previo empleado para criminalizar a los jóvenes normalistas de Ayotzinapa y sembrar el odio hacia ellos. Así lo dijo el periodista y escritor estadunidense John Gibler, durante su participación en la mesa de diálogo “Fronteras de países en situación de violencia”, dentro del programa “Diálogos cervantinos”, cuyo eje temático está dedicado a las fronteras del mundo. Gibler narró los testimonios que obtuvo de los estudiantes que sobrevivieron a la masacre en Iguala, cuando “boteaban” en la carretera a Chilpancingo para obtener recursos que les permitieran viajar al Distrito Federal a fin de participar en la marcha que cada año se celebra para conmemorar la matanza del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. El autor del libro Morir en México –que escribió después de un acompañamiento a periodistas que trabajaban en zonas de riesgo a raíz de la guerra contra el narcotráfico, iniciada por el expresidente Felipe Calderón– citó la denominada “Operación Cóndor” para referirse al desplazamiento de los negocios de narcoempresarios sinaloenses hacia el sur, específicamente a Guerrero, lo que, apuntó, complicó y multiplicó las dimensiones del narcotráfico y la violencia en esa entidad caracterizada por su marginación. La mayoría de los estudiantes de Ayotzinapa, subrayó, “jamás habían pisado Iguala”. No conocían a la esposa del alcalde José Luis Abarca, ni sabían que ese día era su informe como presidenta del DIF, “un evento que en realidad disfrazaba su lanzamiento para convertirse en alcaldesa”. Gibler dijo que se sintió particularmente enfurecido con un médico, propietario y director de un hospital privado en Iguala que se negó a brindar atención médica a los estudiantes que fueron trasladados a ese nosocomio, con heridas causadas por los disparos y los golpes propinados por policías municipales y sicarios encapuchados, quienes también rafaguearon los tres autobuses en que viajaban. Este médico, precisó, no sólo había llamado a la policía, molesto porque los estudiantes “habían dejado todo sucio” en su clínica, sino que justificó la acción de las corporaciones, incluyendo al Ejército. En el rostro de ese médico, Gibler vio “el rostro de la masacre”. En su oportunidad, el narrador y ensayista peruano Fernando Iwasaki manifestó que las fronteras más vergonzosas, las más terribles, son aquéllas que dividen a un país, que lo separan en su interior. Iwasaki recordó las masacres en Perú en tiempos de auge del grupo Sendero Luminoso y los testimonios que dieron cuenta de más de 23 mil víctimas, entre muertos y desaparecidos. A la mirada crítica que hoy se le puede dar a esos acontecimientos se suma el hecho de que, debido a que las masacres ocurrían fuera de la ciudad de Lima, la capital peruana, en sitios “relativamente apartados de ella”, desde ahí se compartía la percepción de que no pasaba nada que les afectara, o pasaba en un sitio muy lejano, como si fuera en otro país, dijo. “Hay fronteras no visibles: el racismo, el machismo…”, añadió el peruano, autor de Libro del mal amor. Luego preguntó “¿Por qué en esta sociedad global, donde aparentemente las ideas y los productos circulan libremente, los seres humanos no podemos circular con esa libertad?”. El gran déficit de nuestras sociedades en Latinoamérica es ser capaces de organizarse cívicamente frente a estos fenómenos de la corrupción, la violencia y las desapariciones forzadas, concluyó. Por su parte, el periodista y escritor mexicano Sergio González señaló que México “se fronterizó y las crisis del crimen organizado, que iniciaron sobre todo en la frontera norte, ahora están en todas partes. Ahora vemos en el interior del país la pérdida del estatus de persona”. A estos fenómenos ha contribuido el modelo de control social y económico, donde la persona desaparece, sostuvo. “En una frontera todo puede suceder: hay desestructuración o ausencia de las instituciones, personas en tránsito, explotación, asesinato masivo de mujeres, fenómenos que tienen que ver con el crecimiento de la criminalidad”, y que ahora se expanden por todo México. El escritor de Huesos en el desierto, libro basado en reportajes sobre las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, Chihuahua, resaltó que Estados Unidos ha establecido un blindaje perverso, mañoso y discrecional que abre y cierra la frontera a su conveniencia, para cerrarla a las personas y abrirla a las armas. “Detrás está la industria de la guerra, que se alimenta de la desestabilización”. Y destacó la urgente necesidad de recuperar el valor de la cultura “como un elemento que va a permitir una unión afortunada con la realidad, de lo que nos atañe profundamente, de la recuperación del estatus, el lenguaje, la cultura… o no tendremos futuro”.

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