Armando Salgado: 'He luchado para olvidar, no para entender”

viernes, 20 de abril de 2018
Esta entrevista con el fotógrafo mexicano Armando Salgado, nacido el 12 de mayo de 1938 en Iguala, Guerrero, fue publicada en la edición especial Diciembre-Enero de la revista arcana en su número 20, a petición de Susana Casarín, editora fotográfica asociada. La serie a las orillas del olvido retrata a tres fotógrafos que lograron documentar sucesos extraordinarios de su tiempo: Ricardo Salazar, autor de imágenes de grandes personajes de la vida literaria del siglo XX. Murió en el abandono. Antonio Caballero, fotógrafo nacido de la nada -como él dice-, es autor de una imagen controvertida de Marilyn Monroe (historia contada en Proceso No. 1031 por Roberto Ponce el 3 de agosto 1996). Y el pintor Francisco Goitia el día de su muerte en una ciudad perdida en la periferia de Xochimilco, imágenes con las que acentuó la grandeza y soledad del artista. La siguiente entrevista con Salgado se realizó en su casa y en el balneario Rancho Buenos Aires, donde sobrevivía haciendo cartas astrales a los paseantes. CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Parece tranquilo pero su mirada es de dolor y desesperanza, aunque su tono jovial nunca lo pierde, el tiempo no ha borrado sus vivencias. Nada se queda en el pasado. Sentados en la pequeña cocina, cuenta la historia, que se reproduce a continuación: El caso era captar como volaban el tren. Verlos en acción. Lo conocían como el tren pagador, su paso era un gran secreto, por eso estuvimos metidos mucho tiempo en ese lugar sin poder quitarnos de encima los moscos. Inmóviles para no denunciar nuestra presencia. “¡HK 22 el enemigo se acerca” fue la clave que desesperada retumbaba en los radiocomunicadores de los rebeldes. Fueron muchos días de espera, pasaba un tren y pasaba otro, pero no eran ellos. No podían volar un tren que fuera de civiles, en qué papel quedaría en ELN (Ejército de Liberación Nacional), que dizque estaba ayudando al pueblo, si mataba civiles inocentes. Para la guerrilla el saldo fue blanco; felices entre ellos comentaban su logro, no hubo un solo muerto ni heridos. El periodista Mario Menéndez Rodríguez, El Gordo, caminaba a la par del grupo grabando, para no perder detalle de los comentarios de la batalla, aprovechando el furor de la victoria. Hacía un calor extremo y, sin embargo, yo no lo sentía. Mi interés era seguir fotografiando. La embriaguez que produce la adrenalina estaba funcionando. Después de recorrer algunos kilómetros me dijeron: tapa la cámara, porque si desde la altura descubren el brillo del lente nos encuentran. Llegamos a un lugar de selva tupida, nos esperaban con toda una comida guisada. Monos guisados con jitomate y todo eso. Los monos que habíamos comido antes eran hervidos con sal, y ya los alucinaba. Para salir de allí caminábamos hasta cuarenta kilómetros al día, era pesado, la verdad, pues todos los caminos estaban cerrados por los militares. El Gordo me había echado el anzuelo de que íbamos a ver al Che Guevara, que iba a ser una cosa muy bonita, corresponsal extranjero, y pues ya nada, ni corresponsal ni buena comida ni nada de nada, ni cámaras. Ya no sabía cómo cargar mi vida, mucho menos el equipo. Me dije: “Ya no salimos vivos de aquí”, sentí un coraje. Estuvimos parados por mucho tiempo en algún caserío, momento que aprovechó El Gordo para escribir. Todo esto se publicó en seis números del semanario Sucesos para Todos. Me pude acabar todos los rollos que llevaba, cuatro mil pies de película. Rollos en blanco y negro y transparencias para las portadas, todo quería Mario y todo tuve que hacer. Eso se llama abuso. En cierta forma yo creo que sí, porque después, estúpidamente, entregue esas cámaras El Gordo me dijo que entregara la Bronica y la Bolex. Debieron haber sido mía, pero soy bruto como yo solo, me pase de honrado y nada más me quede con las Pentax, que aún conservo. Dijo: “Esas son tuyas” Aunque el debió dejármelas todas, me hubiera hecho camarógrafo. A El Gordo lo sacaron de la selva disfrazado de cura; además daba la pinta completamente. Con sotana y todo, nos conto después. Ahí nos despedimos, pues yo me quede una semana más. Todo mundo se cuidaba de mí, los retrataba hasta como al tigre de Santa Julia, me consideraban parte de ellos. Comencé a salir guiado por dos jóvenes netamente campesinos. No eran guerrilleros. Los mandaron traer para sacarme. Me dijeron: “A estos, si los agarran, no hay problema, y si te agarran a ti, pues te jodiste, nomás no hables, nomás tú quédate callado”. Me sentía protegido por mis cámaras. Ellos me decían “luego te las mandamos”, pero preferí cargarlas en un costal y amarrarlas con unos lazos que m cortaron los hombros. Imposible llevar mochilas. Salí también de milagro. Cuando llegue a Bogotá El Gordo ya estaba detenido en la embajada. El ataque al tren ya se había difundido en todo el mundo, el New York Times entre otros muchos, menos las fotos, yo fui el único que estuvo ahí… Nos ofrecían cien mil dólares por el trabajo en Colombia. Si El Gordo hubiera querido nos quedamos con cien mil dólares entre él y yo. Era una lástima. Mi súper sueldo era pequeñísimo. Pero no, allí se jugaban otras cosas. [caption id="attachment_530884" align="aligncenter" width="1200"]Un retrato de Genaro Vázquez Rojas en Guerrero. Foto: Armando Salgado Un retrato de Genaro Vázquez Rojas en Guerrero. Foto: Armando Salgado[/caption] Lo de Genaro Vázquez viene siendo hasta el setenta y uno. Me aventé a buscarlo sin compromiso con ningún medio. La conexión llega hasta la redacción por medio de una mujer que dejó un sobre de escueto mensaje: “Lo espero el viernes a las cinco de la tarde en la puerta central de la catedral. Para que me conozca voy a llevar una rosa en mi mano. Vaya solo. Es un asunto que le interesa.” Por curiosidad llegué a la misteriosa cita: “¿Usted es Armando Salgado?”, interrogó, y ante la afirmativa caminamos para entrar a la cafetería. Sí había la conexión con Genaro. Qué buena onda. Total, que cuando iba subiendo a la sierra me decía a mi mismo: “No escarmientas, de veras”. Yo lo sentí, pero ¿qué hacía? Si no era algo interesante, ¿qué caso tenía? Al regreso de la sierra montado en mi moto, con mi texto y mis fotos me dirigí a las oficinas de ¿Por qué? Me percaté de algunos grupos sospechosos frente al Casco de Santo Tomas, lo comenté con Roger, y me recomendó que cubriera la marcha que encabezaría Marcué Pardiñas, entre otros. Resultó la tristemente inolvidable marcha del 10 de junio de 1971, truncada por el grupo paramilitar de “los halcones”. Cuando Miguel Nassar Haro me detuvo en los separos de la policía, me enseño el reportaje publicado sobre la guerrilla en Guerrero. Como amenaza me dijo: “Armando, ¿no que tú no?” No que yo no qué. Me acusaba de ser el cerebro. Yo le decía: “Si fuera el cerebro no estaría vivo. Solamente fui a hacer un trabajo periodístico”. Me hizo pasar diez días de pocito, de tormentos. Horrible, es que de repente no era nada y que te den ese tipo de tormento, te acaban ¿no? Me tenían muy mal. Hubiera muerto, no sé por qué no. Ya sabes, cuando no te toca no te toca, pero me torturó de otra manera. No me dio toques ni nada de eso. Me hundían constantemente en el agua hasta ahogarme. Creí ver estrellas como si se estuviera reventando todo, como si empezara a ver el firmamento. Sientes que te estalla el cerebro. Estuve muy malo durante dos años, jodidísimo por lo de la guerrilla, por la malaria, el paludismo, y luego ahí me acabé, porque quién me iba a dar trabajo si ya quedé como fichado. Sentí que iba a morir… El costo fue excesivo y desde entonces mí lucha ha sido más por olvidar que por entender. -------------------------------------- NOTA Las imágenes de la tristemente inolvidable marcha del jueves de Corpus, el 10 de junio de 1971, denominadas “Halconazo”, y reproducidas en innumerables medios de comunicación, jamás le produjeron regalías a pesar de que contribuyeron al cambio social de este país. Él solo se conformó con haberlo hecho por convicción. [caption id="attachment_530887" align="aligncenter" width="1200"]10 de junio de 1971. Un grupo de halcones agreden a estudiantes durante una manifestación. Foto: Armando Salgado 10 de junio de 1971. Un grupo de halcones agreden a estudiantes durante una manifestación. Foto: Armando Salgado[/caption] Armando Lenin Salgado Salgado dejó también como legado autobiográfico Vida de guerra (Planeta, 1990) y una reedición en 2009 que le hizo la Cámara de Diputados gracias al entonces diputado federal Modesto Brito González, ferviente seguidor de la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (A.C.N.R.). Salgado murió al lado de su familia que lo acompañó hasta su último suspiro, a decir de su esposa Aida Araceli Castro Chaqueco. Ella estuvo a su lado ininterrumpidamente durante los siete meses de agonía. Falleció el pasado 14 de abril a las cuatro de la tarde en la casa de su hija Celin, en la colonia Loma Linda, a orillas de la Carretera Federal a Cuernavaca. Su cremación fue el domingo 15 y en el acto solo estuvieron presentes su esposa y sus 10 hijos en la ciudad de Cuernavaca. [caption id="attachment_530885" align="aligncenter" width="1200"]Vida cotidiana. Foto: Armando Salgado Vida cotidiana. Foto: Armando Salgado[/caption]

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